EFEZarzis (Túnez)

Las lápidas del cementerio “Jardín de África” no tienen nombre sino secuencias de ADN que identifican cada tumba de este camposanto levantado en la costa tunecina de Zarzis y que da sepultura digna a quienes perecieron en su huida por el Mediterráneo Central.

"Contiene 500 nichos, la mayoría de los cuerpos encontrados por marineros o por las olas que los arrastraron hasta la costa", explica a Efe su guarda, Naser bin Jalifa, cuya entrega por cuidarlo le hizo olvidar los planes que un día tuvo de migrar por esta ruta marítima hacia Europa, la más mortífera de las conocidas.

Bin Jalifa acicala los sepulcros y poda con mimo las flores que colorean un impactante complejo blanco, que no deja ningún detalle al azar, como relata el artista argelino, Rachid Koraïchi, promotor de esta iniciativa: "los naranjos por el gusto amargo de la muerte, las granadas como unidad y los siete olivos que representan los pilares del Islam".

Koraïchi gastó todo cuanto tenía e incluso hipotecó su casa para pedir un préstamo, cuando su hija, tunecina residente en Londres, le relató cómo los cuerpos de centenares de subsaharianos ahogados quedaban en el olvido.

DEL VERTEDERO A LA TUMBA

Hasta hace un año, el vertedero municipal se había reconvertido en lugar de sepelio gracias al empeño de un pescador de la zona, Chamseddine Marzoug, y una campaña de micromecenazgo. Hoy, vallado y sembrado de montículos de tierra coronados por flores de plástico, rememora "el principio", como reconoce bin Jalifa, de una batalla por ofrecer descanso eterno a los cuerpos anónimos.

En la nueva necrópolis, las placas de madera que sirven de epitafio rezan el código de ADN -a la espera del reclamo de un familiar-, la fecha de recuperación del cuerpo y el de sepultura para aportar un mínimo de identidad a los difuntos, también niños, frente a un templo que no es solo mezquita, ni iglesia, ni sinagoga, sino que acoge plegarias de todas las confesiones.

"Estamos esperando la autorización del Ministerio de Sanidad para que no se tenga que enviar el cuerpo hasta Gabés (a 120 kilómetros) con las altas temperaturas, sobre todo ahora en verano, y donde tardan tres y cuatro días en hacer la prueba de ADN", explica Koraïchi, a la espera de poner en marcha el laboratorio y la pequeña morgue habilitados en el cementerio, que pronto tendrá su primera ampliación.

En el solar contiguo, en medio de un terreno árido situado a las afueras de la ciudad, se erige un pequeño centro de acogida y un campo de fútbol improvisado para quienes sobrevivieron a la travesía y quedan a merced en este purgatorio. Como Mohamed, de Costa de Marfil y que estuvo dos años en este centro, tras cuatro intentos de travesía desde Libia y más de 2.500 euros invertidos.

Hoy habita en las calles de Túnez capital, junto a más de 200 refugiados, en una protesta que dura más de un mes y con decenas de tiendas de plástico frente a la sede de ACNUR, donde reclaman poder abandonar un país en el que sufren "el racismo y el acoso policial".

"Antes recibíamos 200 dinares (60 euros) al mes pero desde el 1 de enero, de la noche a la mañana, nos expulsaron del centro y dejaron de darnos la ayuda", lamenta este joven de 19 años que sueña con jugar un día en el Real Madrid.

LA MORTÍFERA RUTA

Para la ONG Foro Tunecino por los Derechos Económicos y Sociales (FTDES), la distancia entre la costas de Túnez y Libia y las italianas, el tipo de mafias que operan, la inestabilidad política y la represiva política migratoria han convertido a esta travesía en la más mortífera. Al menos 19.431 personas han muerto desde 2014.

"En 2021 un tercio de los muertos en el Mediterráneo Central se registró en la costa tunecina. De los 25.000 interceptados ese año, el 63 % eran subsaharianos. Han conseguido reducir el número de llegadas (a Italia) pero ha aumentado la tasa de mortalidad", asegura a Efe su portavoz, Romdhane Ben Amor.

A principios de mes, el Tribunal de Sfax (en la costa oriental) hizo una llamada de socorro cuando medio centenar de cuerpos se amontonaron en los hospitales de la región lo que, para Ben Amor, representa una falta de previsión de las autoridades "que deberían prepararse este año para un escenario dramático".

Después de crear en Túnez este cementerio bajo la protección de la UNESCO, Koraïchi prepara actualmente uno similar en la isla española de Fuerteventura para enterrar a los migrantes que mueren en la ruta canaria "como el resto de ciudadanos, con respeto".

"El Jardín de África existe para honrar a las personas que dejaron sus países por Europa para cambiar sus vidas y en su camino enfrentaron muchos obstáculos como el tráfico de personas y robos y, al final, el mar los arrojó a la orilla", resume un entregado guardián de la dignidad, que se afana por construir 47 nuevas tumbas: "Todos murieron en un naufragio el mismo día".

Laura F. Palomo y Natalia Román Morte