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No es fácil caminar este jueves por la calle de Toledo ya que, al hielo y la nieve todavía acumulada, se suman los múltiples vehículos de los bomberos y técnicos del ayuntamiento que trabajan sin descanso tras la explosión de este miércoles por un escape de gas que ha dejado cuatro fallecidos y una decena de heridos.

Los vecinos y los comerciantes siguen con “el susto en el cuerpo”, pero tratan de ayudarse unos a otros conscientes de que la normalidad tardará en llegar a un barrio donde un día después del siniestro se agolpan decenas de periodistas, pero muchos de sus habituales han optado por quedarse en casa.

Gran parte de la calle Toledo se encuentra cerrada, un helicóptero sobrevuela la zona mientras los técnicos del ayuntamiento y los bomberos evalúan los daños desde el exterior con la ayuda de drones. Durante toda la mañana, han retirado los escombros del edificio y han evacuado más de una decena de coches destrozados por la explosión.

La policía controla el acceso a la zona cercana al edificio, que se encuentra cercada, y permite el paso únicamente y de manera puntual a algún vecino que necesita entrar a su domicilio por motivo de urgencia.

LOS VECINOS DESALOJADOS SE AYUDAN ENTRE ELLOS

Estela es la presidenta de la comunidad de propietarios de la calle Toledo 102 y cuenta que se encontraba estudiando en su domicilio en el momento de la explosión. “El impacto me levantó un palmo del asiento”, explica a Efe.

La joven salió de la vivienda corriendo al ver por la ventana el polvo y los trozos que caían, “gritó a todos los vecinos que salieran del edificio; era supervivencia pura y dura”, asegura.

Antes de salir a la calle, rescató a una vecina de 83 años que padece del corazón. “Guardé el tipo como pude, la calmé y, en pijama, fuimos a casa de una amiga mía donde localizamos a su hijo que vino a por ella”, relata la joven.

Su edificio tiene agujeros “como si fueran de metralla”, detalla. Esta mañana los vecinos han entregado sus llaves a los bomberos para que evalúen el estado del inmueble tras el impacto.

Todos están bien, hospedados en un hotel al que llegaron con ayuda del Samur Social y emergencias Madrid, pero todavía no saben cuándo podrán regresar a casa.

Julián vive a cuatro portales del edificio. “Creíamos que había sido una bomba”, explica antes de añadir que hoy es de los pocos que “no tiene miedo". "Los vecinos estamos bien, nos ayudamos entre nosotros”, afirma sin dudar.

COMERCIANTES RECUPERAN SU ACTIVIDAD SIN MUCHA CLIENTELA

Este jueves, el mercado de la Paloma, que se encuentra en la calle de Toledo a unos metros del edificio del siniestrado, ha abierto sus puertas como cada día, pero ha estado vacío casi toda la mañana. La puerta de esta galería comercial es precisamente el límite donde se ha puesto el cordón policial para evitar el acceso a la zona cero.

“La gente tiene miedo, sobre todo la gente mayor, incluso nos han llamado clientas para que les llevásemos la compra a casa; tienen miedo de salir”, ha contado a Efe Sandra, charcutera del mercado que fue de las pocas que vivió la explosión desde su puesto, uno de los más cercanos a la puerta.

En ese momento, el mercado estaba ya cerrando y no había clientes. “A mí no me pilló en la calle de milagro; oí un estruendo muy grande como si se rasgara el mundo. Lo primero que hice fue ir a buscar a mi padre que tiene otra tienda aquí”, recuerda.

Marisa de “Quesos Ricos La Paloma” lamenta la muerte del joven sacerdote que era asiduo de la galería comercial. Una pareja joven alojada en el Hotel Gavinet, situado frente a la zona cero, se ha acercado esta mañana a su puesto y ha contado que llevaban días oliendo a gas al pasar junto al centro parroquial ahora en gran parte derruido. Marisa asegura que no ha parado en toda la mañana: “pese a todo, he hecho caja y también he tenido varios pedidos por teléfono”.

Tania, al frente de la panadería, cuenta que el mercado “está más vacío de lo normal porque la calle todavía está muy fea, no se puede pasar; normalmente viene mucha gente mayor y hoy no ha venido casi nadie”.

Ayer era su cumpleaños y tenía planeado comer con su hija en un restaurante chino que está situado al lado del lugar de la explosión. Aliviada cuenta que cambió de planes de última hora.

Xu, la dueña de este restaurante, cuenta a Efe como vivió la explosión: “se cayó el techo más cercano a la puerta y se rompieron los cristales”. Evacuó a sus comensales a un patio interior. “La noticia llegó inmediatamente hasta China, donde está mi madre, que me llamó llorando”, narra mientras muestra fotos en su teléfono y lamenta el estado de su local: “está destrozado”.

LOS ESTUDIANTES DEL COLEGIO Y LOS ANCIANOS DE LA RESIDENCIA, A SALVO

La catástrofe podría haber sido todavía mayor ya que junto al edificio parroquial de la Iglesia de La Paloma que voló por los aires hay un colegio y una residencia de ancianos. Todos fueron evacuados.

Los niños del colegio Lasalle La Paloma han asistido hoy a clases telemáticas “diferentes” ya que los maestros las han dedicado a conocer su estado anímico. La mayoría han dormido bien, pero en general han planteado más preguntas y estaban más nerviosos.

La directora del centro concertado, Visitación Salazar, que aún no ha podido acceder a su despacho, explica a EFE que solo dos niños sufrieron rasguños superficiales como consecuencia de la rotura de ventanas que provocó el siniestro.

Hasta que no finalice la inspección técnica del edificio del colegio, para detectar posibles daños estructurales, es prematuro conocer la fecha de reanudación de las clases presenciales. Los 215 alumnos de 3 a 12 años continuarán con la actividad “online”.

Las 56 personas mayores de la residencia, que fueron realojadas en dos geriátricos cercanos del grupo Los Nogales, han pasado la noche “tranquila” y esta mañana han retomado sus rutinas habituales, ha explicado a EFE un portavoz de la empresa, quien ha añadido que ninguno de ellos ha tenido que ser atendido por “ataque de pánico ni de ansiedad”. Además, en ambas residencias se habilitaron zonas para que los familiares pudieran hacer visitas.

Ana Ayesa