EFESeúl

Extranjeros residentes en Corea del Sur y vacunados fuera del país viven intranquilos estos días debido a que las autoridades locales no reconocen sus vacunas, algo que sí hacen con surcoreanos en idéntica situación y que subraya una segregación que viene repitiéndose en pandemia.

Jerome Chalansonnet, consultor francés que lleva nueve años en Corea del Sur, se vacunó, junto a su mujer Chae Jeong-min, en su país de origen el pasado verano.

Por entonces las vacunas escaseaban en la nación asiática y, al igual que muchos otros residentes extranjeros, Chalansonnet se pinchó durante las vacaciones sabedor de que en Europa el suministro era abundante.

Desde que retornó ha tratado infructuosamente de que Corea del Sur reconozca su certificado de vacunación francés.

"Sin embargo, a Jeong-min se lo reconocieron sin problema", explica a Efe.

A día de hoy muchos extranjeros (conocer el número exacto es imposible puesto que el Gobierno surcoreano no los contabiliza) se encuentran en esta situación en un país que no cuenta con ninguna ley contra la discriminación.

No les afectó en gran medida la inacción del Gobierno, que durante semanas argumentó que la única forma de certificar sus vacunaciones era hacerlo en origen a través de las embajadas surcoreanas, hasta que anunció que exigiría pasaportes de vacunación.

Así, de la noche a la mañana estas personas han tenido problemas para entrar en gimnasios, bares o restaurantes.

CAFÉ SOLO PARA LLEVAR

"Yo y otras dos compañeras sin pasaporte de vacunación fuimos a una cafetería y aunque nos dejaron pedir para llevar, no nos permitieron quedarnos", cuenta una investigadora española becada por el Gobierno surcoreano que pide anonimato y que empezó a vivir en el país en agosto tras vacunarse en Europa.

"Los que hemos venido en esta situación asumimos que iba a ser difícil viendo que la vacunación no nos las reconocían. Pero no anticipábamos que íbamos a llegar a este punto y que para entonces, en mi caso cuatro meses después de llegar a Corea, nada se habría solucionado aún", añade.

Puesto que solo se permite a aquellos sin pasaporte de vacunación acudir a restaurantes o cafés siempre que no vayan acompañados de otra persona en la misma situación, comer, cenar o tomar un café fuera de casa se ha convertido en una experiencia solitaria para muchos.

Así le sucede a Nicolas Rocca, periodista francés vacunado en su país de origen, al igual que su novia con la que reside en Seúl.

"Sabedores de esto fuimos a un café y nos sentamos cada uno en una mesa. En el momento en que le hablé desde lejos a mi pareja, vino el encargado, nos pidió los códigos de vacunación y al ver que no los teníamos nos echó", cuenta.

La situación se complica aún más tras anunciarse que Corea del Sur empezaría a administrar, cinco meses después del segundo pinchazo, la dosis de refuerzo, a la cual muchos extranjeros que ya están dentro de plazo no tienen de momento acceso al no estar reconocidas sus primeras dosis.

"Lo peor es la sensación de desamparo, de no saber qué va a suceder al día siguiente", subraya la investigadora española.

UNA SOLUCIÓN TRAS PROTESTAS DIPLOMÁTICAS

Las autoridades surcoreanas acaban de anunciar que la situación se va a solucionar gracias a un plan que desvelarán esta semana, pero que llega después de que las embajadas de la Unión Europea (UE) y países como EE.UU., Reino Unido, Australia o India hayan puesto el grito en el cielo.

No es la primera vez este año que legaciones extranjeras protestan por el trato discriminatorio que han recibido sus ciudadanos en el país.

Lo hicieron el pasado marzo cuando la capital, Seúl, y la circundante provincia de Gyeonggi exigieron a todos los foráneos que residieran o trabajaran en ellas (en torno a medio millón) hacerse una prueba PCR en un plazo determinado bajo amenaza de ser multados con 3 millones de wones (unos 2.500 dólares).

El motivo fue la detección de brotes en fábricas que empleaban extranjeros, un argumento contra el que las embajadas protestaron por su falta de base científica, lo que sirvió para dar marcha atrás a los cribados obligatorios en Seúl, aunque no en Gyeonggi.

Ana Isabel Ferrer, ingeniera española que trabaja en esta última provincia, no tuvo más remedio que hacerse el test.

"La gente lo intentó estirar lo máximo posible, intentando que las embajadas hicieran algo. Pero a la vista de que no se arreglaba, en el último día se formaron colas enormes", recuerda.

En la mente de muchos extranjeros han quedado fijados este y otros episodios similares, como cuando la localidad de Gimhae (300 kilómetros al sureste de Seúl) ordenó testar a todos los menores no surcoreanos de la localidad al detectarse un brote en una guardería donde acuden niños foráneos.

También el hecho de que el entonces gobernador de Gyeonggi, Lee Jae-myung, sea ahora uno de los dos principales candidatos en las presidenciales de marzo o el que la oficina presidencial surcoreana, pese a las reiteradas peticiones de los medios, no se haya pronunciado ni una sola vez con respecto a estos temas.

Andrés Sánchez Braun