EFEBilbao

Amelia Tiganus (Galati, Rumanía, 1984) fue violada a los 13 años al salir del colegio por varios hombres en un portal. Desde entonces, las violaciones se convirtieron en sistemáticas y con el tiempo descubrió que los proxenetas se aprovechan de la situación de vulnerabilidad de las mujeres, muchas veces menores de edad, para captarlas y venderles una supuesta salvación que será la prostitución.

“Así es como me fabricaron como puta”, asegura Tiganus, que se muestra rotunda en una entrevista con Efe: “Mientras haya una mujer explotada sexualmente y, sobre todo, mientras los hombres no entiendan que es absolutamente ilegítimo acceder al cuerpo de una mujer a cambio de un billete sin tener en cuenta la ética, los cuidados, el placer, el deseo mutuo… las mujeres no seremos libres”.

Ese violento episodio le cambió la vida para siempre, aunque “lo peor vino después”. Para ella, lo más duro fue quedarse absolutamente desprotegida, comprobar cómo su propio entorno, la propia sociedad la estigmatizó y la marginó. De ahí su lucha por poner en el foco la responsabilidad que tiene la sociedad en toda esta problemática.

El daño que se ejerce sobre las mujeres prostituidas no solo recae en ellas, sino también en sus familias. “Muchas veces no vuelven a saber nada de sus hijas, porque nos desaparecen, nos asesinan. Ni siquiera somos cifras oficiales”, destaca esta activista y formadora experta en violencia sexual, fundadora de la asociación Emargi, un espacio de encuentro y resiliencia para mujeres víctimas de violencia sexual en Bilbao.

De hecho, según la base de datos de  feminicidio.net, desde el año 2010 hasta ahora se han cometido al menos 51 feminicidios por prostitución en España. “Si a nadie le importan las mujeres asesinadas en general, las prostituidas asesinadas aún menos”, porque “en el patriarcado, las mujeres tachadas de putas son mujeres desechables, que nada valen, que no tienen ese reconocimiento de ser humano”, subraya.

Durante la entrevista, Tiganus ha recordado cómo fueron “aquellos cinco largos años” en los que tuvo que ejercer la prostitución en 40 prostíbulos, por haber sido vendida a un proxeneta español por 300 euros. Tenía 17 años y medio cuando llegó a España.

“Durante los 6 meses que tardé en cumplir la mayoría de edad nos adiestraron a mí y a otras mujeres sobre cómo ser unas buenas putas. En un piso nos enseñaban a andar con tacones, a hablar fino… eso de la feminidad multiplicada por mil. Todo para poder convertirte en una buena profesional decían”.

Totalmente en contra de “la mirada romantizada” que el cine ha creado de la prostitución, para la activista “los prostíbulos son auténticos campos de concentración para mujeres empobrecidas” con los que la sociedad convive “con toda tranquilidad”.  “Muchos dicen que solo van a tomar una copa, como banalizando que en un sitio donde se explota y se esclaviza a las mujeres es absolutamente legítimo ir a tomar una copa y a divertirse con los colegas”, añade.

Tiganus fue víctima de trata y descubrió en el feminismo la “solución” a esta lacra: “El feminismo salva vidas. Salvó la mía y salva la de miles y miles de mujeres todos los días”.

Ahora lucha por conseguir la abolición de la prostitución, una actividad que, en su opinión, no puede ser considerada trabajo. “No tenemos un cuerpo en propiedad, somos cuerpo. Sentir mientras nos penetran por boca, vagina y ano desconocidos a los que no deseamos sexualmente, sentir los manoseos, los babeos, que nos suden encima gota a gota… No sé si alguien pensándolo desde ese punto de vista lo puede considerar un trabajo, porque absolutamente en ningún trabajo ocurre algo así”.

 Por eso, su insistencia en recordar que “la prostitución es una multinacional que se nutre con mercancía (las mujeres y niñas) de los países más empobrecidos”.

Para la activista feminista se trata de “una situación en la que no hay salida, no porque haya barrotes, no porque estás encerrada bajo llave, sino porque entre el prostíbulo y esa puerta abierta y el mundo real hay un abismo, porque la propia sociedad te condena a eso siempre que repita `ellas lo han elegido, ellas lo quieren, es que van a lo fácil, no quieren trabajar´. Todo eso se convierte en una jaula con la puerta abierta”.

Como referente en la lucha contra la violencia sexual, Tiganus utiliza como armas el feminismo y la formación. Hace dos años le ofrecieron la posibilidad de crear un cómic basado en su experiencia y en los próximos meses verá la luz bajo el título “Amelia: historia de una lucha”.

Para la formadora, esta iniciativa podría ser “una herramienta muy potente a la hora de llegar a la gente más joven, que es el público al que va dirigido todo el marketing que utiliza la industria de la explotación sexual para convertir a nuestros jóvenes barones adolescentes en agresores sexuales, utilizarlos para sacar todo ese dinero y a la vez seguir destruyendo mujeres”.

Dibujado por Roberto García y guionizado por Alicia Palmer y la propia Tiganus, el cómic “es un trabajo muy serio y muy elaborado” que tendrá un formato de tapa dura y 80 páginas a color. “No es un proyecto personal, es un proyecto social, porque hemos lanzado una campaña de micromecenazgo (a través de Verkami) para que todas las personas que quieran o puedan, sean partícipes de todo esto”, explica.

La realidad es que, actualmente, los tres objetivos económicos que se plantearon en la campaña han sido superados en solo diez días y la participación de las mecenas sigue creciendo y apoyando la iniciativa.

Para Tiganus, el 8 de marzo “es más necesario que nunca, porque la extrema derecha ha avanzado demasiado” y aunque ahora, debido a la pandemia, “quizás no se puedan llenar o invadir las calles como en los últimos años, sí se pueden hacer acciones para seguir mandando nuestros mensajes y poner a la opinión pública de nuestro favor”, porque “un mundo mejor para las mujeres y las niñas es un mundo mejor para todos”.

Por Iratxe Rodríguez.