EFESan Pedro Manrique (Soria)

Veintiséis pasadores, de ellos siete mujeres, todos con los pies descalzos, han cruzado esta madrugada el paso del fuego en San Pedro Manrique para mantener viva un año más una tradición milenaria, que ha vuelto a llenar de magia la noche más corta del año.

Los habitantes de este pueblo enclavado en la comarca de Tierras Altas, una de las más despobladas de la provincia, han respondido al compromiso con esta fiesta ancestral declarada de interés turístico nacional y en la actualidad una tradición admirada en los cinco continentes aunque hasta bien entrado el siglo XX era poco conocida.

Más de dos mil personas han acudido a la cita desde diferentes puntos de la provincia y de España para presenciar in situ esta tradición, para la que el Ayuntamiento sampedrano inició en la pasada legislatura los trámites para conseguir que la UNESCO la reconozca como patrimonio inmaterial de la Humanidad.

Como marca la tradición, los pasadores han comenzado a enfrentarse al manto de fuego a partir de las doce y doce minutos de la noche más corta del año, la de San Juan.

Entre los pasadores, siete mujeres, una de ellas de diecinueve años, que ha pasado por primera vez, mientras el más veterano ha sido Alejandro, conocido como "El Chichorrillas", que con sus 86 años ha vuelto a pisar el manto de fuego.

El compromiso de los vecinos e hijos de San Pedro Manrique se mantiene a pesar de la despoblación que afecta a estas tierras.

Los pasadores han portado inicialmente a hombros a las tres móndidas de las fiestas de San Juan, tres mujeres sampendranas que han asistido al ritual ataviadas con vestido blanco y un extraño cesto en la cabeza con flores de pan y largas varitas de harina y azafrán (arbujuelo), y simbolizan el tributo de las Cien Doncellas tras la derrota musulmana en la cercana Clavijo.

Las móndidas, Feli, Marina y Ruth, se han hecho esperar este año más allá de la Cruz de Mayo, fecha tradicionalmente prevista para su elección, debido a la falta de dos de las tres voluntarias necesarias.

La mayoría de los pasadores han elegido a algún familiar o amigo para pasarle el fuego, un acto considerado todo un honor y privilegio.

Con los pantalones arremangados, un hombre, una mujer o un adolescente han pisado decididos las ascuas, dando entre cinco a nueve pasos -por lo general siete-, ante la emoción contenida de los espectadores y las familias y amigos.

La mejor técnica para evitar las quemaduras, cuentan los pasadores, son pisadas fuertes y rápidas, a ritmo y con la planta del pie plana, lo que detiene durante unos instantes la combustión de las brasas de madera de roble.

La preparación de las propias brasas lleva su ritual y tiene a sus responsables, conocidos como horguneros, quienes se han encargado desde media tarde de preparar este manto de fuego, con más de mil kilos de leña de roble, y mucha paciencia para transformar la leña en una alfombra de brasas, de seis metros de longitud y entre diez a quince centímetros de grosor.

Pisar las brasas de fuego sin quemarse, un fenómeno denominado pirobacia y que los sampedranos llevan con orgullo identitario, ha despertado desde mediados del siglo XX el interés de curiosos, científicos y parapsicólogos.

Las principales hipótesis de las últimas investigaciones sobre el origen del paso del fuego se inclinan por la pervivencia de unos ritos difundidos hace milenios por pueblos adoradores del sol en el solsticio de verano, que perduraron hasta época cristiana y que posteriormente la Iglesia, al no poder erradicarlos, optó por su cristianización en la festividad de San Juan Bautista.

El origen de estas fiestas ha sido estudiado por etnógrafos como Julio Caro Baroja, que visitó la villa sampedrana en 1950, y la investigadora Chesly Baity, una década después, y que encontraron similitudes del paso del fuego con el de los Hirpi Sorani de la Italia Clásica y con los pueblos indoeuropeos del sur de la India.