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Hay tiempo para el relax, para las sonrisas, para los reencuentros, y muchos espacios para ello en la cumbre del clima de Madrid; no todo son mercados de carbono y sesudas negociaciones sobre los derechos y el comercio de emisiones.

Contrasta el hermetismo de los lugares que ocupan en la COP25 las delegaciones oficiales -el tamaño de la sala también delata el peso de cada país en la negociación- con los pabellones que muchos países han montado en el recinto ferial, que bien podrían llevar a una feria de turismo.

En la Conferencia se suceden, prácticamente de forma simultánea, sesiones plenarias, conferencias, mesas redondas, ruedas de prensa y decenas de reuniones para avanzar en la negociación; rostros serios, documentos, informes; está en juego la negociación climática internacional, una de las más sofisticadas y complejas.

Pero el mismo delegado que sale de una de esas reuniones acude a refugiarse y a relajarse en el pabellón de la India, para dejarse envolver por un ambiente de espiritualidad y relax, por el aroma del incienso, por una atmósfera diferente que este país ha creado para conmemorar los 150 años del nacimiento de Mahatma Gandhi.

Todo en Madrid parece girar en torno al polémico artículo 6 del Acuerdo de París, el que regula los mercados de carbono y principal escollo pendiente en la agenda climática, pero la falta de consenso en ese aspecto no impide la entrada en vigor el próximo año del Acuerdo, y las partes ya han aplazado en dos ocasiones un acuerdo porque prefieren el "no acuerdo" al "mal acuerdo".

Ese complejo mercado de carbono es el que regula el comercio de emisiones y las reglas de juego que permiten en un lugar del mundo a un país o a una empresa comprar derechos o créditos de carbono en otro lugar y compensar así el exceso de emisiones en el propio país.

De cómo regular esos mercados se habla, se discute, se pregunta en la cumbre, pero en las zonas de ocio los pabellones de los organismos internacionales con más predicamento en materia de cambio climático (como el del Panel Intergubernamental de expertos que asesora a la ONU, el IPCC) son esquivados.

Los delegados prefieren "acercarse" a Tailandia, a Indonesia, a la India o al que ha montado la Alianza de los Pequeños (y paradisíacos) Estados Insulares, o incluso en el "chill out" de la ONU, en los que las músicas orientales parecen ayudar a bajar las pulsaciones de una negociación que va a ser, como siempre, tan prolongada y tan compleja.

Para ellos, para las cerca de 29.000 personas acreditadas, es una cumbre especialmente confortable, porque las instalaciones que ocupa la conferencia en el recinto ferial de Madrid están habituadas a acoger entradas de gente muy superiores cuando se celebran algunas de las citas más populares, como la feria de turismo o la de Arte Contemporáneo.

Es una cumbre sin plásticos; ni una botella, ni un vaso, ni un plato, ni un cubierto; de regalo, nada más cruzar la puerta, una botella de cristal y decenas de fuentes de agua repartidas por el recinto invitando a los asistentes a rellenarla.

La cumbre quiere dar ejemplo de eficiencia y de sostenibilidad y todos los bares y restaurantes de la institución ferial han secundado la idea; y la flota principal de vehículos, en su mayoría cedidos por empresas en régimen de patrocinio, son "cero emisiones"; baterías de papeleras de cartón, para envases, para vidrio, para papel, para orgánico y para "otros"; y nunca rebosan.

Es el contraste entre el hermetismo y la complejidad de las negociaciones climáticas y el de las zonas de ocio y esparcimiento, donde todo el mundo encuentra sitio para trabajar con el portátil o para cargar el móvil.

Espacios, ahora territorio "ONU", para comprobar que todo es relativo, también los precios, a la vista de la diferente cara que ponen, cuando pagan un café, los delegados de Noruega o los de Gabón.

"¡Action, action, action!", parece gritar el pabellón de Japón; Kioto, Tokio, Osaka o Yokohama claman que serán neutras en carbono en 2050; pero lo hacen en la zona de ocio, y ahí triunfa el incienso.

Raúl Casado