EFEMedina Sidonia

El colombiano Miguel Ángel Ibarra Marín, que ejerció como sacerdote durante más de un año en la provincia de Cádiz hasta que su país alertó de que no había sido ordenado, ha insistido hoy en que es un cura "válido", un extremo que espera que el Vaticano, al que ha recurrido, pueda acreditar.

Miguel Ángel Ibarra Marín ha regresado a Medina Sidonia, la localidad de Cádiz en la que ejerció por última vez como sacerdote, para expresar su "eterna gratitud" con este pueblo y para ofrecer una rueda de prensa para intentar deshacerse de la etiqueta de "falso cura" que extendió tras su cese.

Y también para ver si aquí encuentra "alguna posibilidad laboral" porque tiene que "subsistir de alguna manera" ya que desde que el pasado 13 de diciembre fuera cesado como sacerdote de Medina Sidonia no percibe ningún emolumento ni tiene seguridad social.

Encontrar alguna posibilidad laboral o retomar en su país su carrera de cantante, bajo el pseudónimo Ángel Serrati, son, dice, las únicas "puertas" que tiene abiertas mientras el Vaticano decide si puede o no ejercer como cura,

"Yo regresaría a mi sacerdocio, por supuesto", ha asegurado hoy.

Miguel Ángel Ibarra Marín ha repasado hoy ante la prensa su vida y mostrado los documentos que ha enviado a Roma y que, según él, acreditan que fue ordenado sacerdote el 4 de enero de 1998 por Augusto Trujillo Arango, arzobispo de Tunja (Colombia), en una capilla privada.

Según su relato, el arzobispo Trujillo Arango firmó el acta de su ordenación, pero luego, por un fallo, este documento no fue registrado.

El arzobispo se jubiló un mes después al cumplir los 75 años y él quedó "acéfalo", sin incardinación a ningún obispado.

Estudió después Psicología, Enfermería y emprendió una carrera como cantante, hasta que en 2011 se presentó ante el arzobispo de la Archidiócesis de Santa Fe de Antioquia, Orlando Antonio Corrales García, para pedirle ser incardinado a esta instancia eclesial y poder así ejercer el sacerdocio.

El arzobispo, siempre según su relato, pidió a un juez eclesiástico que investigara toda su documentación y una vez que el acta de su ordenación que autentificada, le aceptó como sacerdote.

Cuenta que trabajó como párroco de una comunidad, como auditor u como perito de un tribunal eclesiástico, hasta que el arzobispo decidió enviarle a Cádiz temporalmente en un convenio de colaboración con el Obispado de esta provincia.

Primero ejerció diez meses en Jimena de la Frontera y luego en Medina Sidonia, donde estuvo apenas dos meses, puesto que llegó en septiembre, en octubre tomó su mes de vacaciones y se marchó a Colombia, y al podo de regresar, el pasado 13 de diciembre, fue cesado.

Ese día el Obispado de Cádiz y Ceuta recibió una comunicación de la Archidiócesis de Santa Fe de Antioquia en la que alertaba de que Miguel Ángel Ibarra Marín no había sido ordenado sacerdote e, inmediatamente, dos representantes de la autoridad eclesiástica fuero a Medina Sidonia a comunicarle que debía dejar la parroquia, la comunidad y volver a su país de forma inmediata.

"Desde entonces mi vida ha sido muy difícil", explica. En su país se encerró durante un mes con su familia porque "el daño psicológico, moral y social es muy grande". "Ante el mundo yo he quedado muy mal, lo del falso cura se extendió por todos los continentes".

Se queja de que su voz no haya sido escuchada en ningún momento y de que no ha podido explicar a sus superiores que "soy un sacerdote válido".

Cree que hay un motivo oculto y desconocido para él para que el Arzobispado de Antioquia decidiera volver a revisar su documentación, un proceso "insólito".

Tanto él como el Arzobispado han remitido al Vaticano sus respectivos informes, con los que se decidirá si realmente fue o no ordenado y es o no un falso sacerdote.