12 mar.- ¿Qué significa vivir en guerra? ¿No es acaso padecer hambre, apagones, sequía, incomunicación, atraso, incertidumbre, hiperinflación, escasez, asesinatos, impunidad, segregación, censura, desinformación, enfermedades básicas, paramilitares, piratas de carretera, hospitales arruinados, aislamiento aéreo, aulas vacías, exilio, detenciones arbitrarias y suspensión de la ley? ¿En qué país del Occidente hay más muertos per cápita estos días?

La reflexión aplica especialmente para quienes insisten en una solución "pacífica" en Venezuela, donde suceden esas atrocidades desde hace años y que ellos no tolerarían ni por una semana en sus países. Pero aquí hacen perder tiempo. Total, no es su vida la que está en riesgo.

A dos meses desde que el 10 de enero Nicolás Maduro se autoproclamara presidente -otra vez- tras elecciones fallidas en 2013 y 2018 -fechas siempre personalizadas a su conveniencia- y violando tantos artículos como tiene la Constitución creada por los mismos chavistas (con 85 % de abstención), se han triplicado los "expertos" sobre Venezuela en el exterior que proclaman teorías superficiales y cobardes. De Zapatero a Putin, pasando por Bernie Sanders, Mujica o cualquier otro Pepe con ganas de opinar. También los hay dentro del país, pero al menos ellos viven el infierno, aún si disfrutan de ciertos beneficios por sus opiniones "pacifistas".

En la otra acera, Bachelet (ONU) evade y Trump amenaza con intervenir, sumando más votos para los republicanos en Florida (estado electoral siempre clave y apetecido). Pero no concreta, como ya es su estilo en tantos otros temas. Tampoco les otorga beneficios a los refugiados venezolanos. Quizá el amor por el suspenso le viene de su pasantía por la televisión, donde hay que hablar más que hacer para alargar y atrapar a la audiencia en los comerciales.

Si quiere una justificación reciente, aún con el Congreso en contra el demócrata Obama (Nobel de la Paz) envío tropas a Siria. Y si prefiere inspiración republicana, Reagan, Kissinger, Bush padre y Cheney hicieron lo que quisieron en política exterior, aguantando las consecuencias. Y todas las naciones donde intervinieron están hoy mejor (duélale a quien le duela, de Chile a Irak, de Panamá a Libia).

Claro que, asesorado por sus lobistas millonarios, Maduro sólo cita el caso fallido de Vietnam, por supuesto sin la menor idea del contexto.

Es ridículo seguir hablando de paz en Venezuela. La situación parece resumida a dos textos brillantes de Camus y Beckett, ambos Nobel de Literatura. Son piezas existencialistas y absurdas, muy acordes con este planeta de hoy, más preocupado por el gluten que por la decencia.

Los expertos dicen que en la novela "La Peste" Camus homenajeó a Kafka (El Proceso) y que es una metáfora de la resistencia a las dictaduras, con la solidaridad como única arma para enfrentar el desequilibrio de poderes (la plaga, el mal, la muerte). "En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio".

En la obra de teatro "Esperando a Godot", Beckett presenta a unos vagabundos en el medio de un camino donde tal vez, quizá, quién sabe, tengan una cita pautada con un señor importante. Oyen con frecuencia que no vendrá hoy, "pero mañana seguro que sí".

El final no puede ser más parecido a cómo el mundo mira y niega la guerra venezolana:

-Vladimir: ¡Qué! ¿Nos vamos?

-Estragon: Sí, vámonos.

Pero nadie se mueve. En cambio otros, como hicieron los dominicanos con Trujillo, prefieren inspirarse en la "Doña Bárbara" de Rómulo Gallegos y derrotar ellos mismos el despotismo.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)