EFEDacca

Los habitantes de la Vieja Dacca luchan por que sus cometas sigan surcando el cielo cada año, una larga tradición que tratan de preservar frente a la creciente urbanización en una jungla de hormigón de un país con una de las mayores densidades demográficas del planeta.

El habitual trajín de sus callejuelas se traslada a las terrazas y azoteas, donde niños, jóvenes y mayores se desmelenan con el festival Shankriti, que entre el 14 y 15 de enero marca la simbólica llegada de la primavera y una próspera época de cosechas en Bangladesh.

"La falta de espacio es un problema. De hecho, una de las razones por las que el festival se celebra tradicionalmente tras la cosecha en zonas rurales es porque los campos de cultivo, generalmente los arrozales, están vacíos", argumenta el profesor de Sociología de la Universidad de Dacca Shah Ehsan Habib.

Pero vacío no es una palabra que se encuentre en el diccionario de la Vieja Dacca, posiblemente la mejor metáfora del torbellino demográfico ocurrido en la capital bangladesí en las últimas cuatro décadas y media.

La ciudad, con unos 45.000 habitantes por kilómetro cuadrado, contaba con poco más de un millón de residentes cuando Bangladesh se independizó en 1971 de Pakistán. Hoy suma unos 16 millones, la décima parte de un país que con un tercio del territorio de España tiene cuatro veces más población.

"Dacca es una de las megaciudades del planeta. La creciente urbanización es una barrera para actividades como el festival de las cometas y en los últimos años se había perdido un poco la tradición, pero la juventud está tratando de recuperarla", subraya Habib.

Desde por la mañana el pulular de gente es incesante en los comercios de Shankaria Bazar, la conocida como calle hindú de Dacca, punto neurálgico de una celebración que atrae a personas de cualquier credo religioso en una nación de mayoría musulmana.

Los muchachos compran por decenas las cometas, sencillos trozos de papel de color ensamblados en dos finas varas de madera, por apenas seis takas cada una (unos siete céntimos de euro), el carrete y el hilo, y suben raudos escaleras arriba a probar sus adquisiciones.

En lo alto de los destartalados edificios, mientras los pequeños sujetan globos, los chicos algo mayores compiten por hacer volar sus pájaros de papel más alto que el resto y cortar tantos hilos como puedan del amigo, conocido o del despistado de la terraza contigua.

"Es mi momento preferido del año, lo esperamos siempre con muchas ganas. He comprado unas cincuenta cometas", dice a Efe el adolescente Fahim con una sonrisa, después de preparar con gran maña en pocos segundos una de sus cometas.

Según Ahsan H. Mansoor, del Centro de Diálogo Político de Bangladesh, el festival está vinculado al declive del tibio invierno bengalí, con un tiempo sin lluvia que permite un mejor desarrollo de la actividad, aunque los efectos del cambio climático han difuminado un poco la esencia de las seis estaciones tradicionales del país.

"Los festivales de cometas cuentan con gran solera en el sur de Asia. Se celebran eventos similares en Pakistán o la India y en Bangladesh parece que hay un resurgir", agrega.

A medida que la noche se cierne sobre Dacca no queda un metro cuadrado libre de personas en los tejados del casco antiguo.

Algunos jóvenes escupen fuego por la boca, se elevan hacia el cielo faroles de papel, estallan petardos y cohetes, brotan fuegos artificiales y luces de discoteca en fiestas improvisadas con música estridente, que se funden unas con otras.

Todo son sonrisas y diversión, ilusión por disfrutar un día que simboliza la unidad y la amistad, y por desconectar durante unas horas de lo azaroso de la rutina en esa jungla urbana, dejando volar la imaginación al ritmo de las cometas.

Por Igor G. Barbero