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Cuando los alumnos acaban de volver al cole, en el hemiciclo del Congreso había este miércoles ambiente como de fin de curso, con los diputados haciéndose fotos para la posteridad antes del último pleno de la brevísima decimotercera legislatura, y hasta entusiasmados en departir sobre la inevitable repetición electoral.

Ha entrado en el recinto el no investido presidente Pedro Sánchez con cara de pocos amigos, serio, disgustado, para afrontar una sesión de control inevitablemente transformada en un pim, pam, pum de reproches mutuos, reparto de culpas e idéntico manual de argumentos de los últimos días.

Hasta tal punto ha sido así que, más que preguntar, algunos han empleado sus dos minutos y medio de tiempo para extenderse en discursos cargados de munición preelectoral, que es la que toca.

Como Pablo Casado, líder del PP, quien tras poner a Sánchez de vuelta y media por su incapacidad para "gestionar su investidura" que también le "impide" gestionar España, le ha acusado de querer ser elegido por "agotamiento electoral".

Y le ha lanzado un recadito: "Recuerde que las elecciones las carga el diablo".

Triunfo total en la bancada del PP, que le ha aplaudido en pie cogiendo fuerzas para montar seguidamente la mayor bronca que ha vivido el hemiciclo en esta corta legislatura.

Ha tenido que intervenir la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, contundente, para exigir silencio y respeto, porque los del PP estaban desatados y no paraban de protestar y replicar a gritos cuanto decía el jefe del Ejecutivo en funciones.

Un presidente que ha dejado claro sus planes: quiere una "mayoría rotunda" el 10N que evite el bloqueo que ahora le ha impedido ser investido y del que ha responsabilizado a los otros.

A Casado le ha afeado su "falta de sentido de Estado", al líder de Ciudadanos, Albert Rivera, su "irresponsabilidad", y al de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, su "dogmatismo". El reparto ha encantado a los suyos.

Pero Iglesias no estaba en su escaño para escucharle, porque no tenía pregunta y ha llegado media hora tarde a la sesión, al parecer por un atasco sufrido cuando se dirigía a Madrid desde su casa de Galapagar. Sánchez se ha marchado en cuanto su exsocio preferente ha entrado en el hemiciclo.

Tras el alboroto del PP, el silencio de los 350 ha vuelto con el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, quien al preguntar a Pedro Sánchez se ha escapado mentalmente de la Cámara para plantear una sentencia de las suyas.

"La gente está hasta los bemoles de nosotros, de todos nosotros. Está hasta las narices", ha solemnizado.

Y todo porque se van a repetir las elecciones tras un fracaso que ha atribuido al "Sánchez del 155", al que ha espetado que el PSOE es a la negociación "lo que Vox al feminismo".

El presidente le ha contestado que si la Generalitat vuelve a vulnerar la Constitución el PSOE aplicará esta norma para defender la legalidad en Cataluña, compromiso que ha engendrado risas en Rivera y sus muchachos.

Antes de irse junto a la vicepresidenta Carmen Calvo, Sánchez ha escuchado su tenso cara a cara con la portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, quien ha acusado a los socialistas de ser "profundamente reaccionarios", lo que ha levantado casi la única sonrisa que se ha visto al presidente en la mañana de hoy.

Álvarez de Toledo ha augurado que al PSOE le va a ir en las elecciones repetidas "muchísimo peor de lo que sus Redondos le susurran" (Iván Redondo es el jefe de Gabinete de Sánchez) y Calvo le ha restregado que ella es la única diputada del PP en Cataluña.

En este ambiente ha proseguido la sesión de despedida, con abundantes ocasiones para que los ministros repitieran la retahíla de argumentos esgrimidos ayer por Sánchez desde la Moncloa mientras los demás insistían en echar la culpa al otro.

Así, en los agitados pasillos, el portavoz de Compromís, Joan Baldoví, admitía el "legítimo cabreo" de los ciudadanos por tener que votar otra vez y aportaba su diagnóstico: Si en julio el culpable del fracaso de la investidura tenía "coleta", el culpable de ahora lleva "corbata".

Por Antonio del Rey