EFEDacca

Trenes envueltos por personas, barcos atestados de gente y atascos eternos: llega el éxodo a Dacca con el fin del Ramadán y el inicio del festival islámico Eid-ul-Fitr en una de las mayores operaciones salida del planeta, que moviliza a millones hacia las zonas rurales en el superpoblado Bangladesh.

En la estación junto al aeropuerto de la capital bangladesí cientos de personas esperan ya en los raíles; cada poco tiempo llega un tren y detiene su recorrido por minutos, que bastan a las multitudes para trepar por puertas y paredes hasta el techo.

Se escuchan llamamientos de ayuda, se lanzan maletas al aire; hay momentos de agonía del que no alcanza, de quien resbala y saltos peligrosos entre vagones, algunos de los cuales es posible que lleven a más gente en el exterior que en el interior.

"Casi todo el mundo se marcha de Dacca a sus pueblos estos días. Mucha gente va en el techo porque no hay billetes ni asientos suficientes para todos", explica a Efe el joven Samir, mientras aguarda a su tren.

Según fuentes oficiales, "más de cinco millones" de los 16 que tiene la ciudad van a sus pueblos al calor del fin del mes sagrado islámico de ayuno del Ramadán en el "mayor movimiento anual" en la capital, que queda desierta por unos días.

El cálculo es conservador pues Dacca ha crecido vertiginosamente en los últimos años convirtiéndose en la principal esponja de hordas de migrantes de clases bajas de zonas rurales, que prueban suerte en el boyante sector textil, la construcción o como conductores de algunos de los cientos de miles de "rickshaws" (ciclotaxis).

Con unos 160 millones de habitantes para un territorio que ni siquiera tiene un tercio de la extensión de España, Bangladesh es uno de los países con mayor densidad demográfica del mundo.

En ningún lugar se aprecia eso mejor que en el puerto de Sadarghat, que besa el río Buriganga en la Vieja Dacca.

El tráfico es denso en la capital bangladesí, pero medio kilómetro antes de la terminal fluvial las calles son impenetrables para los vehículos; una marea humana carga bártulos en cabezas y espaldas y avanza a paso ligero en un único sentido.

"Solo voy dos veces al año a casa. Eid es una de ellas, es un momento feliz para ver a mi esposa y mi familia. Estaré una semana con ellos", dice a Efe Amir, un albañil que lleva quince años en Dacca y que espera un ferry hacia la sureña localidad de Barisal.

"En mi región no hay oportunidades. Aquí al menos puedo ganar unas 5.000 takas al mes (64,3 dólares)", argumenta.

Como decenas de miles, opta por trasladarse en barco en un país ubicado en el gigantesco delta del Ganges, donde sus 700 ríos y afluentes constituyen un quinto del territorio.

En el puerto los codazos, empujones y tropezones van por defecto; y hay momentos de tensión a medida que el espacio mengua con la caída del sol; se escuchan gritos de vendedores y de desesperación de rezagados que temen perder un viaje por el que han pagado el doble del precio habitual.

Sobre el muelle se levanta una densa humareda negra, mientras una veintena de barcos de tres, cuatro y cinco pisos (algunos con capacidad para hasta 1.000 personas) se van convirtiendo en hormigueros y suenan las bocinas de los primeros navíos que se adentran Buriganga arriba y Buriganga abajo.

Si en el tren el techo era a menudo gratuito, en el ferry este espacio corresponde al billete más asequible, veinticinco veces más barato que un camarote con aire acondicionado por ejemplo.

Allí los pasajeros se tumban junto en mantas preparados para iniciar una travesía de 12 horas en algunos casos y pasar la noche a la intemperie en un país que actualmente está atravesando la estación monzónica, con frecuentes lluvias torrenciales.

"En ese lugar tienen que llevar chubasquero y paraguas por si llueve. No hay suficiente espacio en los pisos inferiores para todos", explica Raj Hossain, cuya familia es propietaria de un barco que hace el agosto durante el Eid.

"Pese a todas las dificultades es un momento feliz. Es una de sus pocas oportunidades de visitar sus pueblos", subraya.

Una vez pasan el embudo hacia el exterior, los millones de bangladesíes que abandonan Dacca desconectan; pasan tiempo con parientes y seres queridos, ofrecen rezos en compañía y se regalan festines de comida en una festividad comparada por algunos a la Navidad cristiana.

Igor G. Barbero