EFEMadrid

Una bronconeumonía, complicada con su enfisema pulmonar de fumador empedernido, acabó con la vida, hoy hace justo diez años, de Antonio Chenel "Antoñete", el torero del mechón blanco que acabó por convertirse en eterna leyenda de la tauromaquia.

El famoso maestro madrileño tenía 79 años de edad cuando falleció en el Hospital Puerta de Hierro de Madrid, un día antes de que su capilla ardiente fuera instalada en la plaza de Las Ventas -esa que durante su adolescencia fue literalmente su casa- para que miles de personas pasaran a rendir un postrero homenaje a su trayectoria y a sus abundantes faenas memorables en ese mismo ruedo.

Dos días después, el 24 de octubre de 2011, su féretro fue sacado a hombros por la Puerta Grande de la Monumental madrileña hacia el cementerio de La Almudena, una vez que Esperanza Aguirre, entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, depositara dentro la Gran Cruz del Dos de Mayo concedida a título póstumo a quien diez años atrás había recibido también la Medalla de Oro de las Bellas Artes.

Las distinciones le llegaron a Antoñete al final de una vida plagada de altibajos personales y profesionales, pero también por una forma de torear, clásica y honda, que, especialmente en los años ochenta, le definió como un modelo a seguir y como uno de los ídolos de la "movida madrileña", pues a su reclamo acudieron a los tendidos muchos de los artistas que protagonizaron este movimiento cultural.

La acusada personalidad de Antonio Chenel, trazada por su genial y azarosa bohemia, y su emocionante pureza al hacer el toreo en su vuelta a los ruedos con los cincuenta años cumplidos, le consagraron como un auténtico mito de la tauromaquia pero también en los ámbitos culturales de la capital de España.

Si la primera parte de la carrera de Antoñete estuvo marcada lo mismo de cimas y grandes faenas que de simas provocadas por las lesiones y la mala fortuna, su reaparición, tras una triste retirada en el 75, le sirvió para consolidar su nombre en el libro de oro del toreo y para atraer a las plazas a un público joven y desacomplejado que entendió que su toreo auténtico y cristalino era una de las grandes aportaciones estéticas de finales del siglo XX.

Aquel tardío esplendor apenas duró cinco años, a pesar de nuevas idas y venidas en las que intentó alargarlo sin mucho sentido y sin el mismo brillo, hasta que una grave crisis cardiorespiratoria mientras toreaba en la feria de Burgos de 2001 le obligó a renunciar definitivamente al traje de luces.

Pero no por ello se alejó de las plazas que fueron su escenario natural, pues hasta su muerte ejerció como comentarista televisivo y disfrutó de la admiración de unos aficionados que no han dejado de evocar esa sincera y magistral manera de simplificar, con oficio, inteligencia y valor, la esencia de la mejor tauromaquia a pesar, o gracias a eso mismo, de su fragilidad y de su avanzada edad.

Pasado el tiempo, el ayuntamiento de Madrid, con los votos en contra de algunos concejales de una izquierda con la que él siempre simpatizó y colaboró en tiempos difíciles, dedicó a Antoñete una glorieta en Barajas, junto al estadio Alfredo Di Stéfano del equipo de sus amores, en el que es apenas un recuerdo testimonial de quien fuera uno de los máximos iconos de Madrid y del toreo madrileño.

Pero ahora que se cumplen diez años de su muerte, el próximo domingo su hijos -fruto de su matrimonio con una hija del banquero López Quesada- le rendirán un homenaje en Las Ventas, con la presencia de los toreros que más le admiraron, como Curro Vázquez y César Rincón, del cineasta Agustín Díaz Yanes y de varios periodistas que seguirán evocando la grandeza de un personaje irrepetible, leyenda eterna del toreo.

Paco Aguado