EFELisboa

Viviendas de una habitación por 1.100 euros, contratos de apenas un año y precios en escalada permanente; la situación en Lisboa es ya insostenible para los inquilinos, convencidos de que encontrar vivienda es un lujo al alcance de pocos.

La capital portuguesa, donde están censadas poco más de medio millón de personas, vive una explosión inmobiliaria alentada por el crecimiento del turismo y la liberalización del mercado de alquiler, en constante ascenso desde hace tres años.

No parece haber límite en los precios, que se han incrementado en ese tiempo un 47 % en el centro y que, solo en el primer trimestre de este año, volvieron a dispararse un 20 %; un trabajador debe ahora destinar la totalidad de su salario al alquiler si quiere conseguir casa en la ciudad.

"La situación es límite. De hecho, ya pasó el límite", asegura a Efe el presidente de la Asociación de Inquilinos Lisboetas, Romão Lavadinho, quien afirma que, "considerando la especulación que existe con los alquileres, una subida del 20 % es hasta aceptable".

Lo explica con una cuenta simple: el alquiler de una casa con apenas una habitación ronda ya los 1.100 euros en la capital lusa, mientras que en la periferia de la ciudad asciende a 800 euros; con unos ingresos familiares medios que no sobrepasan los 1.200 euros mensuales, la vivienda se convierte en lujo para los lusos.

"Es completamente imposible tener personas que alquilen casa en esas situaciones", zanja Lavadinho, que cifra en "miles" los ciudadanos que se han marchado a la periferia.

La situación, que afecta en mayor medida a barrios históricos como Alfama, se ha extendido a toda la ciudad, donde han surgido movimientos sociales en defensa del derecho a la vivienda como "Morar em Lisboa" (Vivir en Lisboa), compuesta por individuos y asociaciones locales de diferentes sectores.

Una de sus portavoces, Leonor Duarte, sostiene que el problema es mucho mayor de lo que reflejan las ya preocupantes estadísticas, y que ni los extranjeros, en el imaginario portugués siempre más solventes, consiguen pagar ahora lo que piden los caseros, que puede ascender a 2.000 euros por una casa de tres habitaciones.

"Es preciso ser rico para poder pagar. La clase media, los extranjeros, ya no consiguen pagar", insiste Duarte, que describe un escenario de órdenes de desalojo diarias y la posterior aparición, tras una reforma en profundidad, de alojamiento turístico o venta de lujo.

"Esto no va a salir bien, es imposible que salga bien", augura, pero mientras ella y otros muchos esperan que la situación se estabilice y los precios bajen un poco, hay quienes deben tomar decisiones drásticas ya.

Ismael Marquês es uno de ellos. Tiene desde hace 59 años su zapatería en el mismo local de 30 metros cuadrados, por el que paga 290 euros de alquiler.

Su negocio llega a su fin en noviembre, cuando debe salir del lugar para cumplir con la voluntad del propietario, que le ha "amenazado judicialmente".

"No nos sentimos amedrentados, pero es muy difícil", cuenta a Efe Marquês, que tras toda la vida aquí no se ve con fuerzas para llevar el negocio a otro lugar; tampoco sabe si podría pagar otro alquiler que, con independencia de la zona en la que se establezca, será superior al actual.

Como él, comparten incertidumbre los inquilinos del edificio donde regenta su zapatería, entre los cuales hay quien ya ha prometido resistencia para no dejar su casa.

"La revuelta es grande", admite el zapatero, porque "no es posible aguantar todo".

De momento, en Portugal los políticos han reaccionado aprobando en el Parlamento una medida extraordinaria que frena hasta el próximo marzo los desahucios de mayores de 65 años y personas con discapacidad superior al 60 %, siempre y cuando residan en la vivienda desde hace al menos 15 años.

Una medida insuficiente tanto para la Asociación de Inquilinos Lisboetas como para la plataforma "Morar em Lisboa", donde se preguntan si llegará pronto alguna solución definitiva para quienes se ven obligados a marcharse.

Cynthia de Benito