EFELisboa

Un grupo de quince refugiados saca adelante cada día un restaurante que se ha puesto de moda en Lisboa porque permite viajar a Oriente Medio compartiendo comida, mesa y las historias de sus empleados.

Con mesas compartidas con espacio para más de una decena de comensales, este negocio de comida siria ha conseguido prosperar gracias al apoyo de una buena cantidad de socios y promotores, al trabajo de los refugiados y a la acogida de los lisboetas, que han hecho de él uno de los locales de moda de la capital.

El local permite viajar a Oriente Medio gracias al "baba ganoush" (crema de berenjena con especias, tomate, ajo y salsa de granada) o al "kibbeh" (bolas fritas de carne picada con bulgur y especias), pero sobre todo gracias a las historias de sus diecisiete trabajadores, de los que quince son refugiados.

Una de ellos es Shidas Sehko, natural de Alepo (Siria), que vive en Portugal desde hace dieciocho meses y trabaja en Mezze, como se llama el restaurante, desde su apertura en septiembre.

"Tenemos muchos clientes y siempre que vienen se marchan felices", explica en árabe dirigiéndose a Adam, también refugiado, que limpia cubiertos mientras hace las labores de traductor.

Shidas asegura que se siente integrada en Portugal desde el principio, y para hacerse entender desliza alguna palabra en portugués aprendida en las clases que reciben los empleados, impartidas por voluntarios un par de veces por semana.

Mientras Shidas y Adam hablan, la actividad continúa en la cocina de la mano de Fátima, de origen sirio, que organiza el espacio tras el servicio de comidas.

En la cocina solo intervienen mujeres, refugiadas sin experiencia previa trabajando fuera de casa, aunque todos los empleados recibieron formación gracias a una escuela de hostelería.

"El proyecto está enfocado a las mujeres refugiadas, que muy difícilmente van a encontrar empleo porque no tienen experiencia profesional", explica Francisca Gorjão, presidenta de Pão a Pão, la asociación que puso en marcha el restaurante.

Pero el negocio también está orientado a hombres jóvenes que debido a la guerra no consiguieron terminar sus estudios, "por lo que muchas veces quedan en una especie de limbo", apostilla Gorjão.

Ella fue una de las impulsoras de esta idea, que surgió en una conversación con Alaa, una estudiante de arquitectura siria que les confesó que el pan era lo que más echaba de menos de su país.

"Nuestro primer pensamiento fue hacer una panadería, pero no tendría sentido tener solo el pan y no dar el resto de la comida", señala Gorjão.

Junto a Alaa y otros dos socios pusieron en marcha un proyecto que define como "una oportunidad de aprovechar una herencia y una cultura específica que traen estas personas y usarlo como un elemento para compartir con la comunidad de acogida".

Para convertir el restaurante en una realidad contaron con un exitoso "crowdfunding" y el apoyo de instituciones como el Ayuntamiento de Lisboa o el Alto Comisionado para las Migraciones, además de contribuciones de empresas.

"Una puso el techo, otra el suelo, otra el menaje del cuarto de baño... Fue una suma de muchos apoyos y por eso decimos que es un proyecto de la comunidad", subraya Gorjão.

El negocio está creciendo rápidamente, en solo ocho meses han podido contratar a cinco nuevos trabajadores y van a expandirse con una nueva cocina que pueda servir cáterin y comida a domicilio.

A todo ello se suma la intención de sus promotores de abrir otro restaurante en la segunda ciudad de Portugal, Oporto.

A solo unos metros del restaurante, una de sus empleadas, la refugiada palestina Serenah Sabat, ha ido más allá y acaba de inaugurar una tienda de productos árabes.

Las dificultades para poder acceder a este tipo de alimentos encendieron la chispa en Sabat y su pareja, que en noviembre se pusieron manos a la obra para traer a Lisboa conservas, salsas y condimentos de Oriente Medio.

Tras salir de Belén, Sabat pasó a vivir en Bélgica, pero solo se ha sentido realmente cómoda en Portugal.

"Nos mudamos a Portugal y ha sido la mejor decisión. Es exactamente lo que necesitábamos, lo que queríamos: libertad, seguridad y poder movernos libremente", concluye Sabat, a quien espera un nutrido grupo de clientes para hacer sonar por primera vez la caja de su nuevo negocio.

Por Miguel Veríssimo