EFEZaragoza

La cuarentena ha llegado también a programas como "Adopta un abuelo", que ofrece 25.000 horas de compañía a personas mayores en residencias, con lo que las conversaciones presenciales se han convertido en videollamadas que alegran el confinamiento a los ancianos, pero también a los jóvenes.

"Cada vez que la llamo luego estoy contenta todo el día", expresa a Efe Andrea, quien el pasado noviembre protagonizó ya un reportaje sobre este programa junto a sus dos abuelas adoptivas, Feli y Pilar.

Estudiante de Derecho y ADE, de 20 años y natural de Barbastro (Huesca), donde está pasando el confinamiento, que le ha coincidido también con una operación de rodilla, ha tenido la oportunidad de mantener dos videollamadas con Feli, una de sus dos abuelas adoptivas.

Ya antes de la declaración del estado de alarma, a primeros de marzo, la residencia Orpea de Zaragoza decidió suspender las visitas como medida de seguridad, por lo que se pusieron en contacto con los voluntarios como Andrea, a quienes les recalcaron la importancia de mantener el contacto con sus 'abuelos', ya que muchos de ellos no tienen familiares para entablar una charla.

No es el caso de Feli, sin embargo, que sí que ha podido hablar con sus hijos y nietos, pero que también ha podido mantener dos conversaciones más reducidas de lo habitual con su nieta adoptiva y está a la espera de que las obligaciones universitarias de Andrea permitan una tercera.

La joven barbastrense ha podido cerciorarse de que tanto Feli como Pilar no han sido afectadas por el coronavirus, están "muy bien", aunque "con muchas ganas de salir a la calle", ya que por seguridad pasan la mayor parte del día en su habitación, con actividades y cualquier interacción social suspendida para evitar contagios.

Sí que les facilita la residencia andar por los pasillos porque necesitan ejercitar las piernas, pero evidentemente no es lo mismo un pasillo que la calle, lamenta.

"Las quiero mucho", insiste Andrea, quien no puede ocultar el cariño que les tiene a sus abuelas y cuánto las ha echado de menos y, aunque una videoconferencia "no es lo mismo" que el contacto real, sabe que están bien y eso para ella ya es "una alegría".

Le hace feliz escuchar su voz, que le diga 'te quiero mucho', relata recordando el carácter sensible y cariñoso de Feli. Cuenta que incluso aprovechó la conexión para presentarle a su madre, ante la que, como cabía esperar, puso a Andrea "por las nubes".

Asegura que su abuela adoptiva lleva bien el confinamiento, obviamente preocupada por que su familia esté bien, que no se contagien y también por que pronto pueda volver a salir a la calle, a la normalidad.

"Obviamente, todo se va a solucionar, pero tardará y cambiará el punto de vista de todos", apunta Andrea, que no sabe cuándo se podrán retomar las visitas presenciales, aunque espera que ese momento llegue "cuanto antes".

Cuando llegue ese momento, lo primero que va a hacer es dar "un abrazo muy fuerte, muy fuerte" a sus abuelas. Y, en el caso de que todavía no esté permitido tanto contacto físico, lo espera simplemente por el hecho de sentarse en la silla de su habitación, que le coja la mano y le pregunte por la universidad.

Concuerda todo ello con lo que transmitió a EFE meses atrás, cuando confesó que con lo primero que se quedaba del programa "Adopta a un abuelo" era con la felicidad que sentía después de cada visita.

Ahora, subraya, siente su cariño, pero "no es mismo", necesita el tacto: "muchas veces no se valora un abrazo o un beso, pero es lo que más se necesita", recalca.

Mientras tanto, Andrea permanece en su domicilio de Barbastro, trata de ver el lado positivo y procura aprovechar el tiempo para hacer cosas que antes no hacía, como dibujar, que ha descubierto que se le da bien.

Los mandalas y también la lectura ocupan las horas que le quedan libres después de cumplir con la programación que le exige la universidad.

Además de estas videollamadas, "Adopta un abuelo" prestó más de 72.000 minutos de compañía telefónica solo durante las dos primeras semanas del estado de alarma en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid y diversas empresas colaboradoras, a lo que se sumaron también mayores de otras provincias españolas.

Pablo Sebastián Segura