EFEGuarda (Portugal)

La ciudad de Trancoso, una de las juderías más relevantes de Portugal, junto a la frontera de España, se viste de gala este fin de semana para revivir la Boda Real entre D. Dinis I e Isabel de Aragón, que se casaron por carta y sin conocerse cuando la que sería reina y santa sólo tenía 12 años.

El histórico enlace nupcial fue registrado en Barcelona, mediante un documento regio, en el año 1282.

Para dar cuenta ante su reinado portugués, Don Dinis celebró por todo lo alto el enlace en Trancoso, un municipio amurallado que entonces marcaba el límite con el Reino de Castilla.

Ahora, 736 años después, la localidad recuerda el evento, en sus calles del casco histórico, con todo tipo de recreaciones, como la llegada de Don Dinis e Isabel de Aragón, luchas entre caballeros, cetrería o malabares.

Los torneos entre caballeros portugueses y del Reino de Castilla y los desfiles de cortejos forman parte también del programa de estos dos días de fiesta.

"Es un orgullo para Trancoso haber sido testigo de este importante acontecimiento histórico", aseguró hoy a Efe el alcalde de Trancoso, Amílcar Salvador.

Don Dinis, con 21 años, e Isabel, emancipada con sólo 12 años, protagonizaron uno de los enlaces que más influyó en el devenir de la península ibérica.

Isabel de Aragón, nieta de Jaime I "El Conquistador", decidió alojarse los días anteriores a la boda en la villa española de San Felices de los Gallegos (Salamanca), un pueblo fronterizo de raíces medievales, que también rememora cada año la presencia de la santa días antes de las nupcias.

La historia de Portugal recoge que la boda se ofició en la extinta iglesia de San Bartolomeu de Trancoso, tras "la entrada triunfal del rey Dinis I por la muralla de la localidad, hoy llamada Puerta del Rey", explicó el alcalde.

Desde aquella boda, oficiada el 24 de junio de 1282, el papel de la reina Isabel fue clave en el devenir de la historia de Portugal, hasta el punto de que, tras su muerte, fue beatificada y canonizada por su enorme entrega a los desfavorecidos.

Su afán pacificador, su vivencia religiosa y su acción social marcaron la vida de una piadosa reina, dueña de una ingente fortuna, que no tuvo reparos en repartirla entre los necesitados, tras la muerte de su esposo en 1325.

Ese año fue el punto de inflexión para la reina de Portugal, que decidió peregrinar a Santiago de Compostela para ganar el jubileo el 25 de julio, día del Apóstol.

Fue entonces cuando acabó de despojarse de todo su halo de realeza, al donar al Apóstol su corona de reina y su manto real con bordados de oro y plata.

A su regreso, Coimbra fue la ciudad que eligió para pasar el resto de sus días, y decidió retirarse al Convento de Santa Clara que ella misma había fundado años atrás.

Allí tomó el hábito de las clarisas, aunque no profesó los votos de la orden, con el fin de seguir administrando toda su fortuna, que dedicó a las obras de caridad.

La muerte le llegó cuando tuvo que mediar en el campo de batalla, esta vez entre su hijo y su nieto Alfonso XI de Castilla.

Falleció en Estremoz (Portugal), en el camino de vuelta a Coimbra, el 4 de julio de 1336, tras sufrir una indisposición que no pudo superar.

Por Carlos García