18 feb.- El presidente Trump nos tiene acostumbrados a declaraciones altisonantes y provocadoras donde la lógica pareciera ser ilógica logrando con ello situarse como el personaje central de la vida americana. La declaración de una emergencia nacional, en apariencia, sobrepasa los límites de la lógica o ilógica presidencial, y, sin embargo...

Basado en sus noches de pesadilla atrincherado en la Casa Blanca donde escucha los tambores salvajes de salvajes invadiendo América, América la grande, fortaleza donde hasta en las sombras de los hermosos jardines ve avanzar las siluetas de los invasores, oyendo risas y llantos en un idioma para él desconocido y escuchado solamente en la boca de aquellos que cortan el pasto, riegan los prados, cultivan las rosas, el idioma de Cervantes y Octavio Paz, de Neruda y de Mistral, de Junot Díaz y Julia Álvarez, y para su horror, de tantos escritores y poetas que publican en este lado de la frontera.

En sus noches de insomnio ve, el Presidente, fantasmas atravesando los muros y las ventanas amenazando la seguridad de "su" América, no de la otra, la de la mayoría, nuestra América, aquella que no se siente amenazada.

Intenta cambiar de dirección los vientos en la frontera para que la droga no llegue a los pulmones de jóvenes americanos ocultando que la droga ya está aquí, y se comercia aquí, y es negocio por lo que sus consumidores están aquí y los vientos no cambian de dirección por la existencia de un agujereado muro; que a los comerciantes de la muerte hay que buscarlos en las calles de Nueva York, de Chicago, en cada ciudad de los Estados Unidos, hay que buscarlos en los suburbios, en los colegios y universidades, que hay que poner tras las rejas a los grandes traficantes, a los que financian y se benefician de los carteles, a los que lavan y ocultan fortunas procedentes de las malas artes sean estas de la droga o de la banca.

Si un cuchillo se cae en la cocina de la Casa Blanca, cuando no están comiendo hamburguesas, en su discurso lo transforma en puñales desangrando al pueblo americano, puesto que nos invaden, que las hordas están a las puertas del imperio, que la sangre corre a manos de ilegales, que cada ilegal es un bandido, que el ilegal hoy legal algo debe tener de bandido -Joaquín Murieta cabalga por El Paso, por San Antonio- que los cadáveres se amontonan en las calles de nuestras ciudades, que los ríos de sangre avanzan por su América irreal.

Las sombras de la noche, la falta de luces del gobernante, hacen que esta pesadilla se transforme en política de Estado donde no es necesario tener datos verificables, yo los vi, afirma, y si ustedes no los ven es por lo que están ciegos, mis datos lo prueban y por la seguridad del país no puedo revelar la fuente, pero lo juro, los vi y puedo asegurarles que ya vienen por nosotros. Las estadísticas lo desmienten, pero a quién le importan las estadísticas o la realidad, nuevamente lo necesario es la distorsión de la realidad.

Al levantarse, en apariencia mal dormido, desafiante por lo que no se hizo su voluntad, declaró "emergencia nacional" puesto que el país está en peligro, existe una crisis humanitaria, y yo, El Salvador, soy el único en advertirlo y en tomar las medidas necesarias para contener la invasión. Yo contendré a Atila y a Pancho Villa, yo construiré la Gran Muralla, dice en un no disimulado llamado a desconfiar "del otro", "de los invasores", "de los destructores".

Si dicen que es inconstitucional, continúa provocador, que me lleven a juicio, y si pierdo, que me vuelvan a juzgar, y así sucesivamente hasta que lleguemos a la Corte Suprema, ahí nos vemos y ganaré, y si pierdo, que la Corte Celestial me juzgue, y ahí ganaré yo, yo y yo, y continúa su bien estructurado discurso en una avalancha de ideas inconexas. Lluvia de ideas para llevarnos a pensar, ingenuo yo, que la supuesta crisis humanitaria por la que atravesamos existe solamente en su cabeza, en sus pesadillas y que a la medida adoptada hay que darle la batalla por irracional e inconstitucional, cuando en realidad el Presidente-candidato o mejor dicho, el candidato a presidente, acaba, al igual que lo hiciera en el pasado, de patear el tablero político para que se retome como tema central aquello que le dio resultado en su primera campaña: los inmigrantes son delincuentes, atacan nuestra seguridad, la grandeza de América está en peligro, y el muro seguirá siendo un grito de batalla coreado por sus bases enardecidas.

Pienso que la emergencia nacional en la que nos encontramos tiene dos caras: la del presidente que centra el debate político y la nuestra si nos dejamos manipular, pero sobre todo tiene un objetivo, que nos olvidemos de los verdaderos problemas que aquejan nuestra sociedad, una desigualdad que hiere, un sistema de salud que duele, discriminación, racismo, aislamiento internacional, el calentamiento global (que ese sí avanza), una educación cara y deficiente que hipoteca el futuro de nuestra juventud, el que no nos atrevamos a dar paso a nuevas ideas, nuevas voces que nos conminan: América, hay que pensar críticamente y no caer en la trampa de centrar la discusión en una batalla sin sentido a la que hábilmente quiere llevarnos el Presidente-candidato.

Mientras tanto, algunos seguirán discutiendo de la utilidad o inutilidad del muro, de si es de cemento o de acero (y el hombre, ¿dónde está?), de la constitucionalidad o inconstitucionalidad de este decreto presidencial, de los pasos judiciales a seguir, mientras un muro invisible se levanta dividiendo América en dos.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)