EFESeixal (Portugal)

Cremilde llegó a Jamaica hace 30 años. Ahora, tiene 79 y ha perdido la esperanza de salir de este barrio marginal de las afueras de Lisboa donde se hacinan cientos de familias, convertido en los últimos días en un polvorín.

En el "vale do chícharo", en las afueras de Seixal -a unos 25 kilómetros de Lisboa-, se levanta Jamaica, un barrio olvidado y desconocido para buena parte de los lisboetas hasta ahora, cuando ha saltado a las portadas de los diarios por un enfrentamiento entre policías y vecinos que ha terminado con violencia.

A solo media hora en coche de la exclusiva Avenida da Liberdade lisboeta, donde se venden apartamentos de dos habitaciones por encima del medio millón de euros, se extiende Jamaica, dominado por un "elefante blanco" de siete plantas, que debe desaparecer en 2022, el plazo límite del programa de realojamiento previsto para más de 200 familias.

Mientras, la basura se empapa en los charcos de la calle sin asfaltar por la que se accede al barrio, desparramado en cinco hectáreas regadas de muebles desvencijados, viejos sofás, bicicletas oxidadas y escombros.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo este edificio abandonado a medio construir comenzó a ser ocupado, a mediados de los años 80, por inmigrantes de origen africano y gitanos y a ser conocido como Jamaica.

A Cremilde no le interesa el origen. Es gitana. Se casó a los 16 años y llegó al barrio, ya viuda, con sus siete hijos -"cuando aquí no había nadie"- para ocupar unas chabolas próximas al "elefante blanco".

Hoy, seis familias gitanas -todas emparentadas- esperan del Estado una vivienda digna para empezar un nueva vida, como han hecho ya los 200 realojados en diciembre.

Su nieta Katia Lima, que desde hace un año ejerce como pastora de la iglesia evangélica del barrio -Filadelfia-, se queja: "Llueve dentro de las casas como si fuese en la calle, son húmedas. Los niños están siempre enfermos".

Su reclamo es claro: "Queremos una casa". No entienden por qué serán los últimos en recibir una vivienda, "dicen que en unos cinco años", denuncia.

En el deforme gigante que domina el barrio, decenas de familias se reparten en cubículos de unos 10 metros cuadrados, alrededor de una escalera en ruinas y sin luz, vallada con tablones de madera para evitar que los niños caigan al vacío.

Mariana Nascimento, de Santo Tomé, comparte cuarto con su hermana, pero llegaron a ser cinco personas amontonadas en un cuadrado donde apenas cabe una cama, una pequeña mesa y una cajonera sobre la que se apiñan estampas de la virgen de Fátima.

Lo peor, confiesa señalando grandes manchas de moho, es la humedad que perfora techos y paredes y que le ha provocado una enfermedad que apenas le deja respirar. Su única ventana mira hacia un gigantesco basurero que, dice, las autoridades prometieron eliminar. No cumplieron.

Su vecina Aurora Coxi, que vive en una chabola adherida a los bajos, es la protagonista involuntaria del súbito interés que ha despertado Jamaica porque participó en la trifulca vecinal que terminó con una polémica intervención de la policía.

Un vecino grabó a los agentes golpeando a los padres de Aurora y las imágenes se viralizaron. La reacción no se hizo esperar y la protesta de los moradores de Jamaica llegó al centro de Lisboa y dejó una noche de disturbios que prendió la alarma entre los lisboetas.

"La gente que vive en los barrios sociales somos tratados con prejuicios y con racismo", denuncia esta joven angoleña.

"Es horrible, cuando decimos que somos de un barrio social, piensan que aquí solo hay bandidos y que la gente no trabaja", lamenta. "Yo vivo de un salario, pero no tengo condiciones para pagar un apartamento".

Aurora pide que la policía "proteja al ciudadano, con independencia de su raza" porque "si nosotros somos tratados así, cómo serán tratados mis hijos de aquí a unos años", se pregunta.

"Esa imagen de ver a la policía que golpea a los padres, a los abuelos, a los nietos, genera odio, ira", advierte.

Si avanza el plan previsto, Aurora será realojada en los próximos meses.

Cremilde tendrá que esperar. No le alcanza con su pensión de 400 euros -"que cuando vas a ver se acabó"- ni le sobra el tiempo.

"Se habla de que nos sacarán en unos años. Yo ya no estaré aquí, pero quedan los niños. Alguien debería hacer algo", concluye.

Mar Marín