EFEEstambul

La maquinaria de obras se acerca al Gran Bazar de Estambul, uno de los lugares del planeta con más visitas turísticas. Probablemente la restauración más profunda y más cuidadosa que este monumento ha visto en sus cinco siglos de vida.

La necesidad de hacer obras es obvia, asegura Mustafa Demir, alcalde del distrito de Fatih en el que se encuentra esta antigua 'zona franca', fundada en 1461 para fomentar el comercio y que hoy recibe unos 90 millones de visitantes por año.

Un paseo por las callejuelas cubiertas de este inmenso mercado no muestra nada extraordinario que haga pensar que tenga que ser renovado, pero "el problema se ve desde los tejados", subraya Demir.

Y efectivamente, una visita a los tejados del Bazar -normalmente inaccesibles a los visitantes- desvela un paisaje lleno de cables eléctricos, antenas parabólicas y aparatos de aire acondicionado, con intrincados senderos de hormigón, pasarelas y escaleras construidos encima de las bóvedas.

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"Las tejas ya no están en su sitio. Así, la lluvia causa daños en arcos, columnas y paredes y corroe las estructuras de hierro", advierte el alcalde preocupado.

Antiguamente, un sofisticado sistema de desagüe subterráneo canalizaba las lluvias pero muchos conductos están ahora obstruidos, lamenta Demir en conversación con varios medios, entre ellos Efe.

"Hemos identificado unos 900 locales que han intervenido en el edificio para ampliar sus negocios", cuenta.

"El Bazar originalmente no tiene sótanos, pero algunos propietarios han excavado bodegas, estropeando los canales subterráneos", asegura el edil.

Todo ello se remediará durante el proyecto de restauración más ambicioso en la historia de Turquía: una cuidadosa intervención para recuperar la canalización subterránea, renovar las infraestructuras y finalmente reparar los tejados.

El Gran Bazar es "cómo una pequeña ciudad", en palabras del alcalde: en 110.868 metros cuadrados, divididos en 166 terrenos y 2.776 parcelas con un total de 3.155 negocios, acoge cada día a unos 25.000 trabajadores.

Conocido por vender artesanía turca, desde lámparas a alfombras o cerámica, el Bazar también ofrece 'souvenires' de todo tipo, ropa moderna e imitaciones de marcas internacionales.

Los clientes no son solo turistas de todo el mundo sino también muchos locales se pasan por el Gran Bazar.

Es que quienes acuden a una boda suelen llevar una pieza de oro como regalo, comprada en unas de las históricas joyerías del Bazar, muchas de ellas hasta hoy en manos de antiguas familias griegas, armenias, caldeas o judías de Estambul.

Dos toneladas del noble metal cambian aquí cada día, desde la materia prima a la creación de joyas y la venta final, en un circuito alejado de registros oficiales y transacciones bancarias.

Este mismo negocio, columna vertebral del Bazar, ha afectado las infraestructuras, porque los químicos utilizados para procesar el oro han corroído también la canalización, explica Mustafa Demir.

El proyecto de restauración empezó a diseñarse en 2009 y ahora está a punto de comenzar las obras, tras años de esfuerzos para cartografiar el complejo y identificar los daños.

Ahmed, hijo de la familia que regenta el pequeño restaurante Gülebru Kantin en una de las callejuelas, no se muestra preocupado con las futuras obras.

En su negocio, asegura en declaraciones a Efe, "no hay nada que arreglar, salvo embellecer la fachada".

No sólo el aspecto físico del Bazar debe cambiar. Demir propone convertir dos de los históricos caravasares con patios interiores en hoteles, y destinar otros espacios del recinto a eventos culturales, exposiciones y talleres.

"Cada día, entre 200.000 y 300.000 personas visitan el Bazar, pero queda desierto al atardecer. Queremos crear una oferta para que algunas partes también estén animadas de noche", apunta el regidor.

¿El coste?. Hasta ahora se han gastado unos diez millones de euros, pero el total se estima en unos 30 millones, si bien no hay un presupuesto fijo.

Las intervenciones ya han empezado y no será necesario cerrar el Bazar a los visitas, promete el alcalde que, sin embargo, no quiere poner fecha final a las obras.

"Esto puede durar diez años. En realidad, en un monumento con esa antigüedad, el trabajo de restauración no acaba nunca", dice.

Ilya U. Topper