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Oriol Junqueras, Carme Forcadell, los "jordis"... Estaban llamados a ser los protagonistas del juicio al "procés" pero a medida que avanzaban las jornadas en el Supremo se hacía más evidente que una figura imprevista les estaba robando una fama no buscada: Manuel Marchena.

Con su corrección un tanto exagerada de las que hace torcer el gesto (¿lo dice en serio o se está quedando con él/ella?), sus argumentos difícilmente discutibles, su paciencia infinita y su sonrisa, este juez de 60 años canario de nacimiento se ha ganado al gran público.

Lo ha hecho a lo largo de las 52 jornadas que ha durado el juicio, en las que ha conducido con destreza a cuatro fiscales, otros cuatro abogados de la acusación y doce (más sus ayudantes) de las defensas, sin contar a centenares de testigos, algunos olvidadizos, otros escurridizos, un puñado de militantes y unos pocos desafiantes.

Miles de hogares de Cataluña y del resto de España han seguido a diario este juicio televisado y en algunos el presidente del tribunal se ha convertido en un referente.

Es el caso de María Rosario, 98 años, que lo ha escuchado día tras día en su piso de Madrid y lo tiene claro: "El que más me gusta es Marchena. Le encuentro estupendo, da gusto ver lo bien que habla. Tiene una paciencia terrible, ¡y a los fiscales también les dice cosas!".

Y es que las largas jornadas de juicio, algunas tediosas por la repetición de testigos, adquirían para espectadores y periodistas cierto color al momento de escuchar sus ya famosas tres palabras: "Vamos a ver".

Preludio de que Marchena iba a poner firme a un fiscal, abogado o testigo y los oídos se abrían hacia las pantallas. Eso sí, lo hacía con muy buenas maneras, suavizando siempre con arranques del tipo "le escuchamos con atención, pero..." -a un testigo- o "usted, que es un excelente profesional, sabe que..." -a un abogado defensor-.

Marchena empezó poco intervencionista con los acusados, dejándoles explayarse incluso cuando sus palabras derivaban en discursos políticos, pero los cortes fueron "in crescendo" en el turno de los testigos. "No empezamos bien", suspiró en alto ante el primero, un Joan Tardà que quería declarar en catalán.

Fue el comienzo de incontables intervenciones que dieron lugar a encendidos debates jurídicos, sobre todo con los abogados defensores, entre los que, a pesar de todo, el juez ha cosechado simpatía.

Eso no le ha salvado de llevarse unas cuantas críticas. Y es que Marchena ha tratado de conjugar dos objetivos difíciles de combinar: celebrar un juicio impecable en lo que a garantías se refiere, tratando de evitar así el reproche posterior de Estrasburgo, y que el proceso no se alargara en el tiempo.

De ahí que aceptara a prácticamente todos los testigos propuestos por acusaciones y defensas (hasta 422), muchos de ellos con intervenciones calcadas, pero que acotara luego las preguntas estrictamente al interrogatorio de la parte que los hubiera propuesto. O que dejara para el final la proyección de todos los vídeos de una sola vez.

Su excesivo tecnicismo le hizo tener que intervenir para preguntar personalmente a Josep Lluís Trapero por algo en lo que Vox no había caído, y que impidió al resto de las acusaciones plantear: "¿Qué mensaje quiso usted transmitir a los responsables políticos?". Es decir, qué les dijo el mayor de los Mossos a Carles Puigdemont y otros líderes independentistas en una reunión clave días antes del 1-O.

Esa intervención, avalada por la ley y habitual en los juicios, le valió el reproche de los abogados, como también el no poder ir proyectando vídeos del 20-S y del 1-O en los interrogatorios, una limitación que Marchena impuso con Juan Ignacio Zoido después de que otros testigos, como Mariano Rajoy, sí los visionaran.

Algunas de esas críticas las plasmaron a golpe de papel presentado en el Supremo y Marchena dejó caer un aviso a navegantes: no iba a permitir que construyeran "una especie de juicio por escrito en paralelo" contra las decisiones del tribunal.

Su escrupulosidad llegaba a tal punto que el juez pedía a cada testigo decir en alto "filiación, profesión, edad y estado civil", expresidente del Gobierno y exministro del Interior incluidos. Pero hubo un momento en el que, consciente de lo tedioso del asunto, dejó de hacerlo, para alivio de muchos.

Rifirrafes a un lado, para la posteridad quedarán las frases de Marchena que han dado vida al juicio, impresas incluso en unas chapas que, a modo de recuerdo, se han regalado los periodistas que han seguido día a día el "procés" en el Supremo.

Blanco sobre negro, los informadores lucen ya sus palabras, convertidas en insignias: "Las preguntas hay que traerlas pensadas de casa", "los guardaespaldas son personas" o "¿son amigos de represión?". #marchenadixit.

María Traspaderne