EFESan Sebastián

Las calles de San Sebastián han vuelto a escuchar este jueves, dos años después, sones de barriles y tambores, esta vez solo a cargo de los niños, y no de todos, en un intento de arrancar a la covid-19 jirones de una fiesta que los donostiarras esperan que en 2023 pueda ser completa.

La capital donostiarra fue un de las pocas que pudo celebrar con normalidad sus fiestas patronales en 2020, cuando nadie imaginaba que la entonces llamada "neumonía asiática" derivaría en una pandemia global que alteraría por completo el ritmo del planeta.

Pero el año pasado el silencio se hizo con la ciudad. Con toque de queda, sin vacunas, con restricciones muy duras, San Sebastián no celebró ninguno de los actos que completan el programa festivo cada 20 de enero.

Este año, con una incidencia acumulada a 14 días 13 mayor que el pasado, pero con una sociedad que empieza ya a pensar en recuperar plenamente su vida, la ciudad ha rescatado parte del pulso festivo, con la celebración de una tamborrada infantil limitada, con un formato nuevo para adecuarse a las medidas sanitarias aún vigentes.

La fiesta comenzó anoche en dos escenarios. El primero, el teatro Victoria Eugenia, donde se recuperó la ceremonia de entrega de las Medallas al Mérito de la ciudad y se celebró la del Tambor de Oro, que habitualmente se concede el 20 de enero, día de San Sebastián.

La covid-19 limitó también la entrega del Tambor de Oro, ya que la galardonada, Esther Ferrer, no pudo viajar de París a Donostia para recibirlo y el alcalde, Eneko Goia, se desplazó el domingo para ofrecérselo, como se vio ayer en un vídeo.

En cualquier caso, con sus limitaciones, San Sebastián recuperó uno de los actos habituales que no se celebró en 2021.

El otro escenario fue el estadio de Anoeta, el único en el que este año se va a escuchar el himno de San Sebastián del maestro Sarriegi entonado y jaleado por una multitud, los 28.000 socios txuriurdines que vieron hincar la rodilla al Atlético de Madrid en los octavos de final de la Copa del Rey.

Otros lo cantaron en sociedades gastronómicas -cerradas el año pasado- y domicilios particulares, donde se celebraron las tradicionales cenas de la víspera de San Sebastián, pero no hubo izada de bandera en la Plaza de la Constitución, el acto más multitudinario del día grande de la capital donostiarra.

Tampoco saldrán las tamborradas de adultos, aunque sí lo ha hecho la de niños, pero sin acumular a los miles de participantes habituales en un solo recorrido.

Así, 30 compañías de 27 colegios y asociaciones, que han sumado un total de 2.965 niños (el 63 % de los participantes habituales) han desfilado al son de las marchas de Sarriegi al mediodía en cinco puntos diferentes de la ciudad, para evitar las aglomeraciones.

Los niños han podido, contra todo, disfrutar de la ilusión de enfundarse sus vistosos trajes de soldados napoleónicos o los de cocineros, para tocar tambores y barriles en recorridos limitados.

Los pequeños tamborreros, superando el frío y la lluvia -escasa, pero que no ha faltado-, han sido los depositarios de una fiesta sin sonrisas, ocultas tras las mascarillas que, aún al aire libre, portaban todos los integrantes de las tamborradas infantiles, por orden de la autoridad sanitaria.

Tras la tamborrada infantil, único retazo de fiesta junto con los actos oficiales de anoche y las cenas privadas, el silencio ha vuelto a las calles de una ciudad que aguardará un año más para poder vivir un San Sebastián pleno de sonrisas visibles.

Por Rafael Herrero