EFELa Laguna (Tenerife)

Tradicionalmente se ha pensado que los aprendizajes de una vida no dejaban marcas en el ADN que se trasladaran de padres a hijos y nietos, pero en las últimas décadas han surgido estudios que indican que los traumas o miedos pueden tener impacto no sólo en quien los sufre, sino que pueden ser legados a las generaciones siguientes.

Son los cambios epigenéticos perceptibles en víctimas de abusos sexuales, guerras o supervivientes del holocausto, y los hallazgos en este campo pueden cambiar muchos planteamientos en la ciencia y específicamente en la medicina.

Sobre esta cuestión habla en una entrevista con EFE Inmaculada León, profesora titular de Psicología Cognitiva, Social y Organizacional y coordinadora, junto a María José Rodrigo, del grupo de Investigación en Neurociencia Afectiva y del Desarrollo en el Instituto Universitario de Neurociencia de la Universidad de La Laguna.

En la investigación animal la transmisión intergeneracional de algunos aprendizajes es ya un hecho probado: "Los hijos y nietos de ratones a los que se enseñó a temer a un olor mostraron al nacer ese mismo miedo. Ratas a las que se sometió a una fuerte restricción alimentaria desarrollaron trastornos metabólicos para el resto de sus vidas, que se evidenciaron luego en sus descendientes", detalla Inmaculada León, que precisa que también los estilos de vida antes de ser padres o madres parecen tener efecto en la descendencia.

En algunas poblaciones humanas los problemas de obesidad o diabetes, sin hábitos de vida o variantes genéticas que lo justifiquen, han encontrado su explicación en las hambrunas sufridas por sus padres o por sus abuelos.

"Estamos hablando de cambios epigenéticos y desde esta perspectiva se puede explicar cómo algunas experiencias vividas se pueden grabar en nuestro ADN, dejando sentir sus consecuencias a largo plazo incluso en las generaciones siguientes", añade.

Hasta ahora se creía que en el embrión se producía un "reseteo" de las metilaciones, con lo cual los cambios epigenéticos de una generación nunca se iban a traspasar a un nuevo individuo.

"Es por ello que ha costado tanto reconocer y poner en el foco el fenómeno de la transmisión intergeneracional -que aun no sabemos a cuántas generaciones puede alcanzar- y en cuya investigación trabajan muchos laboratorios. Las implicaciones de este mecanismo sitúan a la epigenética transgeneracional a la vanguardia de la investigación biológica", precisa.

La investigadora detalla que el mecanismo epigenético más estudiado es la metilación, que consiste en la adición de un grupo metilo (-CH3) a una de las bases que conforman los genes, la citosina y como resultado de esta modificación estructural, el gen no se expresa.

Estas metilaciones no se producen al azar, sino como resultado de la adaptación a las condiciones del medio, añade.

Al respecto, Inmaculada León explica que se ha comprobado que la falta de lametazos y cuidados maternales a ratoncitos recién nacidos sirve de señal para que se produzca la metilación de un gen comprometido en la regulación del estrés.

Se trata de una adaptación que le sirve para estar alerta y ser más precavido, lo que a falta de una madre protectora le hace "más capaz de cuidar de sí mismo" pero, en consecuencia, los ratoncitos se vuelven inseguros, ansiosos y menos capaces de salir de un laberinto, el equivalente de un test de inteligencia en un ser humano, añade la investigadora, que ha escrito sobre este asunto en la revista "Hipótesis XXI".

Una metilación similar opera en los niños maltratados, en las víctimas de abusos sexuales, traumatizados de guerra o en los supervivientes del holocausto nazi.

Acontecimientos como los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York, muy localizados temporalmente, están sirviendo para probar algunas hipótesis sobre los mecanismos epigenéticos en humanos al poder disponer de datos de madres embarazadas, antes y después del atentado, y de sus hijos y nietos al nacer.

Ana Santana