EFEVilar Formoso (Portugal)

"Cruzo porque tengo que hacer la compra, no tengo nada en casa para comer y voy a un supermercado aquí cerca". Doña Maria tiene unos 70 años y se niega a que el coronavirus cambie su vida. Sigue cruzando a pie La Raya, la frontera hispano-lusa cerrada por el avance de la enfermedad.

Maria Conceiçao y su marido son de la aldea portuguesa de Nave de Haver y han recorrido con su furgoneta diez kilómetros hasta llegar al punto fronterizo de Fuentes de Oñoro (Salamanca), uno de los muchos cerrados entre ambos países.

Quieren ir al supermercado donde hacen la compra desde hace años. Y doña Maria, cargada con bolsas reutilizables, no lo duda. Sin miedo, y sin agentes que la descubran, se cuelan por un hueco que deja la valla y se adentra en España.

Como doña Maria y su marido, son miles los ancianos que habitan en los pueblos de ambos lados de la frontera. Son la población más vulnerable al virus y también la más olvidada.

Unos veinte kilómetros al norte está el paso entre Vale da Mula (Portugal) y Aldea del Obispo (Salamanca). Hasta allí llega, como cada día, un trabajador luso de un hotel español.

Está en España y quiere ir a comer a su casa, en Vale da Mula, pero el cruce está vallado y vigilado por la Guardia Nacional Republicana (GNR).

"No puedes pasar", le dicen los agentes. Les explica que su pueblo está a pocos metros de la valla. No les convence. Desiste y se va en busca de un paso abierto.

Como él, cientos de personas han tenido que darse la vuelta hoy en la frontera y buscar cruces habilitados tras el cierre acordado entre los gobiernos de España y Portugal, en la noche del lunes, para evitar la expansión del coronavirus.

Únicamente mercancías y trabajadores trasnacionales que puedan acreditarlo pueden cruzar la frontera por tierra en los pasos abiertos.

"Sólo hay nueve puntos en toda la frontera hispano-lusa habilitados para pasar", explica a Efe el responsable de Protección Civil del concejo luso de Almeida (fronterizo con España), Alcino Morgado.

"Tenemos una sensación de tristeza y angustia, ya que lo que estamos haciendo es contrario a la filosofía de la Unión Europea, que es un espacio libre de personas y de bienes y servicios", dice Morgado, que pide comprensión a esa población más envejecida que a diario cruza la frontera como una necesidad social, como un ritual.

Por uno de los puntos abiertos, el de Figueira da Foz, regresaba hoy a Portugal el joven Hugo Paz, que viajó esta madrugada a Madrid para recoger a su mujer, de nacionalidad chilena, y su bebé, varados en la capital española porque se canceló su vuelo a Chile.

Al cruzar la frontera, presentó su documentación y "no hubo ningún problema", asegura a Efe.

Los problemas se multiplican cuando se trata de autobuses con ocupantes que no pueden justificar el motivo de su viaje o de turistas extranjeros, en su mayoría procedentes de países europeos, que no se habían enterado del cierre de la frontera.

Ese es el caso más frecuente en el sur de Portugal, en el Algarve, donde los vecinos se quejan del gran número de turistas extranjeros en autocaravanas que entraron al país el lunes escapando de la cuarentena impuesta en España.

Portugal no ha llegado aún a adoptar medidas drásticas, pero estudia limitar los movimientos y ciertas actividades productivas para frenar la expansión del virus, que ha dejado 448 positivos y una víctima mortal: Mário Veríssimo, un antiguo masajista de fútbol de 80 años, amigo del entrenador del Flamengo Jorge Jesus, que también se ha sometido a análisis.

Pero Portugal tiene hoy motivos para celebrar: el nacimiento de un bebé sano de una madre que tenía coronavirus. Por Carlos García