EFEJesús Jiménez Valdés Sevilla

El último alfarero en activo de Sevilla, Antonio Campos, trabaja desde hace treinta años en un pequeño taller de la calle Alfarería, en Triana, adaptándose a los nuevos gustos impuestos en gran parte por el turismo de masas y resistiendo, de momento, a la presión inmobiliaria en un barrio de moda.

Nacido en 1958 en Las Ramblas, un pueblo de Córdoba sin una tradición alfarera notable, descubrió su vocación cuando contaba 14 años y una década después decidió instalarse en Triana, donde frente a la industrialización forzosa que aquejaba al mundo de la cerámica aún se mantenía intacta la antigua profesión alfarera.

En Triana, la tradición alfarera posee una fuerte raigambre histórica, ya que su proximidad al río suponía una provisión inagotable de las materias primas necesarias, arcilla y barro.

El barrio, alejado entonces del trasiego del centro de la ciudad, permitía mantener controlados los humos tóxicos que arrojaban los hornos de los talleres, que al ser empujados por el viento hacia la zona del Aljarafe no perjudicaban demasiado a la población.

El taller de Antonio Campos se encuentra incrustado en el número 22 de la calle Alfarería, llamada así por ser durante muchos siglos el corazón del antiguo gremio de los alfareros, y a su espalda está el moderno Museo de la Cerámica.

Las alfarerías tradicionales englobaban cada una de las partes del proceso cerámico -el moldeado de la pieza, la cocción, el esmaltado y la pintura- en un mismo recinto; pero al alfarero le correspondía exclusivamente la tarea de moldear y transformar el barro en un objeto.

Por eso, según Antonio, una tienda donde se pintan estas piezas o donde solo se venden, como las que ahora abundan en Triana, no son alfarería.

"Cuando llegué aún funcionaba Cerámica Santa Ana y Cerámicas Montalván, que se dedicaban a la fabricación como yo, de azulejería sobre todo. Santa Ana tenía un alfarero, que en poco tiempo también desapareció; por lo menos, ellos todavía fabricaban", explica Antonio.

El turismo ha sido, en su opinión, el gran detonante de la transformación del oficio, el cual, para no desaparecer, ha tenido que adaptar su oferta a la demanda del nuevo consumidor. Cuando Antonio se instaló en Triana, "todavía se vendía primando lo utilitario, desde macetas para decorar jardines hasta botijos tradicionales".

Cerámicas Montalván se ha convertido en un bar de tapas, en un restaurante y en un hotel que pronto abrirá y que conserva los antiguos hornos alfareros; de Cerámicas Santa Ana queda una tienda de cerámicas y un recuerdo en forma de rótulo.

"En alguna de ellas se pinta, y si alguien quiere una cerámica de calidad aún se puede recurrir a una de ellas y encargarla. Pero, en general, todo está enfocado al turismo, que demanda cerámica de poco valor y poco tamaño", apunta.

En el taller de Antonio Campos no se vende al público. Aunque, además de trabajar por encargo, ha sabido reinventarse: desde hace algún tiempo ofrecen visitas a grupos para dar a conocer el método de trabajo y el valor de la profesión.

Entre los nuevos nichos de mercado en los que el negocio ha debido adentrarse, más allá de la decoración y de los productos turísticos, destaca la fabricación de nidos de pájaros para fincas rurales que acaban con las plagas que afectan a los cultivos, y otro en pleno auge: el moldeado de cazoletas para cachimbas, de las que afirma que "son muy apreciadas en todo el mundo".

En los últimos años, el rápido encarecimiento del precio de la vivienda en Triana ha obligado a Antonio a buscar alternativas: cerca de su casa, en el polígono El Manchón, encontró hace poco una nave industrial por la que comenzó a pagar el alquiler; aunque, de momento, mientras el arrendatario de su local actual no consiga venderlo, está decidido a quedarse en Triana.

"Estar en Triana no me ha beneficiado comercialmente. La única satisfacción es trabajar aquí, donde me gusta. En realidad es un sobrecoste que yo acepto por estar donde quiero. El taller es pequeño y agobiante, pero lo soportamos porque nos gusta estar aquí. Otras veces he estado en polígonos y he terminado por marcharme", afirma.

Aunque es posible que el último alfarero de Sevilla termine por marcharse del barrio que lo acogió, la supervivencia del oficio no corre peligro: cinco de los seis hijos de Antonio trabajan con él; desde que eran pequeños, al salir del colegio, acudían al taller para ver cómo moldeaba la arcilla y aprender los trucos y herramientas de la profesión.

"Para mí es lo mejor que se puede hacer. Trabajar en lo que nos gusta, con la familia. Es un lujo que pocos se pueden permitir", comenta Ana, la segunda hija de la familia. EFE

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