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"Se me está pasando la vida y no me entero porque se apagó hace doce años. Mi vida no tiene sentido, no tengo ilusión". Fina busca a su hijo Joaquín desde que en 2008 el mar o la tierra se lo tragaran en Carboneras (Almería) a los 23 años. No pasa día en que no piense en él, pero necesita ya salir de su angustia.

La desaparición de una persona tiene un impacto devastador en su entorno más cercano. Se calcula que cada año las fuerzas de seguridad reciben 23.422 denuncias. Detrás de cada una de ellas hay una media de seis personas directamente afectadas.

En víspera de la conmemoración del Día Nacional de las Personas Desaparecidas, la Fundación QSD (Quién Sabe Dónde) Global y dos investigadores han elaborado el primer estudio en España sobre las consecuencias postraumáticas en familiares de desaparecidos.

Aída de Vicente, doctora en Psicología y especialista en Psicología de emergencias y traumas, explica a Efe que la desaparición de un ser querido presenta particularidades en comparación con otros sucesos traumáticos, como puede ser una muerte repentina.

Sin embargo, los efectos psicológicos de uno y otro grupo se acentúan notablemente entre las ausencias sin resolver. A diferencia de una muerte traumática, la desaparición "no tiene cierre" para la familia, por lo que la falta de información provoca un estrés adicional.

"Es un bucle constante entre la esperanza y la desesperanza que cambia el significado de la vida para esa persona", asegura a Efe De Vicente.

De 29 indicadores de malestar psicológico como pueden ser la ansiedad, intrusión, depresión, pánico, alteraciones de sueño o cambio vital, quien busca a su madre, hermano o hijo presenta puntuaciones muy elevadas en 26 factores.

En la mayoría de estas personas, se potencia la "rumiación", es decir, se quedan "enganchados" a ese momento sin poder avanzar en su vida, lo que les genera, a su vez, un rechazo a ser feliz.

"Me gustaba salir, bailar... No voy a ningún lado. Mi vida no tiene sentido ninguno, no tengo ilusión", dice a Efe Fina. Enfrente, apostilla Beatriz: "Tengo a mi familia en el olvido, me levanto y me acuesto pensando en mi madre que desapareció hace tres años".

Las historias de Fina, Beatriz, Jesusa o Ana Mari son distintas pero las vidas de todas ellas están marcadas por una "maldita" fecha del calendario.

FINA GARCÍA: NECESITO YA UN FINAL A UNA ANGUSTIA DE DOCE AÑOS

Le han dicho muchas veces que es bueno hablar del caso de su hijo, pero ella se echa a llorar al tratar de contar a Efe lo que pudo sucederle a Joaquín, un muchacho de 23 años de Carboneras que el 11 de septiembre de 2008 desapareció a seis millas del litoral a bordo de una embarcación a la que se vinculó con el tráfico de drogas.

Aunque está convencida de que su niño no está en el mar, Fina solo quiere saber la verdad y acabar con su angustia.

"Me fui a buscarlo otra vez por la playa en septiembre pasado y encontré unos restos, se los entregué a la Guardia Civil y en Madrid me han dicho que no se puede saber si son humanos. Estoy esperando a que el juzgado me los devuelva para que un especialista los analice".

Tiene otras dos hijas y tres nietos pero "no, no, no puedo". "No tengo vida, se apagó ese día, al principio no te lo crees, pero van pasando los años y estoy peor".

BEATRIZ GARCÍA: NADIE BUSCA A MI MADRE ANCIANA

Beatriz lleva más de tres años también con otra vida, la de sobrevivir a la ausencia de su madre. Lucía, de 78 años, se esfumó, dice, en apenas 200 metros, los que separaban la casa de su madre de la de su tía. Visitó a su hermana, pero Lucía nunca volvió a la suya en el pueblo de Turre (Almería).

"Nadie busca a una anciana, pero es mi madre. Yo me conformo con que me llamen un día y me digan que han encontrado sus restos".

Ese día volverá a cambiar su vida, dice Beatriz, que se levanta y acuesta pensando en su madre. "Yo no soy la misma persona. Esto no es vida".

JESUSA Y TERESA SÁNCHEZ: SENTIMOS QUE TRAS 30 AÑOS LA HEMOS ABANDONADO

Hace apenas dos años, Jesusa y Teresa dieron el paso de declarar muerta a su hermana pequeña Mari tras 30 años sin pistas en Medina del Campo (Valladolid). "Fue lo más doloroso, pensábamos que darla por muerta era abandonarla".

"Seguimos luchando pero ya hemos perdido la esperanza, queremos descansar. Necesitamos un 'hasta aquí', pero no se puede, porque cuando me meto en la cama y me lo digo, oigo a mi hermana diciéndome 'ya queda poco para que me encuentres'".

Con este sentimiento de culpa convive Jesusa, madre y abuela. "Mi marido, mis hijos, mis nietos son lo que más quiero, pero hay veces que me río y me siento mal porque no vi lo que le podía pasar a mi hermana".

Tanto Jesusa como Teresa están convencidas de que su hermana era maltratada por su novio, pero de esa investigación solo hay la denuncia de su madre en una carpeta. "Nadie hizo nada, mi madre murió a los cinco años de pena, iba a todos los días a la comisaría".

ANA MARÍA GÓMEZ: SEGUIMOS HACIENDO BÚSQUEDAS EN LA MONTAÑA

La desesperanza de Ana María es distinta, pero suma casi 10 años desde que a su hermano Juan Antonio se lo tragara la sierra malagueña, en algún punto entre Ojén y Mijas, de donde era natural.

Se había examinado para ser profesor de educación física y necesitaba despejarse con su gran pasión, la montaña. De hecho, había editado una guía para no perderse en la sierra y, destino fatal, él lo hizo.

Lo cuenta con entereza su hermana. Aunque nadie sabe lo que le pasó cree que a Juan Antonio le pudo llamar la curiosidad con algo que viera. "Cuando salíamos a la montaña te decía espera que voy a ver si esto es una cueva", recuerda Ana María que sigue saliendo con grupos de senderistas, con la esperanza de que la sierra le devuelva a su hermano.

Laura Camacho