EFEArgel

El desplome de los precios del petróleo, el impacto del coronavirus y la fragilidad del nuevo Gobierno, inmerso en una crisis de reputación y confianza entre la ciudadanía, amenazan la estabilidad del régimen militar argelino un año después de la renuncia del presidente Abdelaziz Bouteflika, forzada por las manifestaciones populares y la presión del Ejército.

El exmandatario, de 82 años, gravemente enfermo desde que en 2013 sufriera un ictus, vive encerrado en su mansión de Argel, acompañado de su hermana y un equipo médico.

Mientras, las protestas contra la corrupción del sistema y las demandas de "cambio verdadero" continúan pese a las maniobras de sus antiguos aliados para parecer que se han desvinculado de su legado.

"Atravesamos un momento importante en la política argelina. Forzar a un presidente a dimitir tras 20 años en el poder no fue el final, sino el principio de una demanda de cambio y grandes transformaciones", explica a Efe el sociólogo Nacer Djabi, una de las figuras más destacadas de ese movimiento popular de protesta conocido como Hirak.

EN LUCHA POR EL CAMBIO

El Hirak "ha sido una gran escuela de auto-organización, de inteligencia colectiva extraordinaria que ha conseguido un cambio", insiste Djabi.

Aunque no ha supuesto la caída definitiva de la cúpula del poder a la que se responsabiliza de la aguda crisis económica que atraviesa Argelia, que se sostiene en un modelo estatal paternalista basado en los subsidios y dependiente del gas y el petróleo, que suponen el 95% de sus exportaciones.

"Son las mismas caras del antiguo régimen las que están todavía al frente del país. Ni la justicia ni la prensa son libres", denuncia Djabi antes de asegurar que el movimiento no cesará.

Pese a que las incapacidad del mandatario era un secreto a voces, las protestas arrancaron de forma inesperada el 22 de febrero de 2019, un día después de que el círculo de poder que protegía al mandatario anunciara que Bouteflika, en la presidencia desde 1999, optaría a un quinto mandato consecutivo.

Sorprendidos por la permisividad de las fuerzas de Seguridad, la protesta creció y se extendió al resto del país en las semanas siguientes, con miles de argelinos gritando "no a la mafia que gobierna en el país".

Cinco semanas después la televisión estatal anunciaba la esperada renuncia, forzada por el Hirak pero sobre todo por la presión del jefe del Ejército y hombre de confianza durante quince años, general Ahmed Gaïd Salah, que días antes pidió su inhabilitación.

UN CAMBIO COSMÉTICO

Confirmada la dimisión, la presidencia interina pasó al presidente del Senado, Abdelkader Bensalah, designado por el propio Bouteflika en 2004, con el mandato constitucional de convocar elecciones en un plazo de noventa días.

Sin embargo, la potencia de la protesta en la calle y la negativa del movimiento a participar en los comicios condujeron al régimen a aplazarlos "sine die".

El 15 de septiembre, con las manifestaciones sin indicios de remitir y a propuesta del jefe del Ejército, la consulta fue fijada para el 12 de diciembre.

El triunfo sonrió a Abdelmejid Tebboun, hombre del sistema y ex primer ministro en tiempos de Bouteflika, vencedor de un proceso que registró el mayor índice de abstención de la historia de Argelia y que no sirvió para aplacar la protesta, que solo entró en pausa el pasado 17 de marzo a causa del COVID-19.

"La crisis sanitaria del coronavirus y la caída de los precios pondrá a prueba una economía ya fragilizada y un sistema de salud precario. A todo esto se suma también el impacto de una sequía que impactará configurando una crisis multidimensional", explica Laurence Thieux, profesora de relaciones internacionales de la universidad Complutense de Madrid, que cree que las protestas resucitarán tras el coronavirus.

CAZA DE BRUJAS

Lograda la renuncia, el jefe del Ejército impulsó una campaña de "manos limpias" que condujo a prisión a decenas de militares de alto rango, políticos, empresarios y periodistas próximos al "clan Bouteflika".

Entre ellos su hermano Said, considerado el poder en la sombra, y el general Mohamad Mediàne "Tawfik", jefe durante 25 años de los poderosos servicios de Inteligencia, acusados ambos de "conspiración" con una potencia extranjera, en alusión a Francia.

Y los primeros ministros Ahmed Ouyahia y Abdelmalek Sellal, condenados a más de diez años de cárcel por desviar fondos para la campaña electoral de Bouteflika, en un juicio rápido del que se duda de sus garantías.

"No es normal que alguien que recogió el dinero para la campaña de Bouteflika esté encarcelado mientras que él, que es el primer responsable directo y la persona beneficiada, esté libre", afirma Djabi, que pide que sea también juzgado.

"Es una reivindicación de los ciudadanos, sabemos que está enfermo pero debe ser juzgado, al menos simbólicamente, para tranquilidad de los argelinos", concluyó.