PracticoDeporteRedacción

Israel Molina

Se agotaron las palabras hace muchos años, pero es que uno ya no sabe cómo explicar algo así. Contar historia del deporte no es sencillo y plasmar en papel la leyenda que ha forjado Rafa Nadal en Roland Garros es casi imposible. Abran bien los ojos y recuerden algunos datos: Nadal acaba de sumar su decimotercer título en París y su vigésimo Grand Slam, igualando el récord de Roger Federer.

Con los ojos abiertos como platos hemos estado durante las poco más de dos horas que ha durado su final ante Novak Djokovic. Tal ha sido su desempeño en el partido que, por momentos, ni siquiera parecía que en juego había tanta historia por delante. De entrada, este triunfo, cosas del destino, es el número 100 de Nadal en Roland Garros, una cifra redonda que nos deja sin excusas a la hora de abrir el debate definitivamente. ¿Ya es el más grande de todos los tiempos?

¿El mejor de la historia?

Equilibrado en el número de 20 Grand Slams con Roger Federer, toca meter en la balanza otros éxitos, a la espera de que ambos cierren sus carreras. Mientras eso llega, es momento de disfrutar de su decimotercer título en Roland Garros, un hito sin precedentes y algo que difícilmente podremos volver a ver en vida. Y la aplastante victoria de este año (6-0, 6-2 y 7-5) deja manifiestamente claro que queda mucho Rafa Nadal por delante. Es un mito viviente.

Además, ha retumbado con fuerza su mensaje sobre un Novak Djokovic que se plantaba en esta final creyendo más que nunca en sus opciones y que sale trastabillado con la paliza recibida. Apenas había perdido un partido en todo 2020 y fue aquella descalificación en el US Open ante Carreño, pero esto es un golpe en la sien. Un palo descomunal para el tercero en discordia, que buscaba su segundo Roland Garros y su décimooctavo Grand Slam que lo pudiera meter del todo en la guerra por ser el mejor de siempre.

Y de París sale aniquilado por su rival, ese al que trituró en la final de Australia 2019 y que ha devuelto el zarpazo, multiplicado por diez, y dos años después.

Con doce coronas sobresaliendo en su lado de la pista, Nadal entró en la final con cierto favoritismo, pero la sensación que flotaba en al ambiente era de un Novak Djokovic con más opciones que nunca. El torneo se ha jugado en otoño, con más frío, con bolas que se adaptaban mejor al tenis del de Belgrado y, para más inri, con una Philippe Chatrier cerrada ante la amenaza de lluvia. Todo eso parecía favorecer a Djokovic, una sensación que se evaporó al minuto de empezar la final.

Una final perfecta

Nadal fue Nadal desde el primer segundo y le mandó el primer mensaje a Djokovic en ese juego inicial. Convertido en un frontón, el serbio pronto entendió que ninguno de sus partidos anteriores se iban a parecer ni un mínimo a este. Desde ese momento lo intentó todo, dejadas, tiros imposibles, bolas al fondo de la pista... Nadal. Fue imposible ante un Nadal más imperial que nunca, que cierra el torneo sin ceder un solo set.

El manacorí, número dos del mundo, terminaba el partido con 14 errores no forzados -por los 52 de su rival-, una cifra surrealista teniendo en cuenta que, por contra, cerraba el partido con un saque directo, su trigésimo primer golpe ganador. Números que explican a la perfección lo que había pasado en la pista.

Y eso que pataleó el serbio en el tercer set. Encontró sus mejores sensaciones en esos instantes finales, pero nunca encontró las dudas que buscó en su rival. Nadal aceptó la situación como algo propio de una final contra el número uno del mundo y siguió adelante con su plan de juego habitual, devolver todas y cada una de las bolas y atacar a la mínima opción. Estuvo impecable tanto con su 'drive' como con su revés. 

Triunfo histórico

No hubo redención para Novak Djokovic, que acabó entregado y vapuleado por un marciano, un extraterrestre que ha convertido la excelencia en rutina, que ha hecho de la victoria su forma de ser y que ha elevado al deporte español a una categoría inexplorada por nuestro deporte. Hubo otros antes que él, pero ninguno llegó a esta dimensión.

El mundo entero está asombrado ante un jugador que se ha adaptado a todo tipo de situaciones, que ha reconvertido su tenis para seguir ganando, para seguir coleccionando Copas de los Mosqueteros, ese precioso trofeo que hoy mordió por decimotercera vez en su carrera. Y alguna más que vendrá.

Nadal ya es más que una leyenda, es un mito viviente y París es segunda casa.

Practicodeporte@efe.com