EFEAl Latamna (Siria)

Unas colinas en las cercanías de la aldea siria de Al Latamna, en el sur de la provincia de Idlib, esconden los laberintos subterráneos que sirvieron durante años de fortaleza a los rebeldes sirios, que los abandonaron hace apenas tres semanas ante el avance de las fuerzas gubernamentales.

"Jaysh al-Izza" (Ejército de la gloria), rezan las pintadas que se pueden leer en los muros de las polvorientas catacumbas, en alusión al grupo insurgente que construyó esa auténtica ciudadela bajo tierra.

La ofensiva gubernamental obligó a los combatientes a abandonar con prisas a principios de septiembre el que fuera su refugio, labrado a mano y, en algunos tramos, enyesado, para evitar ser cercados.

La "base" fue hallada por las tropas sirias, que ahora peinan la zona con ayuda de la policía militar rusa, que se ocupa de las labores de desminado.

Se trata de "una gran obra de ingeniería militar" y es prácticamente inexpugnable, comentó el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, el general Ígor Konashenkov, a un grupo de periodistas de medios occidentales, entre ellos Efe.

El general aseguró que estos laberintos cuentan con salidas a la cima de las colinas, que permitían a los rebeldes supervisar sus posiciones y esconderse de un modo rápido y efectivo en caso de un ataque enemigo.

Estos refugios no eran escondrijos al uso, sino que acogían auténticos ejércitos de varios miles de combatientes, morteros, fusiles y abundante munición, y hasta talleres para fabricar drones.

Los interminables túneles contaban con depósitos de agua y tuberías para su suministro, como pudo comprobar la prensa, lo que permitía a sus inquilinos vivir bajo tierra durante largo tiempo.

Según el coronel del Ejército sirio Ali Rami, esta no es la única fortaleza de este tipo ubicada en la región, puesto que ya ha sido descubierta una decena de estas "instalaciones", cada una de las cuales podría albergar a hasta 5.000 combatientes.

Las áridas colinas de piedra caliza podrían pasar inadvertidas si no fuera porque en torno a ellas todavía se puede observar una gran cantidad de vehículos de combate destruidos, incluyendo blindados, con impactos de metralla y cubiertos de hollín del fuego reciente.

Sin embargo, basta con saber el lugar preciso y tras una pequeña elevación se puede acceder a una amplia gruta que se ramifica en múltiples pasillos de cientos de metros, quizás varios kilómetros, muchos de los cuales todavía no han sido revisados por los zapadores.

Los militares sirios que controlan la zona advierten a los periodistas de que deben seguir de modo estricto las rutas y en grupos de a diez personas, porque todavía hay muchos corredores subterráneos que podrían estar minados.

A la tenue luz de linternas, la oscuridad de los estrechos pasillos de paredes irregulares y frías, cavados literalmente a mano, se abre a galerías más amplias o incluso a locales mayores, en los que yacen apiñadas armas y pertrechos abandonados.

Hay que avanzar con cuidado en la penumbra para no tropezar con una gran variedad de objetos: desde cafeteras abolladas y todo tipo de vajilla hasta camastros y tablones.

En todas partes, mucha basura. De una bolsa negra de plástico rasgada salen restos de comida descompuesta.

En algunos locales se pueden ver textos escritos con pintura negra. La mayoría son en árabe, pero también los hay en otros idiomas, incluyendo un ruso chapurreado con amenazas al régimen de Bachar al Asad, cuyo principal aliado es precisamente el Kremlin.

Algunas de las "habitaciones" cuentan incluso con tendido eléctrico, lo cual da cuenta no solo del trabajo y el tiempo invertido en convertirlas en un espacio "confortable", sino del propósito utilitario de estas, a juzgar por las herramientas, los muebles rústicos y las computadoras que yacen en el suelo.

En una de ellas, a la que se accede a través de un pasillo estrecho, se puede ver un dron a medio hacer. Junto al fuselaje de madera prensada yace un motor de dos tiempos y otras partes.

Según los militares rusos, este mismo tipo de naves fueron utilizadas para atacar en varias ocasiones la base aérea rusa de Hmeimim, que se encuentra a un par de cientos de kilómetros en la provincia de Latakia.

Konashenkov comentó que el último ataque fue perpetrado a principios de septiembre y tanto los datos de los radares como los obtenidos de los drones que fueron interceptados por medios radioelectrónicos mostraron que estas naves fueron lanzadas desde la zona de Al Latamna.

Fernando Salcines