EFELisboa

Detrás de la cara amable y tranquila de la que hoy presume, Lisboa guarda un sórdido pasado de verdugos, ejecuciones colectivas y matanzas, rescatado ahora por un tour que pretende dar otra imagen y que muestra que la argucia es ya un elemento más de la explosión turística que vive la ciudad.

Alfama, el fado y las cuestas. Lo más típico de Lisboa rota entre estos elementos, que llevan años siendo contados a visitantes que, en un centro ya abarrotado, acaban por conocer los pormenores del devastador terremoto de 1755 u observar la mesa de la cafetería A Brasileira en la que el poeta Fernando Pessoa no perdonaba su café diario.

Tradición, en definitiva, sobre la que se han conformado los tours que ahora, con el estallido del turismo, experimentan una competencia nueva y creciente; tanto, que los guías ya sospechan que hacerse hueco va a requerir algo más que saber de historia. Y así, a orillas del Tajo, ha florecido el episodio macabro.

"¿Qué hicieron entonces? Acuchillaron al obispo y lo tiraron desde el campanario. Después, arrastraron su cadáver por la calle. Acabaron por devorarlo perros", la frase, pronunciada a las puertas de la Catedral de Lisboa, provoca que dos turistas interrumpan bruscamente su búsqueda de la mejor foto para mirar a su autor.

Es Marco Pedrosa, actor además de guía que, desde hace un año, cuenta "el lado más sombrío de la ciudad" en un paseo de una hora y media. Desde regicidio hasta ejecuciones colectivas y leyendas truculentas sobre la creación de Lisboa: todo lo que sea "sórdido" está aquí.

"Crímenes de Lisboa" es el primer recorrido temático de Wild Walkers e idea original de Pedrosa, quien destaca a Efe lo único de su propuesta.

"Hicimos este tour porque no existía un paseo que hable de los aspectos más sórdidos y sombríos de la historia de la ciudad. Normalmente los tours hablan de la historia de la ciudad, como el terremoto, pero no se centran en aspectos más trágicos o personalidades mas sombrías", comenta.

Y buscó sus historias. El malogrado obispo del que habla junto a la catedral fue Martinho de Zamora, víctima de una turba furiosa en el siglo XIV por haberse negado a repicar las campanas, como hacían el resto de iglesias de la ciudad, para celebrar la aclamación como rey de João I de Portugal, que él desconocía.

Junto al obispo, se relata el fin del rey Carlos I, asesinado el 1 de febrero de 1908 en la céntrica Praça do Comércio junto a su hijo, el príncipe heredero Luís Filipe de Bragança, lo que dio lugar a una escalada de violencia en Portugal.

O la ejecución pública cerca del Monasterio de Belém, a las afueras de Lisboa, de la rica familia Távora, caída en desgracia al ser acusados con gran controversia de un atentado frustrado contra el rey José I en 1758.

"Se llegó a echar sal en sus tierras para que nada más creciese en ella", agrega Pedrosa para salpimentar la historia, que aún hoy es objeto de debate entre los historiadores portugueses.

Los macabros relatos, como las crueles ejecuciones de la inquisición o la masacre del 19 de abril de 1506, día en que se inició una persecución que acabó en pocas semanas con el asesinato de más de 3.000 judíos en la ciudad, conviven con desastres naturales, como el terremoto de 1755, o leyendas.

Así, cerca del patio en el que Pedrosa muestra la casa de quien fue el último verdugo de Lisboa, Luís Alves, se cuenta cómo la ciudad llegó a conformar sus famosas cuestas; sin entrar en detalles que causen "spoiler", es posible decir apenas que el responsable fue uno de los desamores causados por Ulises en su camino a Ítaca.

El héroe de Homero se mezcla así con los azulejos en las abarrotadas calles de Lisboa, ciudad en la que el turismo creció un 7,2 % en 2016, según datos oficiales. La tendencia, que apunta siempre al alza, empuja al ingenio.

Cynthia de Benito