EFEGuarda (Portugal)

Un año después del trágico día en que 443 incendios forestales asolaron miles de hectáreas en Portugal y provocaron la muerte de 49 personas, el libro "Portugal en llamas" analiza el sector de la celulosa, el eucalipto y el cambio climático como causa-efecto de los fuegos.

João Camargo (investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa) y Paulo Pimenta de Castro (licenciado en Silvicultura por el Instituto Superior de Agronomía) han investigado las causas que influyeron en la tragedia.

En el libro, recuerdan que el 15 de octubre de 2017, con Portugal en período de sequía extrema, se registraron 443 fuegos en los que fallecieron -la mayoría dentro de sus casas- 49 personas, sobre todo en las regiones Centro y Norte del país.

Uno de estos incendios, en el término de Lousã, devastó 65.000 hectáreas, otro, en Arganil, quemó 38.000 hectáreas y hubo otros cinco con más de 5.000 hectáreas quemadas en un solo día.

"Fue la primera vez que hubo un megaincendio en Europa", describe la publicación, avivado por los vientos del huracán "Ophelia", que debido a las altas temperaturas propiciadas por el cambio climático, en vez de dirigirse hacia la costa estadounidense, tomó dirección Europa.

Alimentadas por el viento, entre la tarde del 15 de octubre y las 5 de la madrugada del día siguiente, las llamas devoraron una media de 10.000 hectáreas por hora en Portugal.

En un análisis de la voracidad del incendio, Camargo y Pimenta recuerdan que "a partir de una determinada dimensión y violencia, todo arde", aunque hubo entornos que se salvaron por tratarse de superficies forestales de especies autóctonas que lograron resistir a las llamas, al contrario de los bosques de eucaliptos y pinos.

"El abandono rural, la proliferación sin control del eucalipto y los fenómenos climáticos extremos asociados al calentamiento global que provocan las alteraciones climáticas dieron lugar al catastrófico escenario" del 15 de octubre, día en que se registró el mayor incendio de la historia de Europa y el mayor del mundo en 2017.

Los dos especialistas concluyen, además, que "el poder que el sector de las celulosas ejerce en Portugal es determinante", por lo que describen "su penetración tentacular en el poder político" y su presión para "condicionar procesos de decisión, legislativos y de regulación".

Incluso, publican una lista de "puertas giratorias" que desde los años 70 han utilizado altos cargos de diferentes gobiernos y miembros de los consejos directivos de las empresas lusas de celulosa.

Los autores piden que se cree la figura de un regulador del mercado de productos forestales, necesaria "para el beneficio de los propietarios" de este tipo de terrenos, según explicó a EFE Paulo Pimenta.

Sólo hay dos industrias celulosas en Portugal y cientos de proveedores y son éstos -los dueños de los terrenos forestales- quienes se ven obligados a abandonar el medio rural tras los incendios.

Denuncian, además, que la política practicada en los últimos 50 años ha provocado que Portugal tenga casi un 10 % (un millón de hectáreas) de su superficie forestal plantada de eucalipto, lo que describen como "la epidemia del eucalipto", ya que no es autóctono, daña seriamente los suelos y es muy combustible.

Esta "epidemia" ha provocado que Portugal tenga la mayor superficie relativa de eucalipto del mundo y la quinta en términos numéricos, tras India, Brasil, Sudáfrica y España.

"La solución no es el monocultivo como ha venido ocurriendo en las últimas décadas en Portugal, tanto con el pino, primero, como con el eucalipto, después", explicó Pimenta en la Feria tecnológica ENERTECH de Sabugal.

Los expertos apuestan por especies autóctonas (encina, alcornoque, roble, entre otras) y la introducción de ciertos árboles de Marruecos, Argelia o Túnez, ya adaptados a temperaturas más elevadas.

Recuerdan que en el incendio de hace un año, el 60 % de la superficie quemada fue de eucalipto y que la masa forestal de esta especie, que puede volar varios kilómetros arrastrada por el viento, facilitó la propagación de las llamas.

Por Carlos García