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El amanecer blanco del sábado 9 de enero llegó en forma de alerta a los sanitarios militares. La vida se había parado en Madrid, pero las emergencias no. Ataques al corazón, partos y sesiones de diálisis que no podían esperar, y que solo ellos, con sus ambulancias todoterreno, podían atender.

Esa mañana, el coronel Blas Juan Vita, jefe de la Agrupación de Sanidad 1, recibió una llamada. Se necesitaban ambulancias que pudieran acceder a donde nadie llegaba y colaborar con los sanitarios del Summa.

Vita, junto a su equipo, ha relatado este jueves la odisea de abrirse paso entre la nieve de Madrid en medio de Filomena, atendiendo a los que necesitaban diálisis o quimioterapia, practicando maniobras de reanimación que solo habían ensayado en muñecos, asistiendo a niños que necesitaban ir al hospital sí o sí y a bebés recién nacidos sin calor en casa.

Esa tarde, Vita y la teniente coronel Yolanda Lorenzo, que se encargó luego de coordinar todos los traslados, consiguieron poner en marcha las primeras ambulancias militares, unos vehículos caquis del Ejército de Tierra fabricados para aguantar las condiciones más duras.

Fue el comienzo de diez días agotadores en los que hicieron 304 asistencias de urgencia en apoyo del Summa y 576 traslados de pacientes que necesitaban ir al hospital o salían de él tras un alta. Casi 900 veces que consiguieron vencer hasta 50 centímetros de nieve acumulada por calles que, relata el cabo primero David Dufort, no existían.

"Contábamos metros porque las calles eran invisibles", recuerda explicando cómo ponían en marcha el navegador y, cuando les indicaba que les quedaban 400 metros para coger una calle, empezaban a contar.

"No sabíamos lo que había debajo, pisábamos bordillos y muñecos de nieve", porque la gente construía enormes bolas blancas en medio de la carretera, algo que, reconoce, "nos estropeó un poco el trabajo".

David evoca sus primeras asistencias en la noche del sábado al domingo. Les dieron una lista con doce personas y doce teléfonos. Necesitaban diálisis y no podía esperar. Ellos llamaron una y otra vez, de madrugada, hasta que los enfermos cogían el teléfono, sorprendidos al escuchar que alguien iba a ir a por ellos.

"Una paciente se quedó dormida vestida esperándonos", relata este cabo primero, a quien se le quedaron grabadas las sonrisas de algunos pacientes cuando les veían llegar y el asombro de otros al darse cuenta de que se iban a montar en un vehículo militar.

De sus casas, al Hospital 12 de Octubre, donde los sanitarios les esperaban, dice David en términos taurinos, "a puerta gayola" para recibir a sus pacientes.

La cabo Sofía Fernández López también iba en esas ambulancias. Estaba de permiso, pero no dudó (porque, dice su jefa Yolanda, "es cabezona como ella sola") en volver el día 12 desde Asturias para subirse a una. Este jueves, delante de la ministra de Defensa, Margarita Robles, no ha podido evitar las lágrimas al recordar a esa niña cuyo traslado al hospital era cuestión de vida o muerte.

"En esa calle de Madrid había muchísima nieve, ahí no había entrado nadie", revive junto a la cara de preocupación de los médicos al ver a la niña. "Había que salir como fuera. Y salimos".

Menos suerte tuvo la soldado Tania Domínguez Leal. Habían recibido un aviso de una parada cardiorrespiratoria. "Sacamos a la mujer del coche y empezamos a realizar la maniobra", un ejercicio que solo habían hecho en muñecos y que en el que persistieron más de media hora sin éxito. "Hicimos lo que pudimos hacer".

Los militares de la Brigada de Sanidad también llevaron a parturientas aunque, en el caso de la cabo Ana Martínez Primo, cuando llegaron el bebé ya había nacido. Fue en una casa muy humilde de Madrid, donde "no había calor", con mínimas de casi 16 grados bajo cero en algunos puntos de la región.

Ana se encontró con un bebé aún con el cordón umbilical, llorando. "Gracias a Dios estaba llorando", apunta. Lo cogió y lo envolvió en una manta para que cogiera calor. "Cuando nos vieron fue como ver a Dios", recuerda sobre la familia que no tenía medios ni para arropar a su bebé. "Lo bajé en brazos desde un quinto, tuvimos miedo".

En total, 82 sanitarios militares y 12 ambulancias y todoterrenos participaron diez días, 24 horas, en las asistencias y traslados urgentes de Filomena. Echando la vista atrás su jefe solo echa en falta una cifra: "Hay un dato que no hemos recogido y que nos llena de satisfacción, y es: ¿cuántas vidas hemos salvado?".

María Traspaderne