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Reflotar al agonizante Mar Menor tras el reciente cataclismo que habría dejado sin vida sus fondos se vislumbra como un reto aún posible a largo plazo, siempre y cuando los usos urbanísticos, agrícolas y pesqueros en la zona sean replanteados con planes coordinados a gran escala que respeten el entorno.

Este mar, con 180 kilómetros cuadrados de superficie, es la laguna salada permanente más grande de Europa, y su frágil equilibrio depende también de las aportaciones del Mediterráneo y del agua dulce terrestre, responsables a su vez, de la rica y amenazada biodiversidad que alberga.

Aunque la albufera murciana no es el único enclave de estas características en el planeta, Italia alberga la laguna de Venecia, en Francia sobresale la laguna de Thau, en Marruecos La Mar Chica, también llamada de Nador, y en Túnez la laguna de Chott el Djerid, todas comparten similares presiones.

A nivel biológico, el profesor de la Universidad de Murcia Francisco José Oliva, que es además de coordinador del proyecto Life Invasaqua, ha propuesto centrarse en una gestión eficaz de la mortandad de peces en esta laguna, después del reciente hallazgo de miles de animales muertos en la laguna, mediante protocolos eficaces ante un posible nuevo colapso biológico, que de hecho, puede repetirse, según el experto.

Pese al desastre, todavía son "significativas" las comunidades de peces que sobreviven en la periferia de zonas superficiales del Mar Menor, mientras que en la profundidad la mortandad ha sido masiva dejando en esos niveles la laguna "prácticamente muerta", según los expertos.

Oliva ha admitido desconocer hasta qué punto podría regenerarse a partir de ahora el ecosistema del Mar Menor, en cualquier caso una posibilidad siempre a largo plazo, con trabajos en todas las escalas que implicarían especialmente a la sociedad para promover acciones políticas eficaces.

En un horizonte más inmediato las actuaciones de recuperación del Mar Menor deben centrarse en la cuenca de recepción como origen del problema y evitar que la laguna siga siendo sumidero de nutrientes.

A su juicio, es un problema que involucra a todos porque por mucho que aumente el conocimiento científico y técnico al respecto, no habrá predisposición política para solucionar la situación, mientras la demanda social de un cambio de modelo agrario, turístico y pesquero, entre otros, no sea lo suficientemente fuerte.

Para Juan Manuel Ruiz Hernández, científico del Instituto Español de Oceanografía (IEO) y miembro del Comité Científico del Mar Menor, en este último episodio de mortandad masiva no solo se han perdido animales, también se han malogrado funciones y se ha fracturado el equilibrio biológico de una comunidad de seres vivos y su entorno natural.

Ruiz Hernández ha urgido a emplear ya urgentes y minuciosas "políticas ambientales preventivas" en estos ecosistemas tan dañados, que apenas avisan de su estado catastrófico, o si lo hacen, suele ser de un día para otro y de manera muy sutil, cuando ya no hay tiempo, ha observado el experto.

Aunque el científico se muestra esperanzado del futuro del Mar Menor, siempre a medio y largo plazo, ha hecho hincapié en sumar esfuerzos comunes entre todas las administraciones, y en la necesidad urgente de aplicar la normativa vigente -tanto española como europea para solucionar la situación de este singular enclave mediterráneo.

Todos los actores implicados alcaldes, comunidades autónomas, Gobiernos, Confederaciones Hidrográficas, agricultores y pescadores -entre otros- deben ir de la mano para alcanzar "sí o sí un gran acuerdo", que revierta el "delito ecológico" ocasionado, ha señalado el experto.

Juan Manuel Ruíz ha hecho un llamamiento general a los gobernantes: "es el momento de los políticos, la comunidad científica lleva décadas exponiendo criterios y problemas sin que nadie nos haga caso y ahora les toca a ellos".

Elena Sánchez Laso y Amaya Quincoces