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Madrid, 14 de octubre de 1919. Quedan apenas tres días para la inauguración del Metro, un momento histórico que marcará un punto de inflexión en el devenir de la capital, inmersa en una era de efervescencia y cambio, de acelerada modernización a imitación de las grandes metrópolis europeas.

Es esta una ciudad reconocible en algunos aspectos pero muy distinta a la de 2019 en muchos otros, a la que aún le queda mucho que crecer tanto en extensión como en población, y que acoge la llegada del suburbano con una mezcla de expectación y escepticismo: la idea de recorrer las entrañas de la villa en gusanos de metal resulta extraña para muchos.

Pero también abundan quienes ven claro que Madrid necesita el Metro, nadie más destacado entre ellos que el rey Alfonso XIII, que ha puesto dinero de su bolsillo para contribuir a sufragar (y dar confianza a los dubitativos inversores) la iniciativa planteada por los ingenieros Miguel Otamendi, Carlos Mendoza y Antonio González Echarte, fundadores de la Compañía Metropolitano Alfonso XIII.

Ya se notan otros cambios en esta capital moderna y cosmopolita que empieza a despuntar: a principios de la década abrieron el Palace y el Ritz, los primeros hoteles de lujo de Madrid; se acaba de completar la primera fase de la Gran Vía, entre las calles de Alcalá y Montera (de momento, se llama calle Conde de Peñalver); y en marzo se inauguró el monumental Palacio de Cibeles diseñado por Antonio Palacios.

El genial arquitecto también se ha hecho cargo, por cierto, de buena parte del diseño de la primera línea de Metro, 3,48 kilómetros y ocho estaciones entre Cuatro Caminos y Sol, donde Palacios ha erigido el icónico templete que, en los años venideros, será la imagen más representativa del suburbano.

El Metro vendrá a completar un abanico de transportes urbanos llamativamente amplio, sumándose al automóvil, a los carruajes de caballos (aún usados por la burguesía) y al tranvía, que articula la mayor parte del territorio de la capital y llega a municipios limítrofes (y por ahora independientes) como Vallecas, Vicálvaro, Canillas o Chamartín de la Rosa.

Estamos en un momento, por otro lado, de expansión en la oferta de ocio: los alrededor de 650.000 habitantes empadronados en Madrid se entretienen en los kioskos de música de los parques, en la veintena de cines que ya existen en la ciudad o en verbenas como las que se celebran en Atocha por San Juan y San Pedro.

También tienen éxito el Hipódromo de la Castellana y los toros, si bien la plaza madrileña está en el lugar que un siglo después ocupará el Palacio de los Deportes; quedan unos años para la edificación de Las Ventas.

Hay muchos otros elementos físicos de esta Madrid de 1919 que sorprenderán cien años más tarde, como los árboles y jardines que hay plantados en la Plaza Mayor o el viaducto que pasa por encima de la calle Segovia, cuyas vallas se tuvieron que elevar al convertirse en el punto de la ciudad donde más suicidios se producían.

El intelectualismo, asimismo, bulle en la capital, con tertulias como la que apadrina Ramón Gómez de la Serna en el café Pombo de la calle Carretas o el templo del saber que constituye la Residencia de Estudiantes, donde ha recalado a principios de este año el poeta Federico García Lorca, quien ya ha trabado buena amistad con el cineasta Luis Buñuel.

No todo es brillo y novedad en Madrid, claro está. El río Manzanares, aún sin canalizar, marca una frontera abrupta y un tanto rural al oeste de la ciudad, y tanto al norte como al sur proliferan asentamientos de chabolas y barracones como el del barrio de Peñuelas, en el actual distrito de Arganzuela.

Pero nadie sospecha aún que pasarán los años y el río dejará de ser un límite infranqueable para el Metro, y que llegará a cualquier punto de la periferia por mucho que esta se expanda, alcanzando las cifras de 302 estaciones y 294 kilómetros de red.

Vínculo entre pasado y presente, el sobrino-nieto de Miguel Otamendi, Javier Otamendi, asegura ya de vuelta en 2019 que "si hoy día se levantaran los fundadores y vieran en lo que se ha convertido el Metro estarían verdaderamente entusiasmados".

"Se ha mantenido ese espíritu que tenemos todos los madrileños, que consideramos que el Metro es una parte nuestra. Debe enorgullecer a cualquier ciudadanos de Madrid", afirma Otamendi, que trabajó en el suburbano durante 46 años y se jubiló tras ejercer como subdirector de Relaciones Institucionales.

Pese a las reservas iniciales, el Metro alcanzó los 14 millones de viajeros en su primer año de funcionamiento; un siglo después, supera ampliamente los 600 millones anuales. Nada mal para el producto, como dice Otamendi, de "una aventura de locos" emprendida por su antepasado y sus compañeros.

Juan Vargas