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"No es hora de estar cogiendo un arma, es hora de estar cogiendo un cuaderno y un lápiz para estudiar y prepararnos para ser el futuro del país". Este es el mensaje que Catalina, una niña soldado de las FARC, lanza a los menores que todavía están en las filas de la guerrilla colombiana.

Catalina, junto con Manuel -nombres ficticios de dos jóvenes de 19 años-, son los protagonistas del documental "Alto el fuego", en el que cuentan en primera persona los momentos más duros que vivieron en la selva con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y cómo lograron huir de la violencia y cambiar las armas por el estudio.

Una transformación que ha sido posible gracias al programa "Construyendo sueños" de Ciudad San Bosco-Medellín, la institución de Misiones Salesianas que lleva más de 15 años ocupándose de la acogida, la ayuda, la educación y el acompañamiento a menores desvinculados de la guerrilla.

Con motivo de la conmemoración el próximo domingo del Día Internacional contra la Utilización de Niños Soldados, ambos, junto a responsables de esta institución, han estado en Madrid dentro de la gira que realizan por Europa para ofrecer su testimonio sobre la necesidad de una paz definitiva, tras los acuerdos entre el Gobierno y las FARC que abre la esperanza a un futuro sin violencia.

Colombia es el único país de América que aún tiene niños soldados y, aunque no existe un censo oficial, se calcula que entre 8.000 y 13.000 menores han formado parte de los grupos armados en el país en los últimos años.

Seducidos por las armas, por el poder que piensan que otorga un uniforme, porque huyen de un hogar familiar desestructurado y/o violento o porque son reclutados a la fuerza, los menores que entran a formar parte de los grupos armados se convierten en víctimas.

"Entré por curiosidad y por saber que era eso", ha explicado Manuel, quien comenta en el documental que "le pierdes el miedo a algo tan simple pero tan grande como es quitarle la vida a otra persona".

Y aunque "matar se convierte en algo normal", el día que los propios guerrilleros asesinaron a su hermano decidió dejar esa vida.

Llegó a Ciudad Don Bosco-Medellín "casi analfabeto" y allí se hizo persona, aprendió a leer y escribir y se graduó en metalmecánica. Ahora tiene un trabajo.

Al igual que Manuel, Catalina forma parte de los más de 2.300 menores que han realizado con éxito un proceso de reconstrucción personal en esta institución, que trabaja en colaboración con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

Con apenas 13 años se unió a la guerrilla y permaneció en la selva durante tres años. Sus motivos?. Un padrastro que la maltrataba de forma continua y que también intentó abusar de ella.

Los chavales llegan al centro "pobres total de cariño" y con una "férrea disciplina militar" a sus espaldas que les lleva a pedir el castigo cuando han cometido algún error. "Este es uno de los momentos más dolorosos porque no nos encontramos con seres humanos libres, sino con seres humanos encadenados", ha señalado Rafael Bejarano, director de Ciudad Don Bosco-Medellín.

Hoy, con 19 años, Cataliña mira al futuro y "me veo siendo una enfermera profesional. Y más adelante, abogada de los derechos de los niños y una embajadora de la paz".

Una paz que también anhela Manuel. "Me miro siendo una persona libre, tomando mis propias decisiones en un país en el que uno pueda caminar o disfrutar de muchas cosas sin pensar más en violencia".

La construcción del "post-conflicto" es el reto que tienen ahora por delante los colombianos, después de que en el referéndum al que se sometió el acuerdo de paz con las FARC ganara el "No".

A pesar del resultado de la consulta, tanto Catalina como Manuel se muestran convencidos de que la paz será posible gracias al perdón de la sociedad colombiana.

"¿Por qué no vamos a perdonar sabiendo que en esta vida si no perdonas siempre te van a quedar cicatrices?". Es la pregunta de Catalina que queda en el aire.

Teresa Díaz