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La búsqueda de las preciadas especias en las islas Molucas puso en marcha hace 500 años una epopeya náutica que dio lugar a una globalización gastronómica sin precedentes, aunque muchos de sus protagonistas murieran de hambre durante los tres años y un mes de viaje.

Condimentos codiciados desde el Imperio Romano -la receta más antigua del ámbito mediterráneo data del siglo III a.C., unos filetes con pimienta de Dífilo de Sifnos- la dificultad en su transporte los convertían en "una exhibición de riqueza y poder, patrimonio de las clases privilegiadas", recuerda a Efe la historiadora de la alimentación Almudena Villegas.

En la Edad Media su comercio estaba en manos de mercaderes árabes e italianos, pero el bloqueo de la ruta de las especias impuesto por los otomanos llevó a la búsqueda de alternativas marítimas, iniciativa a la que finalmente se lanzó España con una arriesgada expedición que, pese al enorme coste de vidas fue rentable con la carga de clavo, nuez moscada y pimienta que trajo la nao Victoria, apunta a Efe el maestro picolier Marcos Reguera.

La única de las cinco naves que volvió atracó en el puerto de Sevilla con 60.000 kilos de especies en su bodega y 18 hombres famélicos comandados por Juan Sebastián Elcano. "Fue el principio del mundo globalizado tal como lo conocemos hoy", destaca Villegas, porque posteriormente llegaron otros alimentos de esas 'nuevas' tierras, a las que también se enviaron ingredientes europeos.

Además, la relativa facilidad, en comparación con la situación previa a la primera circunnavegación, con la que las especias llegaron a Europa posibilitó "su acercamiento a un mayor porcentaje de la población. Pimienta redonda y alargada, nuez moscada, clavo, jengibre, canela y macis se hicieron más habituales en las mesas", añade Villegas.

"La dieta de Europa se vio enriquecida por esa mayor facilidad en el acceso al consumo de especias; ya no eran patrimonio de unos pocos, así que comenzaron a formar parte de la gastronomía burguesa que iba a nacer a lo largo de la Edad Moderna, y a enriquecer y modificar el patrimonio alimentario. En muchos aspectos, la circunnavegación cambió el mundo, comenzó una nueva época. También en lo relativo a la alimentación", señala Villegas.

Curiosamente, este hito grastronómico fue posible gracias al sacrificio de una tripulación que diezmó la hambruna, entre otras calamidades. "Los abastecedores de Sevilla les estafaron; cargaron provisiones para seis meses en lugar de para 18, como habían convenido; aquello fue una tragedia", apunta la historiadora cordobesa.

Según los registros de la época, se embarcaron galletas de mar, sardinas, arenques, higos, judías, lentejas, arroz, harina, queso, miel, carne de membrillo, vinagre, carne de cerdo salada y vacas vivas para que les proporcionaran carne y leche fresca, además de toneladas de agua y más de 250 barriles de vino de Jerez.

A ello se añadieron alimentos que fueron repostando en sus distintas etapas, a veces gracias a intercambio con comunidades indígenas, como los dos gansos que obtuvieron a cambio de un peine en Río de la Plata, según el cronista de la expedición, el italiano Antonio Pigafetta.

Probaron nuevos sabores para los paladares europeos como la piña en Río de Janeiro, la patata -"cuyo gusto se aproxima al de las castañas", según Pigafetta- el maíz y la caña de azúcar o las naranjas amargas, descubiertas en Filipinas y cuyos árboles aromatizan hoy muchas calles y plazas andaluzas.

"Comían lo que podían, como pingüinos cuando atraviesan el Antártico o unos pescados similares a las sardinas; también bebidas de todo tipo, algunas fermentadas, preparados por los indígenas ya en el Pacífico, como lo que llamaban vino de palmera o de arroz", explica la experta en historia de la alimentación.

Pero no fue suficiente. Tanto al enfrentarse al Pacífico en el viaje hacia la actual Filipinas como al Índico en su regreso, "sin poder pisar tierra y aprovisionarse", la situación llegó a ser dramática y apareció el escorbuto, según narró Pigafetta.

Llegaron a comerse las ratas del barco e incluso los cueros con los que se protegían los mástiles, cociéndolos hasta ablandarlos. Fue el precio por demostrar que la Tierra era redonda, abrir nuevas rutas comerciales y extender el consumo de las especias.

Aunque de ello, opina el experto en especias Marcos Reguera, no ha quedado el justo poso en nuestra alimentación diaria. "Antes usábamos más especias y hierbas aromáticas. Una vez que la materia prima se ha estandarizado, la gente en general no sabe utilizar las especias, una forma sutil de enriquecer y dar elegancia. Los hay quienes se gastan fortunas en carnes y mariscos y compran una pimienta mediocre".