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Pocos jugadores han sido tan claros como Ricardo Zamora a la hora de expresar su indignación por un mal arbitraje. Y razón no le faltaba. España, en el Mundial de Italia 1934, acabó su aventura en cuartos de final tras caer ante el anfitrión en dos duelos violentos, llenos de errores, que le dejaron fuera del torneo.

Aquel Mundial no fue uno cualquiera. Fue el Mundial de Benito Mussolini. Igual que Adolf Hitler usó los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 para exaltar el nazismo, el dictador italiano fue un precursor en el uso del deporte al servicio de un régimen. Quiso demostrar el poder del fascismo con una victoria de Italia. Y quería ganar el trofeo Jules Rimet a cualquier precio.

Eso influyó mucho en la derrota de España, que 14 años antes logró una medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes con un choque ante Italia de alta tensión que los españoles ganaron por 2-0 y en el que Ricardo Zamora y el italiano Emilio Badini fueron expulsados por liarse a puñetazos.

Ambas selecciones se volvieron a ver las caras en los Juegos Olímpicos de París en 1928. Se enfrentaron en cuartos de final y empataron 1-1. Se tuvo que disputar un partido de repetición en el que el cuadro transalpino vapuleó a España con un contundente 7-1 que sacó los colores al equipo que dirigía José Ángel Berraondo.

Zamora no acudió a esos Juegos. Tampoco otro nombre ilustre de la época, como José Samitier. Tenían que jugar futbolistas "amateurs" y cualquier jugador sospechoso de ser profesional podía provocar la expulsión de la selección.

De los dos, al Mundial de Italia sí llegó Zamora. Fue el único presente en los Juegos de Amberes que repitió 14 años después. Y fue uno de los grandes protagonistas de España, que llegó camuflada al torneo. No era una de las favoritas, pero comenzó fuerte eliminando al Brasil del gran Leonidas. Ganó 3-1 con un doblete de José Iraragorri y con un tanto de Isidro Lángara. Además, Zamora paró a Leonidas un penalti.

En cuartos, esperaba Italia, que en su primer partido humilló a Estados Unidos con un contundente 7-1. De nuevo, dos selecciones con un par de antecedentes vibrantes, se volvían a ver las caras.

El Italia-España de cuartos de final que se disputó el 31 de mayo de 1934 en el Stadio Giovanni Berta se convirtió con el paso de los años en "la batalla de Florencia".

Sin duda, fue el duelo del Mundial. Una final anticipada. Los sueños de los españoles no durarían mucho en Florencia. Mussolini dejó con meridiana claridad lo que tenía que hacer su selección.

El combinado transalpino comenzó a trabajar pronto y una de las primeras cosas que hizo fue nutrirse de jugadores de otros países.

En 1930, tras la victoria de Uruguay, convencieron al argentino Luis Monti para jugar en el Juventus. Con el tiempo, podrían nacionalizarle.

Con Monti, llegaron otros argentinos, como Enrique Guaita, Raimundo Orsi, Atilio Demaría y el brasileño Guarisi. La calidad de la selección italiana subió. Y con la propaganda habitual, se elevó el patriotismo entre el público.

Los partidos del Mundial comenzaban con el grito de "Italia, Duce". Se hacía el saludo fascista desde el centro del campo. Mussolini presenciaba los encuentros de su equipo desde el palco rodeado de camisas negras. Todo estaba preparado para que aquel fuera su Mundial.

Pero por el camino se cruzó España. Tenían al mejor portero del mundo, Zamora, que dos años después, a las puertas de la Guerra Civil, jugaría su último partido en España para ganar la Copa de la República. También estaba Lángara. Y enfrente, un equipo con miedo a perder por las consecuencias. Eso, era muy peligroso para sus rivales.

Todo estaba preparado para el inicio de un choque que pasaría a la historia y que España comenzó muy bien, con un tanto de Regueiro en el minuto 31, al que contestó Italia justo antes del descanso con el empate de Ferrari. El jugador transalpino remató a la red un centro con poco peligro mientras Schiavio agarraba claramente a Zamora, que no pudo atrapar la pelota.

