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No hay procesiones en las calles pero esta Semana Santa el dolor y la esperanza son más evidentes que nunca. Así lo viven Ignacio, sacerdote capellán de un hospital de Madrid; José Pablo, que reza por los fallecidos con coronavirus en la morgue provisional del Palacio de Hielo; y Pilar, responsable del teléfono de Cáritas para personas que se sienten solas en esta crisis.

Son tres historias que ilustran la labor de la Iglesia católica en mitad de la pandemia, volcada como buena parte de la sociedad en atender a las personas que sufren las consecuencias del COVID-19, pero también en pedir por aquellos que no han logrado superar la enfermedad.

JOSÉ PABLO, SACERDOTE EN LA MORGUE DEL PALACIO DE HIELO

"Situaciones parecidas no he vivido, es algo único. He tenido experiencias de acompañar a familiares de personas fallecidas, es parte de nuestro día a día, pero no de esta forma", cuenta José Pablo.

Desde hace cerca de tres semanas, este sacerdote acude a rezar por los fallecidos con coronavirus de la morgue provisional del Palacio de Hielo, instalada en la pista de patinaje de un centro comercial de Madrid para tratar de aliviar la carga de trabajo de los servicios funerarios.

"Impresiona ver tantos féretros juntos", dice el sacerdote, que pese a todo percibe una sensación de "tranquilidad" cada vez que acude.

Suele hacerlo una vez cada cinco días, ya que se turna con otros cuatro sacerdotes, la mayoría de los cuales pertenecen al igual que él a la comunidad misionera del Verbum Dei.

Todos viven cerca del Palacio de Hielo, lo que motivó que el Arzobispado de Madrid contactara con ellos para ofrecerles hacerse cargo de los responsos.

José Pablo reza durante alrededor de 15 minutos ante más de un centenar de féretros, rodeado de silencio y prácticamente solo, salvo la aparición puntual de algún trabajador del Ayuntamiento de Madrid o miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME), encargados del traslado de cadáveres.

Reza pensando en las personas que han fallecido y en sus familiares, a los que "seguramente" les gustaría estar en su lugar.

Lo hace convencido de que este "pequeño gesto" puede ayudar a dar "un poco de consuelo" a creyentes y no creyentes, especialmente dentro de una situación tan complicada como ésta, donde no es posible organizar velatorios ni transmitir el pésame con besos o abrazos.

"Este gesto da un poco de humanidad. Es una manera de transmitir que hay un cariño y un amor que se quiere dedicar a esas personas", añade esperanzado.

IGNACIO, CAPELLÁN DE UN HOSPITAL DE MADRID

Profesor de Biblia en la universidad eclesiástica San Dámaso, Ignacio compagina ahora las clases online con su acompañamiento a pacientes en el hospital San Francisco de Asís de Madrid.

Sustituye al anterior capellán, un sacerdote anciano para el que no era recomendable seguir acudiendo a este hospital privado, dedicado casi en su totalidad a atender a enfermos con COVID-19.

"Se respira mucha humanidad en estos días y también dolor", comenta Ignacio, dolido al ver a los enfermos que están solos en sus habitaciones, pero también conmovido por el trabajo de los profesionales sanitarios que están "dejándose la piel".

Se turna con otro sacerdote, por lo que va cada dos días y pasa una media de cuatro horas visitando unas 30 habitaciones con su "disfraz de astronauta".

Así llama al equipo de protección individual que lleva puesto todo el tiempo, que incluye doble guante y una máscara con la palabra "sacerdote" impresa en un papel a la altura de la frente.

"Se nos recomienda no tocar a pacientes. Ellos lo entienden y nosotros también, pero a veces es imposible porque el enfermo me coge la mano", confiesa.

Estos contactos físicos ocasionales, las miradas y la escucha hacen posible la "cercanía" con los enfermos, la mayoría de ellos creyentes que quieren comulgar o simplemente charlar sobre sus vidas o el sentido la muerte.

En los casos de los pacientes más graves, como los que están intubados en la UCI, son las propias familias las que piden que Ignacio les haga una visita para imponerles el sacramento de la unción.

"Vivimos como si fuéramos inmortales. En estos días sale a la luz la mezquindad que somos, somos nada. Ves la decrepitud de las personas pero a la vez la dignidad humana de alguien que hace memoria de su historia, sufre, se alegra, pide perdón", reflexiona Ignacio, que vive cada alta como una "resurrección".

PILAR, RESPONSABLE DEL TELÉFONO DE CÁRITAS CONTRA LA SOLEDAD

"Cuando necesitemos ayuda hay que pedirla, pero hay gente a la que le cuesta", lamenta Pilar, coordinadora de voluntarios de Cáritas Madrid y ahora también responsable del teléfono de atención a las personas que se sienten solas durante el confinamiento (696987885), puesto en marcha hace dos semanas.

Actualmente acompañan a más de 220 personas, la mayoría mayores que viven solos y están preocupados por esta situación al comprobar la cantidad de ancianos que mueren a causa del coronavirus.

"Prefieren hablar con personas de su edad para compartir ese miedo", comenta Pilar.

Además, hay personas mayores que, a pesar de tener contacto habitual con sus seres queridos, quieren hablar con alguien ajeno a la familia "para no preocupar".

"Intentamos que la conversación no vaya siempre por el mismo lado y hablar de otros temas: hijos, nietos, lo que están comiendo... así detectamos a veces otras necesidades que no eran las del propio teléfono", cuenta.

Algunas personas mayores, por ejemplo, confiesan que están limitando sus comidas porque apenas tienen alimentos en casa y no han pedido ayuda para que les hagan la compra.

También llaman personas casadas pero que tienen una mala relación con su pareja y necesitan ser escuchadas, o enfermos en hospitales. En todos los casos no hay una única llamada, sino que se establece un seguimiento diario.

Son situaciones duras de soledad pero también esperanzadoras por la "oleada de solidaridad" que, a través de cientos de voluntarios, dan respuesta a esta necesidad de comunicar.

Sol Carreras