EFEBruselas

Los alabarderos de Bélgica, soldados medievales distinguidos por su arma de asta de dos metros, mantienen hoy vivo su último vestigio en la ciudad de Bruselas, donde ejercen como escoltas nupciales en los salones de boda del Ayuntamiento de la capital.

Ataviados con su vestimenta verdirroja, colores de la villa bruselense, y con los flocados de las imágenes de San Miguel y Santa Gúdula, los guardianes de alabarda perviven en la actualidad como los veladores de los novios en los albores de su vida matrimonial.

"Estamos para recibir y acompañar a los prometidos, para guiarlos y tranquilizarlos antes y durante la ceremonia. Custodiamos la sala de bodas y escoltamos a los recién casados de la A a la C. La A, de cuando entran al Ayuntamiento, y la C, de cuando salen casados", explica a EFE el alabardero Eddy van de Mert, instantes antes de dar comienzo una boda.

En un pequeño escuadrón de unos diez soldados, de los que dos son mujeres, Eddy, jubilado como sus compañeros, continúa el legado de su padre alabardero, quien salvaguardó la cámara nupcial del Ayuntamiento durante los últimos quince años de su vida.

Los centinelas reciben a los novios en la entrada de los leones del Ayuntamiento bruselense, los conducen por la escalinata de la sala gótica y, junto con los testigos, caminan por una alfombra roja hasta alcanzar el salón de bodas del consistorio, donde les espera el concejal responsable de oficiar el matrimonio.

"Yo les espero detrás de mi escritorio mientras unos se encargan de darles la bienvenida y otros de indicarles dónde colocarse. Unos dirigen a los testigos a mi lado y otros les explican qué tienen que firmar. Y luego, acompañan a todos a la salida. Son un poco los guardagujas de la boda", explica a EFE el concejal del Registro Civil, Ahmed El Ktibi.

Alistarse como alabardero requiere el cumplimiento de varias condiciones: ser bruselense, haberse jubilado y ser bilingüe en francés y en neerlandés, las dos lenguas oficiales mayoritarias de Bélgica.

Los guardianes lo son por una decisión voluntaria que, más que por dinero, se toma por honor y orgullo, pues la retribución es simbólica y apenas sirve para complementar la pensión de retiro.

"Podemos desempeñar esta función como jubilados para ganarnos un poco mejor la vida cada mes gracias a las propinas de las parejas. Ellos pasan un buen momento y nosotros también. Para nosotros es todo un orgullo llevar el uniforme de alabardero y los colores de nuestra Bruselas. Para esto hay que ser bruselense de corazón. Es un honor", asegura Eddy.

La alabarda se popularizó en Europa con el auge de los mercenarios suizos en el siglo XIV y se extendió progresivamente al resto de ejércitos del continente hasta el final de la Edad Media, antes de que en el siglo XVIII se convirtiese en un arma ceremonial para la guardia.

En la ciudad de Bruselas, donde residen los últimos esgrimidores belgas de esta arma, los alabarderos custodian el concejo de la Grand Place capitalina desde la época feudal hasta la actualidad, incluso después de que la sala del tribunal, una de la más protegidas del Ayuntamiento, se transformara en 1911 en el salón nupcial de los civiles bruselenses.

"Estamos en el centro de Europa y queremos guardar algunas tradiciones para la felicidad de la gente, tanto autóctona como extranjera. Hace un siglo, esta sala de bodas era un tribunal. Como diría Eddy, en aquel entonces los alabarderos estaban para poner fin a la vida de la gente. Hoy, están para poner fin a la vida de celibato", sentencia el concejal.

F.H. Ginel