El árbitro, un belga llamado Joel Baert, no quiso ver una violación del reglamento clamorosa. Pero no fue la única, porque consintió la dureza italiana durante todo el encuentro. España, no se amilanó y acabó respondiendo, pero acabó peor parada, con una gran cantidad de jugadores que no pudieron disputar el encuentro de desempate (en aquella época aún no había tanda de penaltis después de la prórroga).

Pero aparte de ese agarrón a Zamora, antes hubo un penalti por una patada a Iraragorri y otro a Gorostiza.

Después, un gol legal anulado a Lafuente por un fuera de juego que no era. Y, entre medias, una violencia extrema en la que Zamora llegó a recibir una patada en un ojo.

Pero el choque acabó 1-1 y pudo haber ganado España si Luis Regueiro no hubiera mandado un disparo al larguero en el último instante de la prórroga. Los italianos no se llevaron la victoria y Zamora, dos horas después, indignado, dijo la frase que pasó a la historia.

"Nos birlaron el partido, que ha sido nuestro casi siempre, aunque con una dureza extraordinaria. Se ha jugado a un tren de verdadera locura y, como resultado de tantas violencias, ellos y nosotros salimos tocados, casi sin excepción. Fue indignante el gol que nos metieron y el gol que nos anularon", afirmó.

"Para empatar, me hicieron falta. Schiavio me alcanzó con dos soberbios puñetazos que me enviaron a sentarme al fondo de la red.

El árbitro no tenía duda, lo iba a anular. Entonces, los italianos le trajeron a los jueces de línea, y éstos le convencieron para dar validez a semejante tanto. El segundo de Lafuente fue magnífico.

Lafuente se internó, dribló y lanzó un disparo estupendo. Todavía no sé explica nadie por qué anuló ese gol", agregó.

Jacinto Quinconces, décadas después, explicó esa misma jugada: "Lafuente hizo todo un jugadón, se escapó de los defensas italianos, y en jugada personal marcó el 2-1. Aquí llegó nuestra sorpresa porque el árbitro lo anuló porque quiso. Cuando nos comentó que había sido fuera de juego nos reímos. ¡Lafuente había hecho la jugada él solo, sin apoyo de ningún compañero!".

Pero aparte de eso, el parte médico fue terrible para España. Tenía que afrontar el partido de desempate 24 horas después con una larga lista de lesionados que no pudieron jugar: Zamora, Ciriaco, Lafuente, Iraragorri, Gorostiza y Lángara. El mítico portero español, con dos costillas rotas, fue uno de los mayores damnificados.

Y, como Italia tenía que ganar por lo civil o lo criminal, volvió a pasar lo mismo. Muchos jugadores italianos salieron impunes de su extrema dureza y lesionaron a Bosh (se retiró del campo en el tercer minuto y no se podían hacer cambios), Chacho, Regueiro y Quincoces ante la pasividad arbitral. El colegiado era el suizo René Mercet, que anuló dos goles legales a Regueiro y Quincoces y dio por válido la única diana del choque, obra de Giuseppe Meazza.

Como en el primer partido, otro jugador, en esta ocasión Demaría, obstaculizó al sustituto de Zamora, Nogués, que no pudo evitar el remate de Meazza. Además el jugador italiano se subió sobre los hombros de Quincoces. Así ganó Italia, 1-0, con un arbitraje que se comentó tanto que Mercet fue sancionado de por vida por la FIFA y por la federación de su país.

Mientras, España se tuvo que ir a casa y fue acogida como si fueran auténticos héroes. Tanto, que recibió la encomienda de la orden de la República. El 20 de diciembre de 1934, el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, entregó a jugadores y entrenador una distinción que no mitigó el dolor de una eliminación injusta que permitió a Italia ganar su primer Mundial.

Lo consiguió con unas palabras de Mussolini en el vestuario de Italia durante el descanso de la final frente a la República Checa cuando el partido marchaba 0-0. "Il Duce" se dirigió a su entrenador:

"Señor Pozzo, usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar". Entonces, Italia ganó 2-1 y esta vez la necesidad y no un árbitro fue la culpable de la victoria.

Pero, para la historia, quedará aquel partido que le birlaron a España, como dijo Zamora. La historia reparó el daño con el título de Sudáfrica 2010. "Sólo" pasaron 76 años.

Juan José Lahuerta