EFEMadrid

El barrio (o pueblo) de El Pardo y su colonia de Mingorrubio se preparan este miércoles para la reinhumación mañana de Franco con la inquietud como sentimiento protagonista más allá de ideologías y el temor de que rompa el día a día pausado de los vecinos.

El cementerio que a partir de mañana acogerá los restos del dictador experimenta estos días un trajín poco típico de este enclave del norte de Madrid, un oasis alejado unos 15 kilómetros de la capital y rodeado de monte.

El pequeño camposanto donde descansan los restos de la mujer de Franco, Carmen Polo, y de otros exmandatarios del régimen está ahora cerrado a curiosos, escoltado por policías y solo los familiares de los allí enterrados pueden pasar.

Enfrente de la entrada y aparcadas en el barro al otro lado de la carretera (que desemboca, poco después del cementerio, en una puerta infranqueable que da paso a los terrenos de Patrimonio Nacional) furgonetas de televisión se preparan ya para retransmitir el acontecimiento e incluso se ha instalado una carpa elevada desde donde las cámaras tendrán mejor tiro.

Del cementerio parten los autobuses que unen Mingorrubio con el pueblo de El Pardo, a un kilómetro, y con Madrid, la única conexión con la gran ciudad de este barrio con ritmo de pueblo de 3.375 habitantes según los últimos datos del INE.

Como cada día, los conductores de la EMT esperan su turno para "bajar" a Madrid en el autobús y comentan que sí se ha notado más afluencia de curiosos. "Voy a donde van a llevar a Franco", les preguntan al subirse en Moncloa.

Pero, aclaran, son jubilados ociosos sin otras intenciones, como una pareja que se acerca andando al camposanto algo recelosos con tanto periodista. "Solemos venir a caminar por aquí y hoy hemos alargado para cotillear un poco", reconocen.

¿Tener a Franco en su pueblo? Dicen los vecinos que no sienta bien: "Aún no conozco a nadie que le guste la idea", afirma a Efe un residente en la colonia, construida en los años 50 y 60 del siglo pasado para alojar a los empleados más de confianza del dictador, hoy mayores que solo representan un 40 por ciento de sus habitantes.

"Hay inquietud por perder la tranquilidad. Es cierto que hay gente en la colonia que trabajó con él, pero son octogenarios y no quieren que se rompa esa tranquilidad". Lo dice a Efe Paula, nombre ficticio de una vecina que lleva más de una década en Mingorrubio habitando una de sus alrededor de 360 casas adosadas, pobladas hoy por numerosas familias jóvenes de la capital.

Una sensación que resume un forastero en un bar: "Mañana salís en la tele, aunque no queráis". Es un repartidor que entrega a la camarera los manteles limpios y sigue su ronda, dejando risas algo incómodas a su paso.

La historia social de este barrio la cuenta a Efe Marta Muñoz Gutiérrez. Está acabando una tesis doctoral de antropología urbana sobre este particular enclave donde Franco residió protegido por su gente en las paredes del Palacio de El Pardo, hoy alojamiento temporal para jefes de Estado extranjeros.

"Franco diseña las casitas para lo que se conocía como la 'guardia mora', la gente más de su confianza tanto en el ámbito doméstico como de seguridad. Su primer entorno", dice Marta.

A sus casas de dos pisos, de calidad humilde "del tipo vivienda de protección oficial", se mudaron esas familias venidas de todos los rincones de España. Al principio no tenían ni agua y de hecho las mujeres llegaron a protagonizar una "cacerolada" pidiendo alcantarillas que les costó el arresto a sus maridos.

Hoy viven unas 800 personas, mezcla de esos primeros habitantes y los que a partir de los años 90 pudieron comprarlas o alquilarlas. Jóvenes muy activos a nivel asociativo (que incluso recuperaron las fiestas que se dejaron de celebrar por San Juan) y mayores que conviven rodeados de naturaleza y sin ganas de líos.

Para Marta, hay tres perfiles: a los que les da igual, los que lo viven de una forma natural porque fueron de la guardia de Franco y los que tienen miedo de que se trastoque la tranquilidad. Aunque este último sentir parece el mayoritario.

"Quien quiera rendirle homenaje, que lo haga desde su casa y nos deje tranquilos", dice Patricia, vecina de 36 años que acaba de cumplir dos en El Pardo.

Sergio, de 41 y con más de dos décadas de vecindad, va más allá: "Me parece una absoluta pérdida de tiempo y gasto innecesario. Por desgracia, casi 85 años después sigue habiendo ese sentimiento absurdo de azules y rojos que es tan difícil de erradicar. Esto no ayuda en nada a pasar página de una vez".

"No me importa dónde está enterrado, pero tampoco quiero veneración a una persona que ha causado tanto dolor", opina Marina (nombre ficticio), una representante más de esa nueva generación que hoy habita El Pardo. Ella nació, incide, justo el año en que se aprobó la Constitución.

María Traspaderne