EFEMadrid

Cocinero, taxista, psicólogo... Muchas son las tareas que Enrique Álvarez, párroco de Turón (Asturias) asume desde el pasado 14 de marzo para ayudar a sus vecinos, en su mayoría ancianos y muchos de ellos solos, a los que visita diariamente: "Tras escucharlos, queda uno para el arrastre, su vida me afecta".

Enrique es el cura de este valle de la cuenca minera asturiana con cuatro parroquias y cerca de 2.000 habitantes, la mayor parte de ellos personas mayores que viven solos y tienen a los hijos lejos, un colectivo muy vulnerable al que este sacerdote de 39 años atiende y cuida a diario.

Tiene una lista de 30 personas a las que llama cada día o les visita para llevarles la compra, comida, etc.

"Cuando llego a casa o cuando termino de escuchar las conversaciones telefónicas, queda uno para el arrastre. Su vida me afecta", explica Enrique a Efe.

"Muchos tienen fantasmas del pasado, muchos no saben cómo será después la vida. Otros recuerdan la guerra y hay situaciones de soledad, especialmente de soledad con enfermedad. Hay gente que tiene problemas familiares y, con el confinamiento, la convivencia se convierte en una olla exprés", detalla.

Su papel lo tiene claro: "Yo trato de darles vida, esperanza, alegría, les cuento un chiste, les doy ánimo... Les pongo pequeñas metas que les dan esperanza".

Para esta tarea, Enrique se ha reciclado en cocinero, taxista o chico de los recados.

Cocina a diario para siete personas que están en situación de máxima vulnerabilidad, bien por enfermedad o por una cuestión económica. "Preparo una comida sencilla, con un plato y un postre que lo puedan congelar si sobra".

Acompaña al hospital a vecinos que necesitan quimioterapia, los lleva en su coche y ayuda a quien lo necesite en distintas gestiones, desde ir al banco a subir una bombona de butano hasta su casa.

"Algunos vecinos nos dejan la lista de la compra en la ventana o la puerta de su casa y nosotros se la llevamos", explica.

La recompensa: su cariño. "El otro día una señora mayor, de 90 años, me dijo que yo era para ella un verdadero padre. Yo, que tengo 39 años... Has sido más padre que mi padre, me dijo. Llegué a casa llorando. ¿Cómo puedo ser padre yo de una señora de 90 años? Porque he sido roca, bastión para que se sujete, para que no tenga miedo, para protegerla, es una experiencia muy bonita".

Otro ejemplo de labor de la Iglesia en esta crisis social y sanitaria la representa Gonzalo Martín, sacerdote de la parroquia Virgen del Carmen de Benalmádena (Málaga), que cuida a cerca de 200 familias vulnerables y gestiona las aportaciones que reciben de Cáritas.

Su trabajo viene de lejos. "Cuando salimos de la pasada crisis económica, nos planteamos que no podíamos continuar atendiendo a la gente en cosas puntuales, sino que teníamos que intentar darles la mejor ayuda y con la mayor dignidad posible", explica a Efe.

Después de un planteamiento serio y profundo sobre cómo concienciar a la comunidad cristiana de que 'todos somos Cáritas' y de que la ayuda no es para un momento puntual de crisis, sino que debe ser un compromiso continuo como cristianos, este párroco consiguió que muchas familias se comprometieran a ayudar y consiguió un número importante de socios mensuales, trimestrales o anuales.

"Esto nos ha permitido que, cuando ha llegado este momento crítico, estamos pudiendo atender con mucha dignidad a las familias que lo necesitan", asegura orgulloso.

Al comienzo del estado de alarma, llamaron a las familias que han acudido en alguna ocasión a su parroquia en busca de ayuda para preguntarles por su situación.

"Los vamos citando y, para evitar contagios los atiendo yo personalmente. Les pregunto por las necesidades reales que tienen e intentamos darles respuesta. Además, les servimos de desahogo, que es muy importante, aunque no podamos solucionar sus problemas", detalla.

Así, tras hablar con la familia y ver sus necesidades, les entregan una cantidad de dinero y ellos van al supermercado que quieren. "El compromiso que tienen es que nos deben traer el ticket para confirmar que se lo han gastado en comida. Hasta ahora no hemos tenido ningún problema".

En los dos primeros meses de confinamiento han acudido a esta parroquia de Benalmádena unas 30 nuevas familias, que se suman a las 150 que atendían de forma periódica hasta entonces.

Además, han fabricado 16.000 mascarillas en una red de costura y de repartidores en la que colaboran más de 100 personas, asesorados por sanitarios que les han orientado sobre qué materiales emplear.

Las han distribuido, con la ayuda de policías y bomberos, entre sanitarios, personal de residencias, familias con niños hospitalizados en oncología, etc.

A pesar de la crisis, Gonzalo está satisfecho con la respuesta de las familias, aunque es consciente de que "el problema no es hoy, sino mañana, cuando haya que pagar todos los atrasos y la gente, que lleva meses sin trabajar, no cuente con ahorros".

Marta Ostiz