14 ene.- Basta de boludeces, dirían en Argentina; en español peninsular no existe una expresión tan sonora, fuerte y descriptiva, y decir basta de gilipolleces sería en sí una boludez.

Días atrás pasé el día esperando una importante declaración de Trump sobre la crisis en la frontera, la paralización del Gobierno y la posibilidad de declarar al país en estado de emergencia.

A su importante declaración seguiría la respuesta de dos representantes de la oposición, quienes explicarían que no hay tal crisis, que el muro no es una solución y que el estado de emergencia incluso podría ser declarado no conforme a la ley.

Debate de ideas, me dije. Boludo, resonó en mi pensamiento, gilipollas, me dijo amablemente un hidalgo caballero, despierta acotó dulcemente mi señora.

Las palabras carentes de sentido se repetían en ambos bandos, humanitaria, se dijo en ambos lados, y sin embargo había un gran ausente, el ser humano, el migrante, el desposeído, el que teme la llegada del invierno en una vida que nunca tuvo primavera.

Ingenuamente creí que habría ideas en el debate, pero los desgastados argumentos de uno y otro lado apuntaban a debilitar al contrincante en vistas de réditos políticos que nada tenían que ver con los humanos, sobre todo cuando esos humanos no votan.

Tiempo perdido esos largos minutos en que pensé nos explicarían el porqué el país está detenido y qué se haría para volver a ponerlo en marcha, y no me refiero a los puestos de trabajo cerrados, rehenes de un inútil enfrentamiento, me refiero a las ideas.

Nada había cambiado salvo los rostros rejuvenecidos de los actores principales de esta comedia, en política, al parecer, las ideas no rejuvenecen, solamente los rostros intervenidos que intentan vendernos imágenes de una juventud perdida, una época pasada en que se soñaba, se soñaba si no se tenía techo y se podía mirar las estrellas.

Gilipollas, boludo, escuché de uno y otro lado de las grandes aguas.

Avergonzado, dirigí mi pensamiento a la pobre Venezuela donde Maduro usurpó el poder por otros seis años con un discurso lleno de vacías palabras que antaño hacían suspirar: democracia, gobierno del pueblo; soy del pueblo, pueblo soy, resonaba musicalmente desparramando distorsionadas corcheas en una casi militar sala ante los ojos reprobadores del mundo.

Futuro de esperanza, justicia, le decían riendo los carceleros a los presos políticos, somos víctimas de una conspiración mundial, decía el victimario.

Tras asumir, el dictador se refugió en un cuartel donde, para reforzar la justeza de sus palabras, se hizo jurar lealtad por más de 5.000 militares en representación del heroico pueblo de Bolívar, perspectiva indudable de tiempos mejores.

Pero, basta de boludeces o gilipolleces, dejemos que Trump construya su muro -será de acero y no una frágil cortina de hierro- que el mismo cruce desiertos y montañas, que preserve la pureza del paraíso, que permita su grandioso desarrollo aislado del mundo al igual que se hiciera tras la cortina de hierro. Dejémoslo, todos conocemos el fin de esa historia.

Reconozcamos la legitimidad del ilegítimo gobierno de Maduro, ya nadie cree su cuento, todos sabemos que los dictadores, los autócratas adaptan las constituciones de sus países para darse visos de legalidad, de demócratas, baste ver las reformas constitucionales desde Pinochet hasta..., son tantos los que hacen fila para entrar en la lista, y todos sabemos cómo terminan los dictadores.

Y construido su muro, desatada esta nueva guerra fría, pensemos en lo que realmente importa y no en las diatribas de personajes de ópera bufa: el porqué de las migraciones, el porqué de la miseria, el porqué fuimos permitiendo que nos robaran la democracia, nuestros derechos, el porqué callamos cuando deberíamos hablar, el porqué necesitamos cambiar, cambiar nosotros, cambiar la política, luchar por que se cambien las ideas y no solo el rostro de políticos y gobernantes, y quizás en ese momento podamos decir: esta vez no me tomarán por boludo.

Gilipollas, se rieron desde el otro lado del océano, y no quiero ni pensar lo que dijeron los chilenos.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)