EFEBiarritz (Francia)

El empleo de líder de una democracia occidental se ha sumado a la larga lista de oficios precarios de nuestros días: así lo evidencia la inestabilidad en sus cargos de la mayoría de participantes en la cumbre del G7 que se abre hoy en Biarritz.

Si el presidente francés, Emmanuel Macron, hubiese decidido colocar la reunión más tarde este año, quizá buena parte del plantel que desfilará por el País Vasco francés podría haber desaparecido de la foto oficial.

De las siete potencias que componen el grupo de viejos países más desarrollados, solo Francia, con Macron, y Japón, con Shinzo Abe, parecen tener una relativa estabilidad y cuentan con seguir al frente de sus países al menos dos años más.

La continuidad del resto cuelga de un hilo: algunos están pendientes de que se resuelvan crisis políticas, como son los casos del italiano Giuseppe Conte o el británico Boris Johnson, y otros ven las elecciones en un horizonte más o menos cercano, como el canadiense Justin Trudeau o el estadounidense Donald Trump.

Conte presentó su dimisión esta semana y ya ejerce en funciones, a expensas de que el Movimiento 5 Estrellas y el Partido Democrático alcancen un acuerdo que podría suponer su continuidad y evitar por el momento las elecciones.

También se halla en posición delicada Johnson, que se juega de aquí al 31 de octubre, no solo la salida del Reino Unido de la Unión Europea, sino también su propio puesto, que no está garantizado por la precaria mayoría parlamentaria con la que cuenta.

Trudeau, en momentos bajos de popularidad, se enfrenta al refrendo de las urnas en octubre, y un año después será el turno de Trump, que en breve convertirá el final de su mandato en la tradicional (y eterna) campaña electoral.

El caso de la canciller alemana, Angela Merkel, es particular, ya que aunque todavía debe seguir hasta las elecciones de 2021 al frente de su país, el anuncio de su próxima retirada y las dudas sobre su salud la colocan en una posición debilitada.

En estas condiciones, parece difícil avistar decisiones de gran calado en Biarritz, más aún vista la fragmentación que divide a un grupo otrora mucho más homogéneo.

La provisionalidad en el G7 se extiende a otros líderes que también estarán en Biarritz, pero que no dirigen ninguno de esos siete países.

El polaco Donald Tusk llevará la voz de la UE como presidente del Consejo Europeo aún a sabiendas de que el belga Charles Michel lo reemplazará a partir del 1 de diciembre.

Idéntica situación a la del presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, que ni siquiera asistirá a la cumbre tras haber sido operado esta misma semana, y que, de todos modos, cederá su puesto a la alemana Ursula von der Leyen el 1 de noviembre.

Tampoco entre los invitados a la kermés pintan mejor las cosas: el español Pedro Sánchez sigue en funciones desde la celebración de las elecciones del pasado abril, sin que hasta el momento haya conseguido una mayoría suficiente para formar gobierno.

La inestabilidad política en los miembros del G7 (EE.UU., Alemania, Japón, Canadá, Italia, Reino Unido y Francia) y sus satélites dice mucho sobre el estado de salud de las grandes democracias occidentales, sobre todo si se contrapone a los liderazgos que reúne el otro gran foro de estas características, el G20.

En ese otro grupo, creado en 2008 por los efectos de la crisis económica, jefes de Estado como el ruso Vladímir Putin, el turco Recep Tayyip Erdogan, el chino Xi Jinping o el indonesio Joko Widodo llevan años instalados en el puente de mando y no se vislumbra que vayan a abandonarlo en el corto plazo.

Enrique Rubio