24 sep.- El lunes se llevará a cabo en los Estados Unidos un evento extraordinario. No el debate en sí, dado que los debates entre los candidatos presidenciales son normales, lo extraordinario es que este ensayado espectáculo se dará entre dos finalistas que cuentan con el mayor porcentaje de reprobación por parte del electorado en la historia norteamericana.

Es normal encontrarse en la calle con un amigo y que frente al hoy en día inevitable tema de las elecciones te pregunte: y tú, ¿vas a votar por el menos malo? Lo que para mi común amigo implica un mal mayor y un mal menor y la obligación de escoger entre dos males. Ello me lleva a preguntarme ¿cómo enfrentaré el debate?

Delicioso momento el que me encuentro, en que puedo elegir entre múltiples alternativas.

Una de ellas, prender la televisión cual si abriera la primera página de un libro, con un bagaje pero sin prejuicios, dispuesto a dejarme sorprender sin que me guíen a sorprenderme de una cierta manera, y al apagar la tele, al igual que al cerrar el libro,sonría y piense en lo que el autor me comunicó, en lo que el autor u orador despertó en mí.

Una segunda sería el prender la televisión cual si estuviera entrando al Madison Square a ver la pelea del siglo entre dos pesos pesados -y no es una figura literaria- puesto que ambos, y que me perdonen, pasados los primeros cinco minutos son inaguantables. El convertirme en espectador me llevará a escoger uno u otro paladín y me encontraré observando el show sin escuchar lo que dice mi boxeador, sino viendo en qué momento su contrincante se descuida y mi candidato lo puede enviar a la lona, y si no lo noquea, al menos pueda ganar por puntos.

Una tercera posibilidad sería prender la televisión para reafirmar mi decisión ya tomada y ver el debate observando cómo mi candidato responde a lo que yo, sin ninguna modestia, imagino será el programa que sacará adelante al pueblo americano, del que hoy soy parte. Y si los candidatos no responden a mis deseos, al menos que respondan a lo que son mis intereses -y no es metafórico- hablo de mis intereses como individuo desplumado y no como representante del gran capital que es lo que sospecho ambos representan.

La cuarta sería embrutecerme con la imagen y escaparme dejando volar mi imaginación, ver los pucheros que recuerdan a Benito Mussolini, movimientos incontrolados de cabeza que recuerdan a Katherine Hepburn, esperando, ya la imaginación al borde del agotamiento, adivinar la nueva frase ilógica de uno o la risa incontrolada del otro. Observar los rictus de uno y otro lado, las concesiones de uno u otro lado para ganar simpatía y votos, tratando de entender el porqué no se les cree y que pese a lo simpáticos que se muestran, son los menos aceptados en la historia de los Estado Unidos.

La quinta sería observar a los moderadores, periodistas de experiencia, y sacar conclusiones al escuchar las preguntas sobre los graves problemas que afectan al país y sobre los terribles acontecimientos de los últimos tiempos en una muestra de extraordinaria objetividad y seriedad en la que en forma absolutamente independiente no toman partido, lo otro sería intentar manipular la opinión pública y en forma evidente, a claras vistas, eso sería inaceptable.

Finalmente, la última posibilidad que se nos acuerda es la de no sacar conclusión alguna y esperar que los expertos nos digan lo que los candidatos no dijeron, repitan lo que venían repitiendo y se conviertan en los expertos menos creíbles en esta historia.

El lunes, y ya me decidí, voy a ver el debate, sin esperar nada, sin poner límites a la verborrea, sin tomar partido, y al finalizar, cuando los candidatos se den la mano, una vez más apagaré rápidamente la televisión para, ingenuo mortal, tratar de sacar mis propias conclusiones sobre lo que dijeron y quedarme con la deliciosa duda hasta el próximo debate, el que se podría ver... a la espera de que algún día me presenten candidatos por los que, con la conciencia limpia, pueda decidir por cuál de los dos votar.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)