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Entrar en Muelles Ros es como una inmersión en el mundo del muelle; los hay de todas clases, tamaños, grosores, colores y formas, por algo es el único comercio madrileño especializado en el sector y permanece abierto desde 1894.

Este comercio es de esos que han sobrevivido al paso del tiempo, la era de las multinacionales y al modo de consumo de usar y tirar, y esta curiosa tienda de origen familiar no tiene intenciones de desaparecer.

Para entrar en la tienda hay que llamar. Un muelle de 250 kilos y un precio de 8.000 euros que se fabricó para una de las tuneladoras que horadó la M-30 recibe al visitante a la entrada, pero este es solo uno de los miles de muelles de esta tienda.

Dos pasillos desembocan en el mostrador. Mire donde se mire está lleno de muelles, en cientos de cajas en el que se puede encontrar cientos de espirales de las formas más variopintas, colgados en la pared o del techo, con un número para poder diferenciarlos entre las más de 6.300 referencias que utilizan en la tienda.

Carlos Rodríguez, quien está detrás del mostrador desde hace quince años, ha explicado a Efe que él fue antes cliente que encargado: "Vine con unos amigos a comprar una espiral para la tapa de un radiocasete que no cerraba".

La tienda se ubicó en sus orígenes, hace casi dos siglos, en la glorieta de San Bernardo y se mudó al número 19 de la Ronda de Atocha hace más de 50 años, cuando por ahí pasaba el tranvía.

Los muelles se fabrican en Barcelona, en la fábrica de la familia Boixadera Ros, que se mantiene gracias a Georgina, que es la tercera generación de esta familia. La tienda cuenta con "billones, e incluso trillones de piezas", sostiene Rodríguez.

Maquinaria de construcción, trenes, atracciones de feria, relojes, bolígrafos, toldos, motores... son los destinatarios de estos muelles. En tono anecdótico, Rodríguez cuenta que ha llegado a vender resortes "para no roncar, porque la señora ha repetido y ha venido más gente buscándolos". Rodríguez "recomienda" usarlos de acero inoxidable.

El primer colchón de la marca Flex, los toldos del Wanda Metropolitano o las estatuillas de los premios Goya se pudieron hacer gracias a Muelles Ros, porque fueron ellos quienes lo fabricaron.

En esta vetusta tienda, Rodríguez se sorprende por "la afluencia y diversidad de peticiones" de los clientes, que van desde empresas a particulares.

Y relata que, en plena cultura del usar y tirar, con la crisis ahora hay personas que prefieren reparar a comprar un objeto nuevo.

Muelles Ros pretende seguir manteniéndose en el tiempo y por ello intenta potenciar las ventas fuera y crear muelles diseñados y personalizados -"lo que necesites, lo tienes", asegura Rodríguez-. Además, tiene un componente "muy sentimental" por su origen familiar.

Curiosamente, el histórico grafitero Muelle, Juan Carlos Argüello Garzo, pidió permiso al anterior encargado del negocio para dejar en la fachada su firma, que no podía estar más relacionada con el producto que allí se vende, pero no lo obtuvo.

Ana Márquez