EFERoma

Una pista para practicar deporte, un recorrido cultural en barco, una terraza veraniega para disfrutar del aperitivo y hasta un lugar para vivir: el Tíber es para Roma mucho más que un río que ha permitido que florezcan civilizaciones y se ha convertido en su barrio más singular.

"Primero estuvo el río y luego la ciudad se creó alrededor de él. Es el primer monumento de Roma", explica a Efe Pierlugi, un romano de 62 años que lleva media vida trabajando en una de las embarcaciones turísticas que surcan las aguas de este río y ha visto muy cerca su evolución.

A pesar de su importancia en la historia de la Ciudad Eterna, el Tíber o el Tevere, como se llama en italiano, quedó abandonado durante muchas décadas por sus propios habitantes, que "lo miraban desde arriba", desde los grandes muros que separan el río del resto de la ciudad y que, de alguna manera, lo mantienen "aislado".

"Los romanos veían este río desde lo alto, son vagos y les cuesta bajar", comenta con humor este veterano, que celebra los cambios que han convertido el que un día fue el vertedero de la ciudad en su barrio "más lleno de vida"

UN "OASIS" EN LA CIUDAD

Este "oasis" en medio de la ciudad, en el que se pueden contemplar distintas especies de fauna, como ánades y ranas, además de numerosas variedades de peces y pájaros, ha recuperado su esplendor gracias a iniciativas como la construcción de un carril bici en una de las orillas para que los romanos pudiesen hacer deporte.

Muchos vecinos e incluso turistas bajan los fines de semana a la pista para sumergirse en "un ambiente de tranquilidad fuera del caótico ritmo de Roma", destaca el capitán, que cada día lleva en su embarcación a decenas de visitantes que quieren observar la ciudad desde otro punto de vista.

Es el caso del alemán Klaus Morath, un turista que aprovecha las mañanas para hacer deporte en el río, pues sus orillas le han permitido encontrar "un lugar de silencio y naturaleza" que le recuerdan a su pueblo de montaña.

Los romanos también han conquistado las aguas del río, surcadas por las embarcaciones y por los remeros que durante años llevan practicando este deporte en su cauce: tras la pandemia ha aumentado su número por la oportunidad que ofrece este espacio para desconectar del bullicio de la urbe.

LA VIDA EN SUS AGUAS

"Es una relación de bienestar, muchas personas vienen aquí y descubren por primera vez este ambiente y se dan cuenta de que es como si estuvieses en otra ciudad. Estás en Roma pero sin estar en ella porque el ruido está amortiguado y no se oye", cuenta a Efe Angelo Raboni, uno de los trabajadores del histórico club de remo Navalia, fundado en 1931.

La vida en sus aguas continúa incluso en estos momentos, con una sequía sin precedentes en varias décadas en el país que está comenzando a afectar al Tíber: en su lecho han emergido los restos de los pilares del Ponte Neroniano, que lleva el nombre del emperador que lo mandó construir en el siglo I para mejorar el acceso a la villa de su madre, Agripina.

Pero además de ruinas arqueológicas y fauna, el río también está poblado por personas que, de forma completamente ilegal, viven en pequeñas embarcaciones convertidas en apartamentos, como es el caso de Giulio Bendandi, quien se mudó a su barco hace veinte años tras casi cuatro décadas trabajando en uno de los restaurantes anclados en la orilla del Tíber.

Para este veterano romano, que conoce muy bien el río, la situación ha mejorado en el tiempo que lleva viviendo en él, pues está "mucho más limpio" y los romanos han recuperado este espacio natural no sólo para el deporte o el turismo, sino también para el ocio, especialmente ahora en verano cuando sus orillas se llenan de pequeños restaurantes, conciertos y fiestas.

"El Tíber es la diversidad que cada día cambia, los colores del Castillo de Sant'Angelo que a todas las horas que vayas del día son distintos. Es poliédrico como los árboles de encima del río, los pájaros. Está siempre en movimiento, no es estático, y eso es bonito", resume Bendandi a Efe en la terraza de su barca, donde espera poder vivir hasta el final.

Andrea Cuesta