EFEUkhia (Bangladesh)

La proximidad y el vínculo cultural convirtieron a Bangladesh durante décadas en la principal esponja de refugiados de la minoría musulmana rohinyá, pero los campos de refugiados en que hoy se reparten en ese país no hacen más que reforzar la idea de viajar al Dorado malasio.

La Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados de Naciones Unidas (ACNUR) asegura que es "complicado" que las trágicas historias de familiares desaparecidos o muertos en campos clandestinos que llegan desde los países vecinos "disuadan a la gente de tomar barcos".

"A menos que las causas del problema sean abordadas y se encuentre una solución duradera", declaró hoy a Efe la portavoz de ACNUR, Onchita Shadman.

El tacón de aguja geográfico en que termina el distrito costero suroriental de Cox's Bazar, que comparte frontera fluvial y montañosa con Birmania, alberga campos de refugiados a los que no se puede llegar sin permiso.

Se dividen en dos grandes núcleos registrados bajo control de ACNUR, dos no registrados y además pequeños asentamientos.

Entre 200.000 y 500.000 rohinyás residen en suelo bangladesí, pero solo unos 33.000 tienen estatus de refugiado.

Bajo supervisión de ACNUR, a los rohinyás registrados se les permite una reducida libertad de movimientos y pueden acogerse a una red institucionalizada de ayuda de organizaciones no gubernamentales y agencias de cooperación.

El resto vive en su mayoría hacinado en emplazamientos de habitáculos de adobe o cañas, sin electricidad ni agua corriente, con albañales pestilentes.

La escasa acción humanitaria internacional, destinada básicamente a ofrecer asistencia médica básica y evitar la desnutrición, ha operado a menudo sin autorización y su continuidad ha estado amenazada en diferentes momentos de tensión con las autoridades.

"Los rohinyás indocumentados no tienen acceso a educación, refugio y empleo, su presencia ha sido tolerada en cierto grado por la comunidad local durante muchos años, sin embargo, también hay una sección de la comunidad que ha explotado a este grupo vulnerable", explicó Shadman.

Cargando sobre las espaldas el estigma de la persecución en Birmania, donde son considerados apátridas, su alegalidad en Bangladesh cierra cualquier puerta a un futuro mejor y no les disuade de convertirse en pasto del tráfico de inmigrantes que reventó en forma de crisis humanitaria en las últimas semanas.

En ese periodo, más de 3.000 inmigrantes han desembarcado en Indonesia, Malasia y Tailandia y cientos han perecido en los campos clandestinos en la jungla de la frontera malasio-tailandesa, muchos embaucados por traficantes de personas, mientras que los rohinyás huyen de la persecución y hasta la "limpieza étnica", según Human Rights Watch.

"Cuando era pequeño teníamos que estudiar con sábanas sobre la cabeza para que no nos vieran. A las autoridades les preocupaba que los refugiados nos alfabetizásemos e hiciéramos solicitudes de asilo u otras peticiones a la comunidad internacional", explicó a Efe un refugiado activista en Bangladesh que se identifica como Nobid.

Pero incluso los que hoy pueden acceder a educación básica tienen complicado continuar estudios superiores en Bangladesh o en el extranjero, pues el proceso de concesiones de asilo está paralizado, de ahí que "la desmoralización" lleve a muchos a no ver otro plan que sumarse al éxodo a Malasia.

El Dorado malasio, perseguido por mar por los rohinyás desde comienzos de la década de 2000, ha persuadido paulatinamente a bangladesíes de clases bajas, que hoy componen la misma proporción que rohinyás en los barcos hacia el Sudeste Asiático.

El año pasado el Gobierno de Bangladesh presentó una estrategia para llevar a cabo un censo de la población rohinyá indocumentada.

El proceso será tutelado por la Organización Internacional para las Migraciones, pero se desconoce la intención real de Dacca.

"ACNUR aboga por que se emita algún tipo de documentación a los rohinyás no registrados y que tras ese censo obtengan permiso temporal de permanencia", dice la portavoz Shadman.

Otros temen un escenario peor, como un intento de repatriación a Birmania, algo que sucedió años atrás, cuando decenas de miles regresaron como apátridas a un entorno de tensión política y conflicto que llevó a muchos a volver de nuevo a Bangladesh.

Entretanto, su presencia en suelo bangladesí será objeto aún de alguna vuelta de tuerca más: la próxima medida, ya anunciada por Dacca, apunta a una relocalización a una isla en el sur, Hatiya, lejos de la atracción turística de Cox's Bazar y de la frontera birmana.

"Es un sitio vulnerable a ciclones, muy poco práctico, donde la lengua, el ambiente es distinto. Es como si los llevaran a Australia", critica un cooperante bajo anonimato.

Igor G. Barbero