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En un mundo tan globalizado en el que parecía que las fronteras habían desaparecido, el baile de aperturas y cierres a causa del coronavirus aún tiene la capacidad de irritar y crear suspicacias entre países aparentemente amigos, que deberán repensar sus relaciones de confianza e, incluso, si impulsar o frenar la globalización.

Expertos en Relaciones Internacionales discrepan a la hora de analizar la trascendencia de las fronteras en el siglo XXI, los efectos que los cierres y aperturas tendrán en las relaciones internacionales e, incluso, si la expansión mundial de la pandemia impulsa a profundizar en la globalización o anima a recuperar una posición más nacionalista.

La ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, repite una y otra vez que la selección de 15 países elaborada por la UE para una apertura inicial de fronteras “no es un ejercicio político o diplomático, es un ejercicio puramente epidemiológico y científico”.

Lo cierto es que la lista de 15 países acordada por la UE no implica la apertura automática de las fronteras, sino que da pie al inicio de negociaciones bilaterales país por país “para ajustar las condiciones y reciprocidades”.

La investigadora principal del Real Instituto Elcano y experta en movimientos migratorios Carmen González, considera la lista de la UE “un poco extraña” y cree que, además de los criterios epidemiológicos, han influido criterios de proximidad y de intensidad en la relaciones entre los países; solo así se explica la prolongada negociación cuyo plazo hubo que ampliar varias veces.

“Si hubiera sido sólo motivos científicos y de tasas de ataque del virus se habría elaborado casi de forma automática. Y no ha sido así”, señala sobre el accidentado proceso negociador.

No obstante, González considera que el cierre de fronteras no va a crear problemas en las relaciones entre países puesto que se trata de una “iniciativa necesaria, preventiva y reversible”.

“Sabemos que es un cierre temporal y extraordinario, completamente justificado y que damos por supuesto que será temporal”, afirma.

En su opinión, pese al desarrollo de la globalización, las fronteras son importantes ya que “la unidad política esencial sigue siendo el estado-nación y las fronteras son parte crucial” y sólo los estados tienen competencias en materia, por ejemplo, de seguridad sanitaria.

No opina igual el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas Javier Gil, para quien el cierre de fronteras entre países es “un mensaje de desconfianza brutal”, como demuestra las suspicacias en la UE por el cierre sin previo aviso de Estados Unidos al principio de la pandemia.

Así, el proceso de reapertura “supone el reconocimiento de una confianza recíproca”, confianza que no ha causado mayores problemas en el seno de la UE, pero que tiene la capacidad de “complicar bastante las cosas” con el resto del mundo.

No obstante, Gil es optimista puesto que el cierre no ha sido total: el flujo de capital y mercancías no se ha visto afectado, tan solo el de personas. Y no todas.

No opina igual el decano de la Facultad de Política y Sociología de la UNED, Gustavo Palomares, quien considera que la expansión del virus ha demostrado que “cerrar fronteras sirve más bien de poco” y que sólo revela “la permanencia de los viejos conceptos del estado-nación.

“Uno no puede afrontar nuevos retos con viejos instrumentos”, argumenta en favor de una mayor interconexión entre los países, especialmente dentro de la UE, donde ha quedado claro que “tenemos que dar ya un paso más, un paso fundamental” que permita una mayor coordinación en materias como la seguridad sanitaria o la inmigración, asilo y refugio.

Pese a la interconexión global, Palomares cree que la apertura y cierre de fronteras mantiene su importancia, en buena parte porque “los tres 'hegemones' -China, Rusia y Estados Unidos- mantienen vivos los discursos de mitos y símbolos, por lo que el coste de este juego de fronteras probablemente enlace con los discursos nacionalistas y la dialéctica histérica de (Donald) Trump y (Vladimir) Putin” que es "perfecto para desviar la atención de los miles de muertos”.

Así, la decisión de cerrar fronteras era necesaria, pero “ahora habrá que pagar el precio político, económico y diplomático de haberlo hecho”, afirma Palomares.

En cuanto a los cambios que se vayan a producir a raíz de la pandemia, González apunta que, por una parte, el encierro ha servido para avanzar en la globalización ya que ha puesto de manifiesto la profundidad de la interconexión entre países y las distancias se han visto acortadas por las telecomunicaciones y la facilidad para celebrar reuniones internacionales telemáticas.

No obstante, los expertos coinciden en que las reuniones virtuales nunca suplantarán a los encuentros cara a cara, ya que, según González, es “prácticamente imposible establecer una confianza mutua con una carita pequeña en tu ordenador”, o como explica Palomares, “nada suplanta a un buen apretón de manos o mirarse a los ojos”.

Por otra parte, la pandemia también ha subrayado la necesidad de no fiarlo todo a la globalización y la fluidez de las vías comerciales y de desarrollar una industria nacional propia de productos como mascarillas o EPIs para no estar a expensas de la producción en otros países y del mercado internacional, que tantos problemas ha causado.

Cristina Lladó