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Una enseñanza más individualizada y adaptada justifica que estudiantes de escuelas rurales logren superar a los de ciudad como ocurre en países como el Reino Unido, Bélgica y Estados Unidos, y que también se detecta en España pero únicamente si es en igualdad de condiciones socioeconómicas.

"Nuestras clases son muy reducidas y con un trabajo mucho más individualizado", señala a Efe la directora del Centro de Educación Obligatoria La Sierra de Prádena (Segovia), Paloma Sancho, quien asegura que hay "un trato mucho más directo" y, en caso de que los alumnos tengan dificultades se les hace "un mayor seguimiento".

En el reciente estudio "PISA in Focus" titulado "¿Asistir a una escuela rural marca cómo y qué aprendes", la OCDE recuerda que el informe internacional PISA 2015 fija que los alumnos de escuelas rurales obtienen hasta 31 puntos menos en Ciencias en comparación con las urbanos, diferencia que equivale a un curso, pero que se trata de un desequilibrio que desaparecería en el conjunto de países en igualdad de condiciones.

Bélgica, Reino Unido y Estados Unidos son los únicos países en los que se obtuvo una mejor puntuación en el medio rural sin tener en cuenta las condiciones socioeconómicas.

España pertenecería a un tercer grupo, según la OCDE, entre los que se encuentran Estonia, Finlandia o Lituania, y en el que "solo" los estudiantes rurales con un nivel adquisitivo similar superarían a los urbanos.

Sancho especifica que en una clase de 30 alumnos es complicado, por ejemplo, seguir el cuaderno que escribe cada alumnos pero ella, con ocho estudiantes se da una vuelta por clase y le basta para ver quién está perdido.

En su centro de Prádena (forma parte del Colegio Rural Agrupado junto al centro de Navafría, con 23 alumnos en dos aulas, y el de Pedraza, con cuatro) hay estudiantes en todos los niveles, pero no están por cursos, sino que agrupan, por ejemplo, a los de segundo y tercero de Primaria.

En cuanto a Secundaria, cada uno de los cuatro cursos tiene su aula y suman 45 estudiantes, con entre nueve y trece alumnos por clase.

"Imagino que sobre recursos tenemos las mismas dificultades que en la ciudad", continúa Sancho, que no obstante reconoce las ventajas en cuanto al entorno: "si estamos dando los hábitats podemos salir y ver en vivo cuáles son pues los tenemos a dos metros".

En concreto, en Prádena disfrutan de "un acebal precioso y una sierra inmensa, periodo de setas, de árboles, flora y fauna".

En cuanto a los deberes, afirma que "los alumnos suelen llevar de tarea para casa poquita cosa".

Algo similar pasa en el centro Valle de Riaza de Milagros (Burgos), comenta a Efe su director, Pedro León García, ya que los alumnos van autorregulándose el tiempo para los trabajos.

"Los beneficios de la escuela rural están claros", según León, pues se atiende a cada alumno y "a uno se le puede dar más contenido y con otro ir más despacio", aclara.

En este colegio rural tienen entre diez y doce alumnos por aula, también juntando dos cursos de Primaria por clase y no trabajan con libros; su metodología consiste en programas que establecen actividades para cada quince días, especifica.

Por otro lado, el informe de la OCDE advierte de que el perfil socioeconómico no es el único factor determinante en los países sobre las posibles diferencias entre este alumnado y el urbano, ya que la distancia geográfica, la falta de modelos profesionales y oportunidades de empleo cualificado también juegan su papel.

En los pueblos, es más limitado elegir escuela, el acceso a guarderías y las actividades extracurriculares.

Por todo ello quizá solo el 30 % de los estudiantes de localidades con menos de 3.000 personas espera estudiar en la Universidad.

Datos que también puede haber tenido en cuenta la ministra de Educación, Isabel Celaá, para que en su proyecto de reforma educativa insista en que las administraciones deben proporcionar los medios para atender a las necesidades de los jóvenes de las zonas rurales. Se busca así favorecer la permanencia en el sistema educativo de estos alumnos más allá de la educación básica.

Ana Sánchez y Alberto Domingo