EFEPeniche (Portugal)

Apoyado en la pared de su antigua celda, a Jose Pedro Soares se le empaña la mirada cuando habla de su reclusión en la fortaleza de Peniche, una emblemática cárcel de la dictadura reconvertida ahora en Museo de la Resistencia y la Libertad, memoria viva de la historia portuguesa.

Soares fue condenado, cuando tenía 21 años, acusado de simpatizar con el Partido Comunista Portugués (PCP).

Marcado con el número 28.587 en los expedientes de la PIDE -la policía política del régimen-, fue torturado en la cárcel de Caxías y conducido a la fortaleza para terminar su condena, hasta que la Revolución de los Claveles le liberó en 1974.

Por este fuerte del siglo XVI, rodeado de agua y utilizado como cárcel de máxima seguridad por la dictadura de Salazar, pasaron más de 2.000 presos políticos entre 1934 y 1974.

Algunos, como Álvaro Cunhal, líder del PCP, jugaron un papel decisivo en el país años después.

Cunhal protagonizó una fuga de cine del penal. Fue en enero de 1960 y se recuerda como la más importante evasión colectiva de presos políticos en Portugal.

Con la complicidad de un policía, se fugaron 10 reclusos a quienes esperaban dos cómplices con coches en la calle. "Fue extraordinario", evoca Soares.

Quizá Cunhal no lo habría conseguido sin el precedente de António Dias Lourenço, también del PCP, que en 1954 se escapó de la celda de castigo, -el "secreto" la bautizaron los reclusos-, se lanzó al mar y en tierra se coló en un camión de transporte de pescado.

"Fueron victorias extraordinarias", sostiene, aunque después de cada una se endurecían las medidas de seguridad y los castigos. "Todo eran llaves y cerraduras".

A pocos metros del "secreto", Soares se emociona de nuevo cuando se asoma una cueva subterránea excavada por el mar.

"Eran los sonidos de la cárcel, el mar, el viento y las gaviotas, nuestras eternas compañeras".

Desde las celdas se aprecia la línea del mar, pero los presos no podían verlo: "Tras las rejas había unos vidrios opacos. No podías ver el mar".

Soares habla con Efe en la que fue su celda, en la tercera planta del pabellón B, un cuarto de no más de 6 metros cuadrados, donde había un pequeño armario y un lavabo, y que hoy tiene las paredes desconchadas, el suelo levantado y la puerta arrancada.

"Era silbato todo el día. Nos levantaban con el silbato. No avisaban para comer con el silbato. Silbato, silbato...".

Sus primeros meses fueron más duros porque apenas les permitían dejar las celdas. "Después se ablandaron y nos dejaban salir al corredor". Y llegó también la televisión al comedor comunitario. Su conexión con el mundo.

Precisamente estaban atentos a la televisión la noche del 25 de abril de 1974, cuando la revolución de los capitanes acabó con 48 años de dictadura.

"Vimos que la televisión se quedaba en negro y nos preguntamos qué estaría pasando con el dictador... ya sabíamos que algo se estaba moviendo en los cuarteles".

La incertidumbre duró poco. "De pronto oímos silbidos y bocinas de coche en la calle y gritos de libertad, libertad".

"Aquello fue una fiesta. Todos en el comedor, llorando, aplaudiendo", relata con lágrimas en los ojos. "A esa altura ya sabíamos que íbamos a quedar libres y pedimos hablar con el jefe de los guardias y el director de la cárcel".

"Esa noche, ya no dormimos, todos pensando en la salida, recogiendo nuestras cosas". Y todavía llora Soares al recordarlo.

Cuando se abrieron las puertas, en la madrugada del día 27, una multitud esperaba fuera. "Abrieron un corredor para recibirnos y nosotros avanzábamos entre la gente. Fue increíble...".

Hoy, a sus 69 años, Jose Pedro Soares tiene motivos para celebrar. La que fue su prisión será un momento a la memoria y Portugal "tiene una constitución con todos los derechos" y es un país libre.

Pero hay algo que le preocupa: El avance de la extrema derecha en Europa.

"Hay que consolidar la democracia, ejercer los derechos. Defender la democracia es competencia de las escuelas y de los ciudadanos también".

No hay guardias de vigilancia ya en las murallas de la fortaleza, sino andamios en sus fachadas, encaladas para su estreno como Museo de la Resistencia y la Libertad precisamente 45 años después de cerrar sus puertas como cárcel.

Frente a la entrada, Soares se detiene ante una escultura en homenaje a los presos. Una bandada de pájaros sobre un cubo de rejas del que penden lazos con una leyenda: "Condenados en vano. No tienen libertad, pero tienen razón. Paz y libertad".

El expediente 28.587 sigue abierto. La policía política desapareció y nadie se ocupó de cerrarlo. Sobre el papel, Jose Pedro Soares aún sigue preso por defender la libertad.

Mar Marín