EFESevilla

El diestro Julián López "El Juli", que abrió la Puerta del Príncipe tras cortar un total de cuatro orejas, y la ganadería de Garcigrande, cuyo quinto toro fue indultado por clamorosa petición popular, se adueñaron hoy de la feria de Sevilla con un compartido y resonante triunfo.

FICHA DEL FESTEJO:

Cuatro toros de Garcigrande y dos con el hierro de Domingo Hernández (1º y 6º), de muy dispar presentación en cuanto cuajo y alzadas, y sin gran ofensividad en las cabezas. En general, dieron un juego noble y manejable, incluso los menos enrazados, pero sobre todos destacaron el segundo, por su clase, y el quinto, "Orgullito", de nombre, de brava e incansable profundidad en sus embestidas y que fue indultado.

Enrique Ponce, de burdeos y oro: pinchazo hondo caído y cinco descabellos (silencio); estocada delantera desprendida (oreja).

El Juli, de verde esmeralda y oro: estocada desprendida (dos orejas); indulto (dos orejas). Salió a hombros por la Puerta del Príncipe.

Alejandro Talavante, de negro y azabache: pinchazo y estocada tendida desprendida (silencio); tres pinchazos, media estocada y tres descabellos (silencio).

Entre las cuadrillas, destacaron José Antonio Barroso picando al segundo y Juan José Trujillo, que saludó tras banderillear al sexto.

Octava corrida de abono de la feria de Abril, con lleno en los tendidos (unos 12.000 espectadores), en tarde agradable.

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BRAVA PROFUNDIDAD

"Orgullito" salió ya descolgando su largo cuello desde que asomó por la puerta de chiqueros y le llamaron desde el primer burladero. Bajo, de finas hechuras, armónico de trapío, desde ese mismo momento el toro de Garcigrande buscaba pelea y prometía lo que estaba por llegar. Y lo cumplió.

Después de pasar por el caballo de picar, donde se dejó pegar sin que le exigieran, se creció en banderillas y comenzó a arrastrar el hocico por el suelo pidiendo una muleta que le llevara sometido para sacar su tremendo y real fondo de bravura.

No terminó de cogerle el aire El Juli en los primeros compases de la faena, a veces acompañando más que exigiendo al toro e intercalando algunas pausas que desconcertaban al animal hasta el punto de hacerle escarbar, más por codicia, por querer pelea, que por una cobardía inexistente.

Pero mediado el trasteo el maestro madrileño se decidió por fín a entregarse a su labor tanto como el toro, a darse por completo y sin reparos a una embestida que, cuanto más baja iba la muleta, se iba haciendo más profunda y templada.

Empujando desde los mismos riñones, "Orgullito" seguía embistiendo hasta mucho más allá los vuelos del engaño, con auténtica raza, con esa selecta actitud del verdadero toro bravo, mientras la faena, El Juli y el clamor iban creciendo más y más

Apostando por que se viera toda la dimensión del toro, el torero se recreó en otras cuantas series más de pases, en los muletazos invertidos y en los adornos, enroscándose a la cintura todo el cuerpo de un toro que, este sí, se dio por completo, de principio a fin, en cada una de sus arrancadas.

Y así hasta que el presidente, obedeciendo a la petición unánime de los tendidos, sacó el pañuelo naranja para conceder el perdón de la vida a tan excepcional ejemplar, el tercero, tras "Arrojado", de Núñez del Cuvillo", y "Cobradiezmos", de Victorino Martín, que se indulta en la Maestranza en los últimos siete años.

Antes de eso y de que sacara merecidamente a dar la vuelta al ruedo al ganadero Justo Hernández, El Juli ya tuvo que agradecerle el gran juego del segundo toro, un animal -por alto y voluminoso- de hechuras casi opuestas al indultado, pero que aun así derrochó clase y calidad.

En este caso, la faena del madrileño, también premiada con dos orejas pero de menor peso, tuvo más firmeza y autoridad que calidad y en el trazo de los más cortos muletazos, llegando en pocos momentos al nivel de toreo que propiciaba el astado del hierro de Domingo Hernández.

Después de la catarsis del indulto, quedó en un segundo plano la oreja que Enrique Ponce le cortó al cuarto, por un trasteo de más apariencia estética que sinceridad, colocado siempre el torero, y sin rubor, en la pala del pitón de un toro que se movió sin mucho celo, pero también sin peligro, hasta que acabó por rajarse. Tampoco se había empleado demasiado el primero de su lote, pero con este el veterano valenciano estuvo menos cómodo.

Y más perdida en el limbo quedó aún la actitud displicente, desganada y, por momentos, rayan en la impotencia de Alejandro Talavante, que abrevió precavido con su primero y quiso, pero no pudo, con un sexto encastado que a punto estuvo de desbordarle.

Paco Aguado